Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

Miramos mucho y vemos poco

Dos personas pueden mirar exactamente lo mismo y contemplar mundos diferentes sin que necesariamente una esté equivocada. Eso define la relación entre fotografía y espectador

Aprender a mirar. Fernando Quintela

Aprender a mirar. Fernando QuintelaFernando Quintela

El verano termina y comienza el curso. Los niños regresan al colegio; los adultos, a las obligaciones. Es buen momento para preguntarnos qué hemos aprendido; dedicamos muchos años a enseñar a los niños a prepararse para la vida y bastantes menos a enseñarles a vivirla.

Les hablamos del futuro cuando todavía están descubriendo el presente, les advertimos de los peligros antes de que hayan sentido curiosidad y construimos alrededor de su mirada una caja protectora desde la que observar el mundo. La intención es buena: proteger al niño y calmar nuestros miedos.

Esta fotografía habla de eso. No sé qué está viendo ese niño. No hay paisaje, calle ni adulto que nos ayude. Solo dos ojos asomados a una abertura y unas manos agarradas al cartón. Puede estar mirando una fiesta, una persona, algo que le asusta o solo al fotógrafo. Tampoco sabemos si la caja lo protege del mundo o le impide entrar en él. Esa ambigüedad convive en esta fotografía.

Con los años fabricamos cajas parecidas y las llamamos prudencia, experiencia, prevención, seguridad o estabilidad. Vivir exige descubrir que el fuego quema y que no todas las personas llegan con buenas intenciones, pero el problema comienza cuando la protección deja de ser una herramienta y se convierte en nuestra manera de relacionarnos con los demás. Entonces ya no miramos para descubrir, sino para confirmar nuestras sospechas.

Me gusta separar «preocupación», como si todavía pudiéramos escuchar su significado: pre-ocupación, ocuparse antes de tiempo, vivir anticipadamente aquello que quizá nunca suceda. Ensayar el dolor para estar preparados por si llega. Tenemos seguros, alarmas, contraseñas y aplicaciones capaces de decirnos dónde están nuestros hijos, pero ninguna tecnología puede asegurarnos que mañana estaremos aquí para disfrutar de aquello que hoy protegemos.

Antonio Gala lo explicó conversando con Jesús Quintero cuando hablaba de la brevedad de la vida y de la necesidad de ensancharla. Recordaba que hay que vivir sin medir; decía que «existen amores que duran apenas unos minutos y aventuras que pueden prolongarse durante catorce años sin dejar de ser aventuras». Su conclusión era mucho más importante que la anécdota: «La vida no debe ser extensa, sino intensa». Duración e intensidad pertenecen a escalas diferentes. Uno de nuestros errores está en enseñar a prolongar la vida en lugar de ensancharla aunque sea corta.

Michel de Montaigne dedicó buena parte de sus Ensayos a observarse sin pretender convertir su manera de vivir en una ley universal. «Yo mismo soy la materia de mi libro», escribió. Su curiosidad nacía de aceptar la contradicción. Siglos después, Walt Whitman llevó esa idea a la poesía cuando, en Canto de mí mismo, aceptó sus propias contradicciones porque contenía multitudes.

Dos personas pueden mirar exactamente lo mismo y contemplar mundos diferentes sin que necesariamente una esté equivocada. Eso define la relación entre fotografía y espectador.

Vivimos cada vez más mirando a los demás a través de pequeñas aberturas. Antes era el visillo en las ventanas de los pueblos y ahora es la pantalla. Observamos la casa, el viaje, el coche, la pareja, el restaurante o el cuerpo de alguien y creemos conocer su vida porque hemos visto veinte segundos de ella.

Las estrellas mediáticas exhiben un lujo que millones contemplan desde su particular mirilla mientras, en el extremo contrario, el asceta renuncia voluntariamente a casi todo buscando quizá aquello que el rico tampoco consigue comprar: serenidad. Entre ambos estamos nosotros, juzgándolos.

Miramos mucho y vemos poco.

Y la mirilla funciona en las dos direcciones. Nos permite observar sin exponernos, pero tampoco deja entrar a los demás. Conocemos fragmentos y ofrecemos fragmentos. Hemos perfeccionado las herramientas para enseñar nuestra vida mientras vamos deteriorando las que servían para compartirla. Un niño detrás de un cartón produce ternura porque suponemos que está jugando; un adulto que pasa la vida detrás de una abertura termina practicando el voyeurismo.

Ahí aparece la fotografía. Dorothea Lange decía que la cámara era un instrumento que enseñaba a ver sin cámara. Fotografiar no consiste solamente en dominar velocidades, diafragmas o focales, sino en desarrollar la atención. Y eso sirve también para vivir: si salimos convencidos de que las personas son egoístas, encontraremos egoísmo; si pensamos que todos pretenden engañarnos, cada gesto ambiguo confirmará nuestra teoría. La mirada selecciona. La cámara también.

El fotógrafo norteamericano Saul Leiter construyó buena parte de su obra con cristales empañados, reflejos, puertas, paraguas y personas difusas. No necesitaba enseñarlo todo porque entendió que nunca vemos la totalidad de nada.

Esta imagen lleva esa idea casi al extremo. La composición es sencilla: una enorme superficie blanca, prácticamente vacía, atravesada por una pequeña abertura horizontal donde aparecen los ojos. Debajo, el cartón divide la fotografía y sobre él descansan las manos, enormes por su proximidad a pesar de su tamaño real. Ojos y manos cuentan la historia: mirar y tocar, curiosidad y frontera, deseo y protección.

Pero el verdadero protagonista está fuera de campo: es aquello a lo que mira.

La fotografía nos obliga a hacer algo que practicamos poco: aceptar todo lo que desconocemos. Por eso la imagen funciona: no proporciona una respuesta, sino una pregunta.

Y ahí comienza también el nuevo curso, no necesariamente aprendiendo más, sino desaprendiendo algunas precauciones. Hemos educado generaciones enteras en una secuencia: estudiar para trabajar, trabajar para protegerse y protegerse para alcanzar una vejez que tampoco está garantizada. El problema surge cuando confundimos el plan con la vida y sacrificamos el presente para asegurar un futuro que, cuando llega, vuelve a convertirse en otro presente sacrificado por el siguiente.

Nos protegemos tanto de perder que algunas veces dejamos de ganar.

El niño de la fotografía todavía mira porque siente curiosidad. Después crecerá y le enseñaremos a desconfiar, calcular, compararse y preocuparse. Es inevitable y casi necesario. Pero estaría bien que nadie le cerrase completamente esa ventana.

Porque aprender a vivir consiste en conservar suficiente experiencia para reconocer el peligro sin perder inocencia.

El curso comienza; conviene llevar los ojos abiertos. Si ustedes quieren, les contaré una historia.

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