Lámina de la 'Crónica de Michoacán' que ilustra el encuentro pacífico entre el capitán español Cristóbal de Olid y el rey purépecha en 1522

Antonio Huitziméngari, el primer gobernador indígena de Michoacán bajo la Monarquía Hispánica

Estuvo de gobernador de 1545 a 1562 y no lo tuvo fácil por la cantidad de litigios a los que se sometió en esa administración burocratizada y centralizada de los españoles

Una vez que los españoles se consolidaron en Tenochtitlan, iniciaron la expansión hacia el oeste. Entre la tierra de los mexicas y el mar se encontraba Michoacán, donde gobernaba el Rey, gobernante o irecha Tangáxoan. Se trataba de una confederación, en este caso, de los señoríos tarascos de Ihuatzio, Tzintzuntzan y Pátzcuaro, que fueron sometiendo al resto de los pueblos purépechas.

Era un territorio importante, el segundo de Mesoamérica tras el de los mexicas, a los que contuvieron en sus límites, impidiendo una expansión mayor, y, a la vez, nunca quisieron socorrerlos frente a los españoles y sus aliados. Cuando vieron llegar a las huestes de Cortés, se plantearon el dilema de hacerles frente o pactar con ellos. Era la señal de los nuevos tiempos, el dilema inevitable de los pueblos originarios frente al poder llegado de fuera.

Batalla de Michoacán entre los españoles y los aztecas, ilustración de un facsímil de una historia pictórica india mexicana, Lienzo de Tlaxcala

Los señores purépechas, al contrario que los mexicas, no ejercían un poder tiránico sobre otros pueblos. Por tanto, no se veían abocados a combatir contra los españoles aliados de los pueblos sometidos.

En esa situación extraordinaria, nunca prevista, difícil de gestionar, los señores entraron en rivalidades y disputas que, finalmente, acabaron en la decisión de pactar con los conquistadores y llegar a acuerdos que les permitieran, tras reconocerse súbditos del Rey de las Españas, mantener su autoridad en el territorio bajo la supervisión hispana.

Fue Cristóbal de Olid el primer encargado de las negociaciones con Cuirienángari, el yerno enviado de Tangáxoan al que Cortés mantenía en Tenochtitlan reconociéndolo señor de Michoacán.

Tras los guerreros, llegaban los evangelizadores y los gobernantes locales se entregaban a ellos, se bautizaban y adoptaban la religión católica. En los frailes veían un freno a la actitud de los conquistadores. Uno de los bautizados fue Antonio Huitziméngari, hijo del Rey.

'Indios de la Nueva España', conservada en el Códice de trajes de la Biblioteca Nacional de España

En 1530 Nuño de Guzmán, presidente de la Audiencia de México y enemigo de Hernán Cortés, pasó por Michoacán camino de su violenta conquista de Nueva Granada y mandó matar, con acusaciones de conspiraciones, a Tangáxoan. Cuirienángari, llamado ahora Francisco, pudo pactar con Nuño de Guzmán y mantenerse como dirigente mientras que su sobrino Antonio Huitziméngari, tras la muerte de su padre, se refugió en el convento franciscano de Tzintzuntzan.

Una vez que Guzmán dejó el territorio y el rebelde Olid fue sometido por Cortés, los señores purépechas aceptaron las encomiendas y, a cambio, se les reconocieron sus instituciones de gobierno y su autoridad sobre los pueblos del territorio.

La alianza de los nuevos y los viejos señores, los conquistadores y las élites locales, es la esencia de todo imperio. Es una situación de difícil equilibrio. Con paz y una cierta prosperidad marcada por el auge de la agricultura gracias a las nuevas técnicas, la ganadería de los animales llevados por los españoles y la artesanía y la industria renovada, el sistema iba funcionando.

Se dejó a las órdenes religiosas el campo de la evangelización y la enseñanza. Había un flujo de doble dirección, los frailes enseñaban a leer, escribir y otras nociones a los hijos de los señores y estos introducían a los franciscanos en el idioma indígena. Y en ese ambiente nacía el mestizaje, identidad del nuevo México. Una sociedad estamental, diferenciada, pero cada vez más mezclada.

Con esta política de atracción y promoción del mestizaje, se abrieron los colegios para los hijos de los señores mexicanos. Uno de los primeros fue el de Santiago en Tlatelolco. Parece que allí estuvo en su primera juventud Antonio Huitziméngari. Después pasó a estudiar con los agustinos en Veracruz.

En 1538 llegó a Michoacán el obispo Vasco de Quiroga, que fundó en Pátzcuaro, ciudad nueva donde situó la sede episcopal, el colegio de San Nicolás, donde terminó el joven estudiante y llegó a aprender griego y hebreo además de otras disciplinas.

El gobernador Mendoza recelaba de los grandes proyectos del obispo Quiroga, sospechaba que quería crear otro virreinato y se atrajo a la nobleza local para contrarrestar las maniobras eclesiales. Para marcar diferencias, fundó la ciudad de Valladolid, hoy Morelia, en el fértil valle de Guayangareo.

Allí edificó el colegio de San Miguel, con el apoyo de Antonio Huitziméngari que ya era la cabeza de los purépechas, tras la muerte de su tío y de su hermano, y que quería consolidar su posición. Obtuvo el nombramiento de gobernador de Michoacán, el primero indígena, un cargo de la administración virreinal. Solo parecía tener autoridad en la ciudad, pero en la práctica se extendía más allá, aunque no tanto como la de los irechas anteriores.

Antonio Huitziméngari ya era un hombre rico, estaba autorizado a vestir a la europea, era un hombre culto que se hacía llevar desde Ciudad de México los libros llegados de Europa. Estuvo de gobernador de 1545 a 1562 y no lo tuvo fácil por la cantidad de litigios a los que se sometió en esa administración burocratizada y centralizada de los españoles. Pero mantuvo buenas relaciones con indígenas y españoles.

La función de un gobernador no era meramente simbólica o protocolaria: supervisaba un amplio equipo de alcaldes, regidores, alguaciles, etc.; dirigía la recaudación de tributos; decidía las obras públicas, era capitán de las tropas michoacanas y tuvo que combatir a los chichimecas. En su defensa de los pobladores, se enfrentó a los encomenderos. Y fue, en fin, un gran mecenas de las artes.

A su muerte en 1562, la posición de gobernador indígena se debilitó. Los malos consejeros y clientes que lo rodeaban, españoles e indios, robaron parte de sus propiedades. Para sucederle se formaron dos partidos: el del único hijo legítimo, Pablo Caltzontzin, demasiado joven para gobernar, y su viuda, por una parte; y el de su hijo ilegítimo Constantino Bravo Hitziméngari, por otra.

Ganaron los primeros. Pero ante la ausencia de una personalidad fuerte, el poder de los nobles tarascos decayó. Al poco, los gobernadores fueron españoles. Sin embargo, no excluyeron a la nobleza local de áreas de la administración virreinal en el territorio.