Vista de Jerusalén, 1847
Picotazos de historia
Qué es el síndrome de Jerusalén y por qué algunos turistas creen ser personajes bíblicos
Se calcula que todos los años se producen unos cien casos del síndrome de Jerusalén
En el ya lejano año de 1990, quien esto pergeña estaba viviendo en casa de un hermano suyo en la ciudad de Londres –teníamos de vecino al cantante Bryan Ferry (Roxy Music), que encima resultó ser el íntimo amigo de la esposa de otro amigo mío–, en el elegante barrio de Kensington.
En la primera visita que hice al British Museum me dio un síndrome de Stendhal de órdago. Tuve que salir corriendo a la calle, mirando al suelo y con las manos haciendo de anteojeras. Mi cerebro había cortocircuitado y era incapaz de absorber ni una micra más de información. Era un bloqueo absoluto y la sensación era nueva, extraña y angustiosa.
De este suceso me quedó un vivo recuerdo de la angustiosa sensación de saturación mental, de la imperativa necesidad de huir por no poder ver nada más (intencionadamente o por accidente) por no tener capacidad para asimilarlo. Fue una experiencia muy intensa que llegó sin avisar y que, como todo aquello que se experimenta por primera vez, sorprende, asusta y desconcierta.
Existe una gran variedad de estos «ataques», normalmente tipificados como síndromes e incluidos en una cómoda generalidad denominada síndromes del viajero. Dentro de este grupo encontraremos el síndrome de Stendhal (del que fui víctima y creo que fue el primero que se identificó gracias a la vivencia personal del escritor que dio nombre al síndrome), el síndrome de Tokio, producido por el choque con la hipermodernidad, la masificación y la incomprensión de códigos (sociales, de comunicación, culturales, etc.) por parte de los viajeros occidentales. Pero si incomprensible y abrumadora puede parecer la inmersión en la cultura oriental para el viajero occidental, imaginen ustedes en el caso contrario.
Hace ya unas décadas, el entonces embajador de Japón en España, Kazuhiko Koshikawa, quien había estudiado en la Universidad de Salamanca y estaba perfectamente adaptado a las costumbres e idiosincrasia de España, me contó –en el club de golf de Puerta de Hierro de Madrid– que cada tres o cuatro años sus subordinados tenían que ser enviados de vuelta para evitar que sufrieran un colapso, algo que solía ocurrir las primeras veces que iban al club y veían el amplio espacio lleno de verde, árboles y vacío de gente.
Uno de los síndromes que sufre la población nipona cuando abandona sus islas es el denominado síndrome de París. Esta afección está tan bien documentada que, preventivamente, se reparten folletos informativos en las agencias de viajes a todo aquel nipón con intención de viajar a Francia.
Todas las oficinas diplomáticas de Japón en Francia están debidamente informadas sobre los protocolos para identificar y tratar este trastorno.
Para empezar, el denominado síndrome de París se da mayoritariamente entre las féminas, pero no están los varones nipones exentos de sufrirlo. Lo sufren personas que se han hecho una imagen altamente idealizada «de la ciudad del amor», un pastel romántico absolutamente irreal. La decepción derivará en colapso nervioso a consecuencia del cruel contraste con la realidad y la imagen soñada.
Cuando el camarero no es un poeta lírico con boina y bigote, cuando la amabilidad y la urbanidad no rigen tu entorno, cuando la idílica imagen se destroza ante la realidad, la mente colapsa. Resultado: la pobre japonesa (mayoritariamente) empieza a sufrir mareos, ansiedad que irá escalando en intensidad, taquicardia, sudoración excesiva, etc.
El síndrome se completará, en el peor de los casos, con alucinaciones, delirios de persecución y despersonalización del individuo: el cerebro desconectará, viendo todo desde fuera, como una tercera persona desligada de su propio cuerpo. Esto es una medida de seguridad del cerebro.
El otro síndrome del viajero del que quería hablarles es mucho más chocante (y divertido para los que lo ven de fuera). Imagínense ustedes que, de repente, se vieran inmersos en el argumento de la película La vida de Brian.
El conocido como síndrome de Jerusalén es un fenómeno psicológico que suelen sufrir los turistas y peregrinos que acuden a la ciudad santa de Jerusalén. Por regla general, aquellos que lo han sufrido han mostrado antes un cuadro clínico, incluso han estado en tratamiento por esquizofrenia, psicosis o trastorno bipolar.
Tras estos, tenemos el grupo de individuos sin trastornos declarados, pero que muestran rasgos de alta sugestionabilidad y tendencias obsesivas. Y, por último, el grupo más desconcertante de todos: el de los absolutamente normales.
El típico prójimo común y corriente: preocupado por su familia, trabajador, pagador de impuestos, temeroso de Dios pero sin excesos. Ese ser, aparentemente sano y equilibrado, con el que te cruzas todas las mañanas y al que saludas en el bar donde desayunas. ¡Ese individuo que podría ser usted mismo!
La futura víctima se encontrará con una enorme carga de gran intensidad emocional –piensen que Jerusalén es ciudad santa de tres religiones–, una masificación en el fervor religioso y un uso milimetrado del tiempo y el espacio para las diferentes religiones y variantes (por ejemplo: católicos, ortodoxos, etc.).
Por otro lado, Jerusalén es una ciudad moderna y vital, muy ruidosa y en disonancia con el ideal bíblico que pueda tener el viajero/turista/peregrino. A esta ensalada súmenle la falta de sueño (producto o no del jet lag), la fatiga, un trauma previo (muerte de un familiar, crisis emocional) al viaje, etc., y el individuo empezará a aumentar su sugestionabilidad al tiempo que empezará a sentir una pérdida de control.
El personal de los hospitales, hoteles y hostales de la ciudad de Jerusalén está especialmente adiestrado en detectar e identificar pequeños sucesos que pueden mostrar un proceso del síndrome.
Una señal que hace saltar todas las alarmas es la desaparición, inexplicable, de sábanas en las habitaciones. ¿Por qué, se preguntará el sorprendido lector? Muy sencillo, la desaparición de ropa de cama (preferentemente de color blanco) es una indicación casi segura de que la persona afectada se está confeccionando una túnica.
Otra señal es cuando se observa que el afectado empieza a mostrar signos de una obsesión por la limpieza, que incluso le llevará a lavarse los pies en mitad del salón o del comedor.
Cuando el afectado ya está completamente inmerso en una alucinación y desvarío, en el que se encuentra transportado a los tiempos bíblicos y él juega un papel protagonista al adoptar la personalidad de uno de los personajes clave o ser un profeta, es cuando se lanza a la calle vestido con la túnica que ha confeccionado en secreto. Calzado con sandalias o descalzo, pero imbuido de una misión divina y con el deber de comunicarlo a todos. ¿Recuerda la escena de Brian en la calle de los profetas, de la película La vida de Brian?
Por regla general, estos individuos no son violentos, a menos que su personaje así lo requiera. Se dio el caso de un ciudadano británico que asumió el personaje de Sansón; al final, se hizo más daño a sí mismo que al edificio que intentó derribar con sus manos.
Lo que sí suele generar problemas es que coincidan, normalmente en la sección de agudos del departamento psiquiátrico del hospital, dos (si son tres o más es un drama) afectados que comparten personajes. Se calcula que todos los años se producen unos cien casos del síndrome de Jerusalén.