Caricatura de un semanario humorístico que ironiza sobre la farsa electoral durante el régimen de la Restauración (siglo XIX) en España
Dinastías y poder
Las familias que controlaron el voto en la Restauración: «Ustedes ganen las elecciones, que yo haré las actas»
La estabilidad política de la Restauración tuvo también un reverso: una extensa red de caciques, familias influyentes y prácticas electorales que condicionaron durante décadas la vida pública española
La Restauración trajo la estabilidad a España. Pero también permitió que se generalizasen términos como «pucherazo» o «caciquismo». Salvando las distancias históricas, algunas maniobras electorales y legislativas actuales, como la conocida ley de nietos, pueden recordar, por su utilización política, a aquellas prácticas de la Restauración.
Fueron muchas las familias que, gracias a sus feudos territoriales o económicos, controlaron el voto en una España marcadamente rural. El modelo civilista planteado por Antonio Cánovas hizo posible un sistema turnista en el que liberales y conservadores alternaban en el poder. Pero también permitió una red de clientelismo político en la que los apellidos Bugallal, Larios, Urquijo o Figueroa se hicieron extremadamente populares.
En los años finales del canovismo y tras una apariencia de equilibrio parlamentario, se escondía una realidad manejada por verdaderas «dinastías del poder». El Ministerio de la Gobernación pactaba los resultados en Madrid, pero eran los oligarcas locales quienes ejercían el poder. Mediante favores, coacciones económicas o control de la justicia local, estas familias convirtieron provincias enteras en extensiones de sus propios linajes, determinando el rumbo político del país.
Caricatura de la revista Blanco y Negro (1898) que muestra al diputado Trinitario Ruiz y Capdepón saliendo del puchero gracias a los votos que le ha proporcionado la red caciquil
La provincia de Guadalajara conoció a una especie de «monarca sin corona» en la figura de Álvaro de Figueroa y Torres, más conocido como el conde de Romanones. Miembro del Partido Liberal y con una de las mayores fortunas de España gracias a sus tierras y minas en el Rif, Romanones convirtió los campos alcarreños en un feudo en el que poco se movía sin su consentimiento.
Entre sus «cacicadas» más célebres se cuenta que, tras unas elecciones en las que la oposición presumía de haber movilizado gran número de votos independientes que ponían en peligro su victoria, Romanones pronunció una frase que ha pasado a los manuales de historia: «Ustedes ganen las elecciones, que yo haré las actas». Hay un buen libro sobre él de Guillermo Gortázar y también las propias memorias del protagonista, aunque estas siempre resulten exculpatorias.
En el sur de España, la familia Larios fue la que rigió con mano de hierro la economía y la política de Málaga y la comarca del Campo de Gibraltar. Dueños de las principales industrias textiles, navieras y de plantaciones de caña de azúcar, los Larios condicionaron los puestos laborales de sus obreros en función de la papeleta electoral. Parece que en sus fincas se controlaba el voto a través de los capataces, repartiendo «jornales y vales de comida semanales» en la fila del colegio electoral.
Galicia fue otra de las zonas en las que el caciquismo alcanzó enorme influencia con nombres como el de Gabino Bugallal, conde de Bugallal, en Pontevedra y Ourense. Bugallal logró controlar los recursos básicos gallegos: el agua y los campos.
Se cuenta que su «cacicada» más recordada ocurrió durante la Guerra de Cuba, cuando los jóvenes eran reclutados para luchar en los últimos territorios de Ultramar, Cuba y Filipinas. Los intermediarios prometían a los campesinos la «redención en metálico» o la falsificación de informes médicos para librar a sus hijos del servicio militar. A cambio, los alcaldes afines entregaban los sobres electorales ya cerrados.
«Mapa del caciquismo en España», de Moya (1897). Aparecen los principales diputados con arraigo por provincia, cuyo escaño no se negociaba en el encasillado, y que eran los grandes caciques del régimen político de la Restauración
El resultado eran votaciones del cien por cien a favor del candidato del conde: como si los «lázaros» –los muertos del censo– «resucitasen» para votar. Gabino Bugallal llegó a ser varias veces ministro entre 1903 y 1921, como uno de los principales varones dentro del Partido Conservador. Fue fiel a la Monarquía de la Restauración y a la herencia de Cánovas, pero galleguistas y republicanos hicieron de él un símbolo de la vieja política.
En el norte de España, la dinastía Urquijo consolidó su hegemonía en el País Vasco mediante el control de la banca, los transportes y su buena relación con las instituciones tradicionales. Para los Urquijo, garantizar la estabilidad de sus inversiones financieras y ferroviarias pasaba por apoyarse en el sentimiento conservador de una parte de la sociedad vasca: se esforzaron en mantener el vínculo entre la defensa de estos valores y su fidelidad política, transmitiendo el mensaje de que votar por opciones liberales o republicanas, opuestas a la suya, ponía en riesgo las buenas costumbres.
La huella que dejaron los Romanones o Bugallal evidencia la existencia de unas redes de influencia que terminaron desgastando el sistema canovista y que llevaron, en 1923, a la aceptación del régimen de Miguel Primo de Rivera.
Entre sus objetivos estaba terminar con el clientelismo político que había minado la Restauración, pero también poner fin a la violencia anarquista y buscar una solución «pronta, digna y justa» a la guerra de Marruecos.