El instante decisivoFernando Quintela

Por qué leer deja una huella que permanece incluso cuando olvidamos los libros

Francis Bacon escribió que unos libros deben probarse, otros tragarse y unos pocos «masticarse y digerirse»; y añadió una idea todavía vigente: la lectura forma al hombre, la conversación lo prepara y la escritura lo hace preciso

Leer manchaFernando Quintela

Parece un dibujo a carboncillo de una biblioteca. Hay estanterías, lomos de libros, espacios vacíos y hasta algo parecido a volúmenes colocados en horizontal. Pero aquí no queda un solo libro. Todo lo que vemos son sus huellas: grasa, polvo, humedad, diferencias de luz y décadas de convivencia entre el papel y la pared. Los libros se han marchado y, sin embargo, la biblioteca continúa allí. Por eso me interesa esta fotografía: la lectura deja huella.

Tener una biblioteca es sencillo. Basta con un poco de dinero para comprarla o, últimamente, acudir a determinadas mudanzas donde nadie sabe qué hacer con cientos de ejemplares que no caben en la nueva casa.

El papel pesa, ocupa espacio y acumula polvo; las pantallas, en cambio, almacenan miles de títulos sin ocupar una pared. Pero una biblioteca no debería servir para demostrar lo que tenemos, sino para recordar lo que hemos leído. Los libros decoran una casa; la lectura amuebla una vida.

Leer exige algo que comienza a convertirse en lujo: tiempo sin interrupciones. Hace falta silencio, concentración, abstracción y comprensión. No basta con recorrer palabras con los ojos. Francis Bacon escribió que unos libros deben probarse, otros tragarse y unos pocos «masticarse y digerirse»; y añadió una idea todavía vigente: la lectura forma al hombre, la conversación lo prepara y la escritura lo hace preciso.

Y ahí está buena parte de su utilidad. Leer proporciona palabras para conversar, argumentos para discrepar, sensibilidad para comprender y, en el periodismo, algo imprescindible: referencias para reconocer que casi ninguna historia comienza el día en que nosotros llegamos a contarla.

Yo mismo descubrí pronto que leer tampoco significa entender en el instante. De pequeño intentaba avanzar con Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, admirado aunque solo sea por su condición de vallisoletano, y no conseguía superar la página veinte. Llegaba hasta allí, me atascaba y volvía al principio. Una vez y otra. Hasta que finalmente crucé aquella frontera absurda y alcancé la página veintiuno y, a partir de entonces, todo resultó sencillo. Con los años comprendí que quizá el libro no había cambiado: había cambiado el lector.

Con el Quijote ocurre algo todavía más maravilloso porque es una lectura para toda una vida, no por sus largas páginas, sino porque uno nunca vuelve al mismo libro siendo la misma persona.

Cervantes juega precisamente con la capacidad de la literatura para transformar la realidad: Alonso Quijano lee hasta querer vivir aquello que ha leído. La propia tradición crítica cervantina recuerda una calificación por grados: los niños hojean el Quijote, los jóvenes lo leen, los adultos lo entienden y los viejos lo celebran.

Ilustración Don Quijote de la ManchaGustav Doré

La fotografía cuenta todo esto sin enseñar un solo ejemplar. Paul Strand nos enseñó que la cámara podía abandonar la obligación de describir acontecimientos y encontrar significado en geometrías, objetos y superficies, y Aaron Siskind fue todavía más lejos: convirtió paredes deterioradas, grafitis, desconchones y señales del tiempo en imágenes próximas al expresionismo abstracto.

El Art Institute of Chicago explica cómo encontró en esas paredes un lenguaje de formas y cómo hablaba del «drama de los objetos». Aquí ocurre algo parecido. Una pared doméstica se ha convertido sin querer en una abstracción.

La composición está construida sobre rectángulos. Las antiguas baldas han dejado líneas horizontales; los laterales de los muebles, grandes verticales; los lomos desaparecidos sobreviven como pequeñas barras grises. Incluso los enchufes parecen dos signos de puntuación al final de una frase. La esquina divide la imagen y da a entender que aquella biblioteca abrazaba la habitación. No vemos a sus habitantes, pero podemos imaginarlos. Tampoco sabemos qué títulos estuvieron allí. Esa ausencia es precisamente lo que llena la fotografía.

Leer manchaFernando Quintela

Porque una casa vacía conserva algo de quienes la ocuparon. Un cuadro retirado deja en la pared un rectángulo más limpio; un armario, una diferencia en el suelo; los libros, esta especie de radiografía del tiempo. Parece una imagen muda y, sin embargo, transmite el calor que alguna vez hubo entre esas paredes: alguien entró allí, eligió un volumen, lo abrió, dejó otro tumbado sobre una balda y regresó años después a buscarlo.

Leer también sirve para eso: para vivir durante unas horas vidas que no son las nuestras. Nos obliga a entrar en la cabeza de un desconocido, comprender una época, acompañar un fracaso o aceptar durante trescientas páginas una mirada distinta. Es difícil imaginar mejor entrenamiento para la conversación, el periodismo o la empatía.

Bacon advertía que no debemos leer solamente para contradecir ni tampoco para creer, sino para «sopesar y considerar». Cuatro siglos después, rodeados de opiniones instantáneas, esa es una de las utilidades más modernas de los libros.

Miro esta pared y pienso que alguien se llevó la biblioteca, pero no pudo llevarse sus marcas; ya lo haría después un pintor.

Y eso es leer: permitir que algunos libros desaparezcan de nuestra memoria después de haber dejado una mancha imposible de borrar.