Batalla de Otumba el 7 de julio

Batalla de Otumba el 7 de julio

El «ave fénix» que Hernán Cortés regaló al emperador Carlos V en 1524

Su llegada a España junto al quinto del rey causó sensación y jugó a su favor frente a las denuncias y acusaciones de sus enemigos en la corte

Cuando Hernán Cortés escribió desde Tenochtitlán su cuarta carta de relación al Emperador Carlos el 15 de octubre de 1524, incluyó en ella la descripción de un regalo muy especial que le enviaba, un objeto elaborado por su expreso deseo y para el que no escatimó en gastos:

«Envío asimismo una culebrina de plata, que entró en la fundición de ella veinticuatro quintales y dos arrobas, aunque creo entró en la fundición algo de oro… y aunque me fue asaz costosa, porque, además de lo que me costó el metal, que tomaron veinticuatro mil pesos de oro, con las otras cosas de fundidores y grabadores y de llevarlos hasta el puerto, me costó más de otros tres mil pesos de oro; pero por ser una cosa tan rica y tan de ver y digna de ir ante tan alto y excelentísimo príncipe…».

El conquistador extremeño quería impactar al Emperador con este objeto único, un largo cañón forjado con la plata de Michoacán para agasajarle, resaltar su lealtad, acompañar a un nuevo envío de oro y plata del quinto del rey y paliar así las críticas y denuncias de sus múltiples enemigos en la corte.

Dos de los cronistas más relevantes de la conquista de México nos permiten saber más sobre esta espectacular pieza: Francisco López de Gómara y Bernal Díaz del Castillo. Son ellos los que nos revelan el nombre o apodo dado a este cañón de plata de más de una tonelada de peso: Ave Fénix, por la figura mitológica grabada en él, una imagen a la que acompaña una leyenda o blasón: «Aquesta nació sin par, yo, en serviros sin segundo; vos, sin igual en el mundo».

El cañón en el Lienzo de Tlaxcala

El cañón en el Lienzo de Tlaxcala

Con este lema, Cortés quiere destacar la singularidad y originalidad de este presente, además de su lealtad al Emperador y la grandeza de este. Y la imagen grabada en relieve parece mostrar una analogía entre la propia culebrina, que nace al arder y fundirse la plata, y el ave fénix que arde, se destruye y renace de sus cenizas.

Bernal Díaz del Castillo añade en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España un detalle relevante: la celeridad del envío tras conocer Cortés la pérdida del oro y regalos mandados dos años antes (capturados por el corsario francés Juan Florín): «… tuvimos dello gran sentimiento y luego Cortés con brevedad procuró de haber é llegar todo el más oro que pudo recoger, y de hacer un tiro de oro bajo, y de plata para enviar a su majestad… le llamaban el Ave Fénix».

Una llegada providencial

Esta vez no hubo que lamentar otra pérdida similar y el arribo a Sevilla de Diego de Soto con tan preciada carga a finales de 1524 no pudo ser más oportuno para Hernán Cortés, pues sus adversarios (Velázquez, Pánfilo de Narváez y otros) seguían acusándole de múltiples abusos ante la corte, denunciándole y tratando de arrebatarle su poder y mando sobre la Nueva España.

Eso es lo que nos dejaron por escrito ambos cronistas (Bernal y Gómara), quienes coinciden en resaltar que la llegada del quinto del rey acompañada de tan suntuoso presente resultó providencial para Hernán Cortés. Así lo refiere Gómara con contundencia: «Este oro fue, para decir verdad, quien hizo que no le quitasen la gobernación, sino que le enviasen un juez de residencia».

Efectivamente, así sucedió y el juez elegido fue el joven Luis Ponce de León, quien pocas pesquisas pudo hacer sobre la administración y gobierno del territorio por parte de Hernán Cortés, pues murió poco después de su llegada a la Nueva España, a mediados de 1526, víctima de unas fiebres: «una calentura que se le tornó en modorra», según Bernal, quien a continuación niega su posible envenenamiento por parte de Cortés, como algunos insinuaron.

¿Y qué fue del Ave Fénix?

En cuanto al suntuoso cañón de plata y oro, esa «cosa tan rica y tan de ver», como escribió Hernán Cortés en su carta al Emperador, su peso –más de una tonelada–, el espacio requerido para almacenarla y su singularidad tuvieron mucho que ver en su destino final: un magnífico presente que el césar Carlos quiso regalar a su vez a uno de sus colaboradores más estrechos, el secretario Francisco de los Cobos. Ambicioso y pragmático, este no dudó en sacarle todo el provecho.

Así lo refiere Bernal Díaz del Castillo: «Porque no pasase de Sevilla la culebrina, tuvimos nueva que a don Francisco de los Cobos, comendador mayor de León, le hizo su majestad merced de ella, y que la deshicieron y afinaron el oro y lo fundieron en Sevilla, e dijeron que valió sobre veinte mil ducados».

Este fue el triste final del lujoso cañón novohispano forjado para agasajar al Emperador: acabó de nuevo fundido para recuperar los metales nobles con los que había sido forjado.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas