La boutique de las emociones: la fotografía de Fraga en el funeral de Malpica
Hay fotografías que muestran una tragedia y otras retratan algo mucho más complejo: la manera en que los seres humanos decidimos vivirla
La boutique de las emociones: la fotografía de Fraga en el funeral de Malpica
Vivimos rodeados de pequeñas boutiques de emociones. Llegamos a una boda y sabemos qué gesto debemos adoptar; en un hospital bajamos la voz o, en un estadio, gritamos como si fuéramos campeones del mundo, que lo somos. Y, en un funeral, guardamos silencio. Cada escenario exige una emoción, como si existiera un armario invisible del que escogemos el sentimiento adecuado para cada ocasión. La boutique.
Lo extraño, o extraordinario, sucede cuando dos de esas emociones terminan compartiendo el mismo espacio. Y es ahí donde aparece la fotografía: esta, por ejemplo.
Era sábado 5 de octubre de 1991. Yo estaba haciendo las fotografías de la boda de mi amigo Fernando Lázaro, uno de los grandes, con Mari Carmen, la mujer de la que media redacción había estado enamorada alguna vez. Como fotógrafo, llevaba un traje cruzado de príncipe de Gales y una corbata tan larga que parecía querer llegar antes que yo al altar.
En mitad de la ceremonia sonó el busca. No hice caso. Volvió a sonar. Tampoco. Al tercer mensaje ya no había escapatoria: «Vete al aeropuerto. Te vas a La Coruña. Naufragio con muchos muertos».
Llamé desde una cabina a la jefa de Fotografía, Paloma Sánchez, «Palomón» para Forges, intentando negociar unos minutos más. Fue inútil: el director había decidido que viajase yo y así abandoné una boda para llegar a un funeral que todavía no había empezado.
El pesquero Os Tonechos había desaparecido frente a Malpica con nueve marineros de apenas veinte años. Aquella noche recorrí las pequeñas casas de A Costa da Morte mientras las familias esperaban noticias que nunca llegaron. Me ofrecían café, pan o un trozo de carne cuando eran ellos quienes más calor de hogar necesitaban.
El mar tiene esa extraña capacidad de igualar a todos. Da de comer y, a veces, decide quedarse con quien vive de él.
A la mañana siguiente comenzaron los preparativos del funeral. También comenzaron a llegar las autoridades. Entre ellas, Manuel Fraga Iribarne, entonces presidente de la Xunta de Galicia.
A don Manuel lo conocía «casi bien». Nos habíamos cruzado muchas veces. Incluso una vez me llamó «idiota» porque me negué a hacerle un retrato «en un minuto» cuando yo había preparado una sesión completa de iluminación. Preferí recoger los flashes y marcharme antes que hacer una fotografía en la que no creyera.
Quizá tenía razón. Quizá fui un idiota. Decía Camilo José Cela algo así como: «Pero, hombre, por el amor de Dios, si de mí se ha dicho en letra de molde desde que soy un genio hasta que soy un deficiente mental. Probablemente las dos cosas, pero alguno al menos se equivoca. Si te empiezas a preocupar de lo que dicen los demás, entonces estás perdido». Pues eso, qué más da. El caso es el asunto de la foto que me trae a escribir y de la que nunca me arrepentí.
Dos formas de vivir el dolor en el funeral de Malpica
Cuando Fraga descendió del coche oficial en Malpica, apareció por sorpresa una mujer mayor que se pegó a él como una sombra. Lloraba con un desgarro antiguo, casi ritual. Parecía salida de otro siglo. En Galicia siempre se habló de las plañideras, aquellas mujeres que, heredando una tradición que se remonta al Egipto faraónico y que llegó también a la península, acompañaban los entierros exteriorizando un dolor que, durante siglos, muchas familias ni siquiera podían mostrar públicamente.
En la fecha que nos ocupa ya no existían como oficio. O eso creíamos, porque la mujer caminó junto a Fraga hasta la iglesia y, para sorpresa del propio presidente, terminó sentándose a su lado en el primer banco.
