La Alemania nazi también contó entre sus líneas con grandes agentes del espionaje. Elyesa Bazna fue el más famoso de ellos. Se trasladó con su familia a Ankara donde trabajó como chófer de las embajadas de Yugoslavia, Estados Unidos y Gran Bretaña. En este último cargo, a partir de 19433, se convirtió en ayudante de cámara y hombre de confianza del embajador británico sir Hughe Knatchbull-Hugessen.
Movido por el dinero, ofreció a la embajada alemana convertirse en su informador, pues tenía acceso a documentos secretos británicos. «Valiéndose de sus contactos en la embajada del III Reich pudo presentar una primera entrega de documentos tan interesantes que Von Papen bautizó al espía como ‘Cicerón’», comenta el periodista especializado en Historia Contemporánea, David Solar.
Así, documentos como confidenciales como detalles de la cumbre de Teherán y actas de la conferencia de El Cairo, así como los preparativos de la Operación Overlord (Desembarco de Normandía) acabaron en manos de los alemanes. «Cada vez que utilizaron los datos de Cicerón infligieron un grave castigo a los Aliados», advierte Solar. Sin embargo, Hitler desoyó la información relacionada con el desembarco, pues estaba convencido de que el ataque se produciría en Noruega o la zona de Calais ya bien protegida. Por este trabajo le pagaron 300.000 libras esterlinas.