Miniatura de un libro de oraciones de Catalina de Médici, que representa a Felipe II de España y a Isabel de Valois, su tercera esposa
La falsa historia de amor entre Isabel de Valois y don Carlos que convirtió a Felipe II en un marido celoso
Durante siglos circuló la historia de que la joven reina francesa se había enamorado de su hijastro, el Príncipe Carlos, prácticamente de su misma edad; que ambos habían vivido un amor imposible bajo la mirada del rey y que la tragedia acabó consumándolos
La leyenda negra construida alrededor de Felipe II fue tan eficaz que consiguió algo bastante más difícil que desacreditar su política: entró también en su alcoba. Del monarca español se cuestionó prácticamente todo. Su defensa del catolicismo se convirtió en fanatismo; su gobierno, en despotismo; su política en los Países Bajos, en crueldad; la Inquisición quedó indisolublemente ligada a su nombre y hasta la muerte de su propio hijo, el Príncipe don Carlos, terminó alimentando la imagen de un rey sombrío capaz de sacrificar cualquier afecto a la razón de Estado.
Pero faltaba todavía un ingrediente para completar el retrato: una historia de amor, adulterio, celos y muerte. Y la encontraron en Isabel de Valois, su tercera esposa.
Durante siglos circuló la historia de que la joven reina francesa se había enamorado de su hijastro, el Príncipe Carlos, prácticamente de su misma edad; que ambos habían vivido un amor imposible bajo la mirada del rey y que la tragedia acabó consumándolos.
Carlos murió recluido en 1568. Isabel falleció apenas unos meses después. Demasiado tentador para que novelistas, dramaturgos y propagandistas dejaran escapar semejante argumento. El problema es que la historia es magnífica como literatura y bastante peor como historia y lo que sucedió fue bastante más mundano.
Para entenderla hay que empezar por recordar que Felipe II tuvo cuatro esposas y que sus matrimonios explican bastante bien cómo funcionaban las monarquías europeas del siglo XVI. Casarse no era, para un príncipe, una cuestión privada. Era política exterior, sucesión dinástica y razón de Estado.
La primera fue María Manuela de Portugal, prima hermana de Felipe e hija del Rey Juan III. Se casaron en 1543, cuando ambos tenían dieciséis años. De aquel matrimonio nació en 1545 el Príncipe Carlos, pero el parto acabó con la vida de María Manuela pocos días después. Felipe quedó viudo con apenas dieciocho años y con un heredero cuya salud y personalidad acabarían convirtiéndose en uno de los grandes dramas de su reinado.
La segunda esposa fue María Tudor, Reina de Inglaterra, once años mayor que él. La boda se celebró en Winchester en 1554 y respondía a la estrategia internacional de Carlos V y a la posibilidad de incorporar Inglaterra al entramado de alianzas de los Habsburgo. No tuvieron descendencia. María murió en noviembre de 1558 y Felipe volvió a quedar viudo.
Había que buscar, de nuevo, una esposa al rey y apareció Isabel. Isabel de Valois había nacido en Fontainebleau en 1545. Era hija de Enrique II de Francia y Catalina de Médici y, por tanto, pertenecía a la gran dinastía rival de los Habsburgo.
Su matrimonio no puede entenderse sin uno de los grandes acuerdos diplomáticos del siglo XVI: la Paz de Cateau-Cambrésis de 1559, que puso fin a décadas de enfrentamientos entre Francia y la Monarquía Hispánica y consolidó el predominio español en Italia. Isabel se convirtió, literalmente, en garantía de aquella reconciliación. Por eso sería conocida como Isabel de la Paz.
Retrato de la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, por Juan Pantoja de la Cruz
La joven había sido contemplada anteriormente como posible esposa del Príncipe Carlos, pero la muerte de María Tudor cambió el tablero diplomático. Finalmente sería Felipe II, y no su hijo, quien contrajera matrimonio con ella. Él tenía treinta y dos años; ella no había cumplido todavía los catorce. La boda se celebró por poderes en Francia en 1559 y fue ratificada en Guadalajara en febrero de 1560.
Isabel llegaba a una corte muy distinta de aquella en la que había crecido. Se había educado junto a María Estuardo y traía consigo los gustos de la corte francesa: la música, el baile, el teatro, los vestidos y las fiestas. Las cuentas de su Casa muestran que entre 1561 y 1568 llegaron a representarse más de cuarenta comedias en sus aposentos.
La diferencia de edad entre los esposos era considerable, pero de ahí a convertir aquel matrimonio en la convivencia sin afecto que posteriormente necesitó la leyenda hay un trecho enorme. La documentación conservada dibuja una relación que fue estrechándose con los años. Cuando Isabel enfermó durante su último embarazo, las fuentes muestran a Felipe pendiente de ella y a su lado.
El gran problema del matrimonio fue otro mucho más prosaico y mucho más importante para una monarquía del siglo XVI: la descendencia. Tras embarazos fallidos, el 12 de agosto de 1566 Isabel dio a luz a Isabel Clara Eugenia y, al año siguiente, nació Catalina Micaela.
Las infantas Isabel Clara Eugenia y su hermana menor, Catalina Micaela. Retrato de 1570
Felipe II mantendría con ambas una relación extraordinariamente estrecha, especialmente con Isabel Clara Eugenia, que acabaría gobernando los Países Bajos junto al archiduque Alberto de Austria. Catalina Micaela, por su parte, se casaría con Carlos Manuel I, duque de Saboya.
