Don Jaime de Borbón en Manchuria junto a una pagoda china, con su perro Jack y el Gran Duque Boris
Don Jaime de Borbón, el pretendiente carlista que combatió contra Japón en el ejército del zar
Gracias a la correspondencia que medió entre el príncipe y el marqués de Fraysseix Bonnin se conocen algunas de las vicisitudes que le acompañaron en su azaroso periplo
Entre la rica colección de reliquias de los reyes carlistas expuesta en el Museo del Carlismo de Estella, dependiente del Gobierno de Navarra, destaca una elegante casaca de color verde esmeralda con finos alamares en hilo de plata. Como advierte su cartela expositiva, se trata de una de las guerreras del pretendiente carlista don Jaime de Borbón (1870-1931).
La mayoría de los visitantes desconocen, sin embargo, la fascinante historia que se esconde detrás de esta singular prenda, perteneciente a un coronel de húsares de Grodno del ejército zarista. Pero ¿qué vinculación tuvo don Jaime con la Rusia de los zares?
Expositor del Museo del Carlismo de Estella
Desde la derrota del carlismo en la tercera de sus guerras (1872-1876), la familia real carlista permaneció en el exilio, esperando tiempos más favorables para recuperar el trono de España. En tanto, los estudios de don Jaime, primogénito de don Carlos, habían transcurrido entre Francia, Inglaterra y Austria.
Para 1896 esperaba graduarse como teniente en la academia austriaca de Wiener Neustadt, en la que había realizado su formación militar como alumno cadete. Contra todo pronóstico y a tan solo una semana de la ceremonia de graduación se le impidió asumir su nuevo empleo por expreso mandato del emperador Francisco José, con intención de complacer a su sobrina, la reina María Cristina de Habsburgo, siempre dispuesta a obstaculizar la proyección de sus primos.
La frustración producida por semejante agravio y el inesperado cambio de planes impulsó a don Jaime a poner su espada al servicio del zar Nicolás II (1868-1918), lo que a la postre le conduciría a participar en la Rebelión de los Bóxers y en la Guerra Ruso-Japonesa (1904).
Rusia era entonces una de las grandes potencias europeas, con un fuerte peso internacional. Su política expansionista en el Lejano Oriente pronto chocaría con el Imperio japonés, que desde la revolución Meiji en 1868 se había abierto al mundo, experimentando una rápida modernización. Este ascenso quedaría reflejado en su victoria durante la Primera Guerra Chino-Japonesa (1894-1895), en la que Japón amplió sus dominios y su influencia sobre importantes territorios como Corea.
Don Jaime en China en 1900 durante la Rebelión de los Bóxers
Con todo, sus ambiciosas pretensiones se vieron coartadas por algunas potencias europeas como Alemania, Reino Unido y Rusia, que habían obtenido importantes concesiones en China. El rechazo a la injerencia extranjera desató en 1899 el Levantamiento de los Bóxers, que pasó a la historia por los Cincuenta y Cinco Días en Pekín.
Como recuerdo de aquellas jornadas memorables, don Jaime conservaba cabelleras de algunos de estos guerreros nacionalistas chinos en su palacio de Frohsdorf.
A resultas del conflicto, Rusia se anexionó Manchuria al norte del gigante asiático y se hizo con el control de Port Arthur, un puerto de vital importancia estratégica. Siguiendo la misma táctica empleada muchos años más tarde en el ataque a Pearl Harbor, el ejército japonés atacó sin previa declaración de guerra en febrero de 1904, hundiendo varios buques de la armada rusa y dando así comienzo a la Guerra Ruso-Japonesa. Enseguida don Jaime se presentó como voluntario para servir como agregado del primer cuerpo del ejército de Siberia, abandonando su regimiento de húsares de Grodno acantonado en Varsovia.
Gracias a la correspondencia que medió entre el príncipe y el marqués de Fraysseix Bonnin se conocen algunas de las vicisitudes que le acompañaron en su azaroso periplo. El cuatro de abril de 1904 partió desde Moscú en el Transiberiano hacia la región china de Liao Yang, en el mar Amarillo, atravesando las inmensas llanuras de la estepa siberiana junto a su fiel compañero Jack, un jack russell entrenado por don Jaime para responder con ladridos a su señal de encontrar soldados nipones.
Una vez en Liao Yang se incorporó al cuartel general del mayor Kuropatkin, jefe supremo de las fuerzas rusas. Allí entabló contacto con el jefe de la misión militar española de Manchuria, Luis Fernández de Córdoba, marqués de Mendigorria, quien quedaría cautivado por sus cualidades personales y su valor en el combate. Los oficiales rusos también profesaban una enorme simpatía al hijo de don Carlos, quien daba numerosas muestras de arrojo en la primera línea, con sus vistosos pantalones escarlata.
Tras casi un mes de inactividad marchó con las tropas del general Sononaf a cubrir las posiciones situadas a unos ciento treinta kilómetros al norte de Port Arthur con el objetivo de evitar el avance de las tropas japonesas. Don Jaime tomó parte en la batalla de Wafangou, en la que los rusos sufrieron una gran derrota, saldada con la pérdida de tres mil quinientos soldados. Anticipo del resultado que iba a tener la guerra.
Batalla de Wafangou
De regreso a Liao Yang, don Jaime se detuvo en la población de Vanselin por unos días para atender como un enfermero más de la Cruz Roja a los numerosos heridos que agonizaban y yacían a la intemperie. A lo largo de la campaña cumplió con cuantas misiones le fueron encomendadas por el alto mando, burlando toda clase de peligros y dificultades.
En cierta ocasión llegó a ser apresado por los japoneses en el momento en el que se encontraba realizando unas fotografías vestido de paisano, pero gracias a sus habilidades sociales y a su dominio del inglés, idioma que había aprendido en su infancia, logró hacerse pasar por un reportero británico y fue puesto en libertad.
A partir de 1905 el desenlace de la guerra estaba decidido. El bloqueo de Port Arthur y la incapacidad de Rusia para frenar el imparable avance de los japoneses, tras la destrucción de gran parte de su flota, la llevó a perder el control de Manchuria. En septiembre las dos potencias ponían fin a las hostilidades con la mediación de los Estados Unidos. Como resultado de las negociaciones, Rusia cedió a Japón el arrendamiento de Port Arthur, el control del ferrocarril de Manchuria y la mitad meridional de la isla de Sajalín, además de reconocer su influencia sobre Corea.
A su regreso a Europa don Jaime recibió elogios del zar, siendo altamente condecorado. Abandonó definitivamente el ejército ruso en 1909, tras la muerte de su padre, aunque nunca perdió su contacto con Rusia, a la que había dedicado los mejores años de su juventud. La Revolución Comunista de 1917 y el asesinato de los zares dejaron en don Jaime un profundo dolor, lo que no hizo sino fortalecer su cercanía con numerosos rusos blancos, exiliados en París y otros rincones de Europa, con los que mantuvo amistad hasta el final de sus días. Entre ellos no faltaban antiguos compañeros y camaradas que habían combatido a su lado en la Guerra Ruso-Japonesa.