Ataque español a Orán
Picotazos de historia
El general español admirado por Napoleón que murió luchando espada en mano en Orán
España recuperó Orán en 1732, pero conservar la plaza exigió resistir casi de inmediato el contraataque de las fuerzas de Argel. Al frente de su defensa estuvo el marqués de Santa Cruz de Marcenado, cuya actuación resultó decisiva para evitar que la ciudad volviera a perderse
En un artículo anterior les hablé a ustedes de cómo, en 1708, se perdieron las plazas de Orán y Mazalquivir. En este les relataré cómo en 1732 se reunió una gran flota de navíos de guerra y transportes. Todos estos barcos, que en el puerto de Alicante ya estaban concentrados, eran para la protección y transporte de veintitrés mil soldados de los regimientos Cantabria, segundo de Namur, Hainault, primero y tercero de suizos, España, Flandes, Asturias, Vitoria, Ultonia, Soria, Amberes e Irlanda.
La fuerza también estaba provista de caballería, representada por los regimientos Numancia, Lusitania, Reina, Príncipe, Santiago, Granada, Sagunto y Bélgica. El tren de artillería consistía en 60 cañones de 24 libras de peso el proyectil, 20 de 16, 12 de 12 y 6 de 8. También tenían 60 morteros de calibres de 18 a 12 pulgadas de boca. Como les mencioné en el otro artículo, la fuerza estaba bajo el mando de don José Carrillo de Albornoz, conde de Montemar; la totalidad de la flota encargada del transporte y escolta estaba bajo el mando de don Francisco Javier Cornejo, secundado por el célebre marino don Blas de Lezo.
La expedición tuvo un sonado éxito y la plaza de Orán se rindió el 1 de julio; al día siguiente lo hizo Mazalquivir.
Se dejó en las dos plazas suficiente guarnición, además de una brigada de ingenieros con orden de poner a punto las dañadas fortificaciones, reforzarlas y mejorarlas. El conde de Montemar nombró como comandante general de la plaza de Orán a un destacado miembro de su estado mayor.
Este era don Álvaro Navia Osorio y Vigil de Quiñones, marqués de Santa Cruz de Marcenado, autor de uno de los tratados militares más influyentes de su tiempo. Las Reflexiones militares del marqués están consideradas como un texto básico e imprescindible para el estudio del arte de la guerra.
Y sepan ustedes que tal cosa era tenida por cierta y defendida por personalidades de la talla de Federico II de Prusia o el propio Napoleón Bonaparte.
Cromo Publicitario de Don Álvaro de Navia Osorio, III Marqués de Santa Cruz de Marcenado
«Besa la mano que no puedas romper», reza el dicho árabe. Untoso y zalamero se volvió el bey Hassan de Argel ante la fuerza española, pero apenas esta empezó a reembarcar ya estaba llamando a sus guerreros a reunirse, animado por el bey Mustafá Buchlagan, a quien habían arrebatado el control de la ciudad y del golfo de Orán.
La guarnición sumaba de seis a ocho mil soldados de los regimientos Asturias, Hibernia, Aragón, Ultonia y Flandes. También contaban con un brillante cuadro de oficiales de ingenieros dirigido por don Juan Cano Aguila, quien crearía la academia de matemáticas e ingeniería durante el sitio de la ciudad.
Durante los siguientes meses la labor de estos ingenieros sería vital, ya que no solo tuvieron que reparar las brechas producidas por el asalto español, así como reparar y reforzar las murallas, sino que también se encargarían de la difícil y peligrosa guerra de contramina, eliminando los intentos de situar una mina explosiva debajo de los cimientos de las murallas.
Entretanto, el bey de Argel había reunido una fuerza de veinte mil guerreros y lanzó sus fuerzas al ataque de las ciudades.
Durante julio y agosto, las guarniciones españolas son continuamente hostigadas. El antiguo señor de Orán, el bey Mustafá Buchlagham, quiere recuperar su ciudad y el bey de Argel no quiere dar tiempo a los españoles a reparar las defensas.
El marqués de Santa Cruz de Marcenado lleva a cabo una defensa activa. No solo organiza los servicios para trabajar en las fortificaciones, intendencia y distribución de material y raciones, sanidad y estrategia general; también organiza ataques y contraataques contra las fuerzas sitiadoras, arrebatando la iniciativa y manteniendo al enemigo siempre a la expectativa y en tensión.
El 13 de noviembre llegó una flota de socorro. La comanda don Blas de Lezo y trae cinco mil soldados de refuerzo amén de avíos, suministros, víveres y municiones.
Desembarco de las tropas españolas de la expedición a Orán de 1732
El comandante general, viéndose reforzado con esta nueva adición, organizó un ataque a las fuerzas sitiadoras con ánimo de romper el sitio. A esta acción se la conoce como la salida del 21 de noviembre.
En un principio, el ataque se organizó en cuatro columnas y una fuerza de reserva. Las columnas españolas atacarían diferentes puntos del perímetro con idea de romperlo. El ataque fue bien, las columnas parecieron tomar las trincheras y el enemigo empezó a retroceder.
Pero no era una retirada, sino una táctica tradicional de estas gentes y que durante la Reconquista se llamó tornafuye. Los moros hacen ver que están en retirada y al retroceder rompen los atacantes la formación y se desorganizan durante la persecución.
Es en este momento en el que los que se retiraban vuelven y plantan cara a los atacantes, que están desorganizados y aislados unos de otros. En una acción de estas murió en la serranía de Ronda, cerca de Gaucín, el célebre Guzmán el Bueno.
Pues en el ataque del día 21 de noviembre esto fue lo que sucedió. Las tropas del bey hicieron tornafuye y en el ardor de la lucha las tropas españolas se dejaron llevar. El marqués de Santa Cruz se dio cuenta del peligro y personalmente se puso al mando de la fuerza de reserva, en la que destacó el regimiento Asturias.
Esta actuación evitó el desastre ya que permitió retirarse a las columnas españolas, pero sufrieron muchas bajas. Durante el combate, y mientras trataba de reorganizar las tropas que se retiraban y las que aguantaban, el caballo de don Álvaro Navia Osorio fue alcanzado y dio con el jinete a tierra.
Separado y aislado fue atacado por los enemigos que le identificaron como un importante oficial. Luchó desesperadamente, apoyado por uno o dos oficiales que consiguieron llegar hasta él solo para morir. No podía ganar y cayó abatido por numerosas heridas, empuñando todavía la espada.
El cadáver del marqués fue despedazado. Su cabeza, clavada en una pica, fue paseada por las calles de Argel. Hoy en día la zona donde cayó el general sigue llamándose Santa Cruz en memoria del bravo gobernador de la plaza de Orán.
Una vez que se terminó el combate, los españoles comprobaron el alto número de bajas que daban un cómputo de unos 545 muertos (incluyendo fallecidos en los días posteriores) y más de 1.200 heridos. Pero el enemigo también había sufrido mucho. Se desconoce la cifra, pero necesariamente debió de ser muy alta ya que desmoralizó completamente a los comandantes del bey.
Las disensiones entre los miembros de las diferentes tribus se enconaron y el bey, desesperado y deprimido, al día siguiente dio la orden de abandonar el sitio. Así se salvó la plaza de Orán.