Pero faltaba el hijo varón y en 1568 Isabel volvió a quedarse embarazada. Tenía solo veintidós años y su salud comenzó a deteriorarse durante la gestación. Los testimonios de la época hablan de desvanecimientos y un progresivo empeoramiento de su estado.
La medicina del siglo XVI, incapaz todavía de comprender muchas de las complicaciones obstétricas que hoy resultan identificables, recurrió a los tratamientos habituales de entonces. El 3 de octubre Isabel sufrió un parto prematuro.
La niña murió poco después y la reina falleció aquel mismo día. Las investigaciones actuales relacionan su muerte con las graves complicaciones del embarazo y una enfermedad renal. No murió de amor. Y, sin embargo, esa acabaría siendo una de las historias más persistentes asociadas a su nombre.
Había una razón perfecta para construirla: apenas dos meses antes, el 24 de julio de 1568, había muerto el Príncipe Carlos. El heredero de Felipe II llevaba recluido desde enero por orden de su propio padre. Carlos era un joven de salud muy frágil, comportamiento errático y carácter extraordinariamente difícil.
Su relación con Felipe se había deteriorado hasta tal extremo que el rey tomó la decisión de apartarlo. La reclusión del heredero de la Monarquía Hispánica causó un enorme impacto en las cortes europeas y proporcionó a los enemigos de Felipe II un material propagandístico formidable.
Carlos murió durante su encierro con veintitrés años e Isabel, con veintidós, murió unas semanas después; por lo tanto, ahí estaban todos los ingredientes que necesitaba una buena tragedia: un príncipe joven, una reina joven, un rey mucho mayor que ambos, un matrimonio inicialmente proyectado entre los dos primeros y dos muertes prácticamente consecutivas.
Lo único que faltaba era el romance, pero no existe prueba documental alguna que permita sostener que Isabel de Valois y don Carlos fueran amantes. La cercanía de edad no demuestra absolutamente nada y que Isabel hubiese sido considerada anteriormente como posible esposa del príncipe tampoco. De hecho, las recreaciones posteriores eliminaron convenientemente todo aquello que estropeaba la historia: los problemas físicos y psicológicos de Carlos, su dificilísima relación con quienes le rodeaban y la buena relación que existió entre Isabel y Felipe.
El primer gran paso para convertir a Carlos en héroe trágico llegó con la propaganda contra Felipe II. Guillermo de Orange contribuyó decisivamente a fijar la imagen del monarca como un tirano capaz incluso de provocar la muerte de su propio hijo. Después llegaría la literatura.
En 1672, más de un siglo después de los hechos, el francés César Vichard de Saint-Réal publicó su Histoire de Dom Carlos. La obra presentó al príncipe como un joven enamorado de Isabel de Valois y enfrentado a un padre celoso y despótico. El éxito fue enorme. La historia se tradujo rápidamente a diferentes idiomas y comenzó a recorrer Europa hasta llegar a Friedrich Schiller.
En 1787 estrenó su Don Carlos, donde el príncipe aparece ya plenamente convertido en héroe romántico: enamorado de la esposa de su padre, defensor de la libertad de los Países Bajos y enfrentado al oscuro poder de Felipe II. Poco importaba que esa imagen tuviera escaso sustento documental. Dramáticamente era perfecta.
Ochenta años después, Giuseppe Verdi terminaría de inmortalizarla con Don Carlo.
El rey taciturno y celoso, la hermosa reina francesa, el joven príncipe enamorado, la Inquisición, Flandes, la represión y una corte española oscura proporcionaban todos los ingredientes para una de las grandes óperas del siglo XIX. Para entonces, la ficción llevaba tanto tiempo circulando que había terminado contaminando la percepción histórica de los personajes y es ahí donde quizás mejor se encuentre una de las mayores victorias de la leyenda negra sobre Felipe II.
El rey Felipe II sorprendiendo a su hijo, el príncipe Don Carlos, frente a la reina Isabel de Valois
No consiguió únicamente que durante generaciones se discutiera su política en Flandes, su religiosidad o su relación con la Inquisición. Consiguió algo todavía más íntimo: convertirlo en protagonista de un triángulo amoroso para el que no existen pruebas.
Felipe II volvió a casarse en 1570. Su cuarta esposa fue Ana de Austria, hija del Emperador Maximiliano II. De aquel matrimonio nacería finalmente el heredero que necesitaba la Monarquía, el futuro Felipe III.
Isabel de Valois quedó enterrada en El Escorial, aunque no en el panteón de los reyes, ya que nunca fue madre de rey. Había llegado a España siendo prácticamente una niña como consecuencia de un tratado internacional, había sido reina durante menos de una década, había dado dos hijas a Felipe II y había muerto con apenas veintidós años por las complicaciones de un embarazo; la posteridad decidió que aquello no era suficientemente romántico, así que la convirtió en una mujer enamorada de su hijastro y muerta de pena por él.
A don Carlos lo transformó en un príncipe liberal adelantado varios siglos a su tiempo y a Felipe II, en el marido celoso que destruía a los amantes.
La historia era bastante más compleja y la leyenda, simplemente, era mucho mejor argumento.