Leopold Trepper, en las calles de Varsovia, en 1967.

La red de espías que desafió a la Gestapo: Leopold Trepper y la Orquesta Roja

Fue el director de la mayor red de espionaje soviética en la Europa ocupada por los nazis. Junto con sus éxitos, tuvo una vida de traición, dilemas morales y descrédito

El almirante Canaris, jefe de la Abwehr o Inteligencia Militar alemana, afirmó que la Orquesta Roja costó la vida de 200.000 soldados alemanes. Y la denominó «Orquesta» por analogía con la música, ya que sus agentes «tocaban un radiotransmisor: el piano».

La red superó lo conocido por su clandestinidad, la infiltración entre las élites del enemigo y el uso de la tecnología. Pero, sobre todo, su creador, Leopold Trepper, elevó el manejo de la inteligencia humana (HUMINT) a la categoría de «estado del arte».

El gran espía nació en Polonia en el seno de una familia judía en 1904. Vinculado desde joven al bolchevismo, Trepper recuerda en su biografía que su mejor formación fueron sus años de clandestinidad en Polonia y en Palestina, antes de entrar en la escuela del GRU, la inteligencia militar soviética, en 1932.

Ya en 1936, Trepper es director técnico del GRU para Europa Occidental. Se instala en París y su actividad es frenética. En 1939, crea en Bruselas una empresa, abre sucursales en otros países y establece nuevos contactos con la ayuda de los partidos comunistas locales. Sus beneficios permiten financiar a la Orquesta Roja.

Esta red de espionaje contó con tres grandes ramas: la red francesa, la belga y la holandesa, paralelas a la red de Berlín y a otra que operaba desde Suiza.

Estalla la Segunda Guerra Mundial

Tras la victoria nazi en Francia, Trepper camufla sus actividades en París bajo una nueva empresa dedicada a la venta de pertrechos para el ejército alemán. Algo que le permite estar al corriente de sus necesidades.

La Orquesta Roja llega a pinchar los teléfonos de la Abwehr con la colaboración del Partido Comunista Francés. Sus emisoras de radio transmiten a Moscú información militar precisa que incluye los planes alemanes sobre la invasión de la Unión Soviética. Pero Moscú no le escuchó.

Adolf Hitler paseando frente a la Torre Eiffel en París, 23 de junio de 1940Bundesarchiv / Wikimedia Commons

Los alemanes reaccionan creando el Sonderkommando Rote Kapelle, o Comisión Especial Orquesta Roja de la Abwehr y la Gestapo. La némesis de Trepper dirige la nueva unidad: es el general de División de las SS Heinrich Müller, más conocido como «Gestapo Müller». Un viejo policía desde la República de Weimar, dotado de una inteligencia prodigiosa y de un instinto de caza diabólico.

Varios errores del Centro de Moscú en las comunicaciones permiten a «Gestapo Müller» desarticular la Orquesta Roja. Su centro neurálgico es descubierto en noviembre de 1942 y Trepper es arrestado.

Comienza «el gran juego»

La mayoría de los miembros detenidos confiesan bajo tortura y colaboran con la Gestapo. Los alemanes logran mantener las emisoras activas, obligando a los pianistas a enviar mensajes a Moscú. El objetivo era intoxicarlo con informaciones falsas.

Trepper es tratado por los nazis como un preso especial y aparentemente colabora. Su finalidad es preservar la infraestructura clandestina del Partido Comunista Francés; la de «Gestapo Müller» es desarticularla junto a los agentes que aún queden libres.

Müller (primera fila, a la izquierda) y Reinhard Heydrich visitando un cementerio de guerra en Oslo, Noruega, en 1941Wikimedia Commons

Es el gran juego entre dos mentes prodigiosas –Leopold Trepper versus «Gestapo Müller»–. Pero Trepper desconoce el grado de información veraz de que disponía «Gestapo Müller». Cada movimiento de Trepper podía ser la salvación o la caída de algún agente; el tormento a manos de la Gestapo o la guillotina.

Y es aquí donde Trepper alcanza la categoría de personaje de novela, al tener que confrontar un dilema moral de difícil solución: entregar o no a algunos agentes para salvar al resto. El tercero en el organigrama de la red, Vasile Maximovitch, y su hermana son delatados por Trepper y condenados a muerte.

Tras ganarse la confianza de sus guardianes, logra entregar un mensaje cifrado a un pianista para alertar a Moscú sobre el estado real de la Orquesta Roja. En septiembre de 1943, durante un traslado, su vigilante enfermo le pide que vaya a una farmacia mientras le espera en el coche. Trepper sabía que la botica tenía entrada por dos calles. Tras la fuga, consiguió ocultarse hasta la liberación de París por los Aliados.

Llega la Guerra Fría

A su regreso a Moscú en enero de 1945, Leopold Trepper fue directo a la Lubianka, sede central del KGB. Quizás por aquello de Roma traditoribus non praemiat, o «Roma no paga traidores», o porque Gestapo Müller tuvo éxito al hacer creer a los Aliados que los miembros de la Orquesta Roja fueron todos traidores.

Comenzaba la Guerra Fría y a los agentes que sobrevivieron les esperaba de nuevo la cárcel: en Occidente, por ser agentes comunistas vinculados a Moscú; a los que volvieron tras el Telón de Acero, por contrarrevolucionarios o por poder ser agentes dobles.

Trepper pagó con diez años en las cárceles de la URSS. Liberado y rehabilitado tras la muerte de Stalin, se instaló en Polonia. El régimen penitenciario no le rompió ni la entereza ni el sentido del humor. Trepper se jactaba en sus memorias de haber tardado diez años en llegar a Varsovia desde Moscú: «pero es que a veces los trenes se retrasan».

El lento desencanto

Lo que sí le quebró la cárcel y vivir bajo el socialismo real fue su fe en la utopía comunista. En Polonia, Trepper trabajó como editor de literatura yidis, pero ya solo quería emigrar a Occidente. Su gobierno se negaba, apelando a la seguridad nacional. En 1973, amenazó con suicidarse si no era autorizado a abandonar el país, lo que logró tres años después, en 1976.

Trepper se instaló en Israel y allí fue enterrado en 1982. De los cerca de 600 agentes de la Orquesta Roja que se conocen, un tercio fue ejecutado y más de la mitad sufrió torturas terribles, como corresponde en el oficio donde verdad y mentira se funden y confunden. Y ya nadie les recuerda, porque, como dice el poema apócrifo o auténtico de Borges, «somos el olvido que seremos».