La fotografía enfrenta dos maneras de entender el dolor: a la izquierda, el duelo institucional. A su lado, la mujer rompe toda esa arquitectura emocional
Entonces ocurrió. Fraga me miró en silencio y me estaba pidiendo que no hiciera esa fotografía. Pero aquella imagen ya no le pertenecía. Pertenecía a la realidad, que era a lo que yo había ido: a dar fe fotográfica del trágico naufragio.
La fotografía enfrenta dos maneras de entender el dolor. A la izquierda, el duelo institucional: el presidente permanece erguido, inmóvil, con las manos apoyadas sobre las rodillas, el rostro contenido y la mirada fija. Es la representación del Estado: la obligación de mantener la compostura incluso cuando la tragedia obliga a compartir el sufrimiento de un pueblo.
A su lado, la mujer rompe toda esa arquitectura emocional. Las manos cubren la boca. Los ojos buscan algo que nadie puede responder. El cuerpo entero se repliega sobre sí mismo. No interpreta el dolor, lo habita. Otra vez una piel que se habita.
Y, sin embargo, sus miradas no se cruzan. Ahí es donde reside el verdadero instante decisivo.
Viajé a Malpica para contar el naufragio de nueve marineros y regresé con una fotografía sobre dos maneras de llorar
Henri Cartier-Bresson sostenía que la fotografía alcanza su plenitud cuando forma y significado coinciden durante una fracción irrepetible de segundo. Aquí ese instante no es el llanto de la mujer ni la llegada de Fraga: es la convivencia de dos emociones incompatibles sentadas en el mismo banco.
Desde el punto de vista compositivo, la imagen resulta casi teatral. Ambos ocupan el centro del encuadre, con un equilibrio geométrico perfecto. La mujer viste completamente de negro; Fraga aparece con un traje claro. La fotografía construye un diálogo visual entre la luz y la sombra, entre la razón y el sentimiento, entre la institución y el pueblo. Las manos de ambos trazan una diagonal que da entrada y salida a la imagen y obliga a pasar por los rostros y la posición de ambos.
Toda gran fotografía posee dos lecturas. Roland Barthes las llamó studium y punctum. El studium es aquello que comprendemos racionalmente: un funeral por los marineros del Os Tonechos, el presidente de la Xunta acompañando a las familias, una mujer del pueblo llorando en primera fila. La fotografía documenta un acontecimiento histórico.
El punctum es otra cosa: es aquello que nos hiere, aquello que nos obliga a detenernos. En esta imagen no es Fraga Iribarne, por mucho que le pesase, y tampoco el funeral. Es esa mujer que ha invadido el espacio reservado al poder sin pedir permiso. Su llanto rompe el protocolo, desarma la solemnidad y convierte una fotografía institucional en un retrato humano.
Robert Frank decía que «lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás». Esa es la misión del fotógrafo documental. No fotografiar lo que todos esperan, sino descubrir el detalle que cambia completamente el significado de una escena.
Cuando terminó el funeral, Fraga salió de la iglesia y yo caminaba prácticamente pegado a él… y a la mujer.
Se volvió hacia mí y susurró con sorna sana y cierta simpatía:
—Sáqueme a esta mujer de mi lado.
—No puedo —le respondí.
No era una cuestión física. Era una cuestión periodística. Si aquella mujer desaparecía, también desaparecía la fotografía. Y quedaba el entierro.
Con los años he comprendido que el fotoperiodismo rara vez consiste en fotografiar aquello que todos están mirando; consiste en descubrir aquello que nadie esperaba que sucediera.
Viajé a Malpica para contar el naufragio de nueve marineros y regresé con una fotografía sobre dos maneras de llorar: una llevaba traje; la otra llevaba siglos sosteniendo la memoria de un pueblo que aprendió hace mucho tiempo que el mar nunca devuelve a todos los que se lleva.