Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

Al otro lado de la reja

Hay fotografías que necesitan luz. Otras necesitan permiso. Y algunas necesitan casi toda una vida para poder hacerse

Al otro lado de la reja

Al otro lado de la rejaFernando Quintela

Durante casi 40 años pedí fotografiar a las carmelitas descalzas de Mancera de Abajo. No me servían otras carmelitas; debían ser estas por mi vínculo con ellas y por la estricta prohibición que tienen de mostrarse en público. La respuesta siempre fue la misma: imposible. No había desprecio ni desconfianza personal. Era la aplicación natural de una regla que llevaba siglos protegiendo su silencio. En un convento de clausura, la cámara no es solo un objeto extraño. Es una ventana abierta hacia el mundo que las religiosas decidieron dejar fuera.

La comunidad de Mancera fue fundada en 1944 por Santa Maravillas de Jesús, y su vida se inscribe en la tradición carmelitana de contemplación, soledad, silencio, pobreza y austeridad. La normativa de estos carmelos contempla una clausura rigurosa, con doble reja, limitación de visitas, ausencia de medios de comunicación y especial recogimiento en Adviento y Cuaresma.

La madre Maravillas resumió su entrega en una frase sencilla pero difícil de asimilar para un mundano: «Lo que Dios quiera, cuando Dios quiera y como Dios quiera».

En ese orden de palabras cabe toda una vida. Los conventos inspirados por ella conservaron una interpretación especialmente rigurosa del Carmelo. La clausura no se entiende como castigo, sino como elección.

Las religiosas apenas salen, salvo por una necesidad médica inaplazable. Reciben las visitas tras una doble reja. Guardan silencio durante la mayor parte del día y comen mientras una hermana lee para la comunidad.

Mi vínculo con aquella comunidad era anterior a la fotografía. Mi tía Carmiña había sido una de sus monjas. Aunque murió en 1998, nuestra familia continuó siendo también parte de la suya. Pero ni siquiera esa cercanía bastó durante décadas para atravesar visualmente la clausura. Hasta aquel día.

No tienen televisión. La radio y la prensa tampoco forman parte de su vida cotidiana. La pobreza no es una declaración estética, sino una práctica concreta: hábitos confeccionados por ellas mismas, camas austeras, trabajo manual y una renuncia consciente a lo que consideran innecesario.

Aquel fin de semana acudí con mis hijos. Ante las rejas, ellos interpretaron la clausura con los códigos del mundo exterior. Les parecía una cárcel. La priora respondió con una de esas frases que obligan a revisar todo lo que uno cree comprender: «Sois vosotros quienes estáis más encarcelados ahí fuera. Nosotras somos libres de marcharnos cuando queramos».

Al final de la visita volví a pedir permiso para hacer una simple fotografía. Esta vez, de manera inesperada, la respuesta fue afirmativa. Tenía apenas unos segundos de margen.

Esta imagen es un documento gráfico en el que lo que importa no es la técnica ni la calidad, sino lo que revela

Así nació la primera fotografía tomada en el refectorio de aquella comunidad.

La imagen no muestra una mesa llena de alimentos ni una escena reconocible de la vida conventual. La clausura continúa interponiéndose entre el fotógrafo y las religiosas. La reja domina el primer plano y construye una cuadrícula gruesa, casi brutal. Pero detrás del hierro aparecen siete puntos humanos: cuatro rostros repartidos en distintos niveles de profundidad.

Algunos se muestran con claridad. Otros apenas emergen de la oscuridad. Uno queda cortado por los barrotes. Otro aparece al fondo. Una religiosa sonríe. Otra observa con una expresión que mezcla curiosidad y cautela. Ninguna parece posar del todo porque posar habría significado adoptar un personaje que allí no existe.

Los cuatro rostros funcionan como notas dentro de una partitura. La mirada salta de uno a otro y encuentra pequeñas variaciones: serenidad, diversión, timidez, sorpresa. La aparente monotonía de los hábitos se rompe con la individualidad de cada gesto.

La reja, que podría haber sido un obstáculo fotográfico, termina organizando la composición. Divide la imagen en pequeños espacios y obliga a descubrir a las monjas poco a poco. No podemos verlas de una sola vez. Tenemos que buscarlas.

Al otro lado de la reja

Al otro lado de la rejaFernando Quintela

Exactamente igual que ellas han elegido ser encontradas.

La gran Jill Freedman entendió que la fotografía documental exige entrar en los mundos ajenos sin comportarse como un visitante apresurado. Vivió con manifestantes, bomberos, policías y trabajadores de circo antes de fotografiarlos. No observaba desde la barrera: compartía tiempo, esperaba y permitía que la confianza sustituyera a la invasión.

Ese mismo principio sostiene esta imagen. No habría existido sin los años anteriores. Sin las conversaciones a través de la reja. Sin la memoria de Carmiña. Sin las visitas familiares. Sin aceptar cada negativa y regresar sin convertir el permiso en una exigencia.

La cámara llegó al final, pero la fotografía había comenzado mucho antes. Habrá tiempo, espero, para mejorarla. Esta imagen es un documento gráfico en el que lo que importa no es la técnica ni la calidad, sino lo que revela.

El instante decisivo aparece cuando las siete religiosas olvidan, durante una fracción de segundo, la excepcionalidad de la cámara. Unas miran directamente; otras permanecen distraídas; algunas sonríen al comprender que aquella prohibición conservada durante décadas está siendo suspendida solo por un momento. No es una ruptura de la clausura, sino una concesión de confianza.

La luz también forma parte del relato. El refectorio permanece casi a oscuras y las figuras surgen como pequeñas apariciones detrás del entramado metálico. La cámara del móvil, mediante su modo nocturno, ilumina lo que el ojo apenas alcanzaba a distinguir. La tecnología más cotidiana del mundo exterior penetra durante unos segundos en una forma de vida que ha decidido prescindir casi por completo de ella.

La contradicción es evidente y también bonita. Las rejas parecen decir que no podemos entrar. Los rostros, en cambio, permiten que nos acerquemos. Quizá por eso esta fotografía no trata realmente de la clausura, sino más de la confianza. De ese momento excepcional en que alguien que lleva toda la vida protegiendo su intimidad decide abrir una rendija. No para abandonar su mundo ni para mostrarlo como una curiosidad, sino para permitir que sepamos que detrás del hierro no hay mujeres encarceladas.

Hay cuatro personas que han elegido otra forma de libertad (son más de las que se ven). Aunque la fotografía no derriba la reja, consigue algo mucho más difícil: durante un instante, nos permite mirar a través de ella.

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