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La extraña epidemia de la risa

La extraña epidemia de la risa

Picotazos de historia

La extraña epidemia de la risa que contagió a más de mil personas y dio paso a otra aún más inquietante

Los tres casos iniciales acabarían afectando a 95 de las 159 alumnas del colegio. El tiempo que duraban estos ataques variaba entre unas cuantas horas y dieciséis días, estableciéndose una media de siete días

Hace ya tiempo les hablé a ustedes de la extraña epidemia de los danzantes que asoló la ciudad de Estrasburgo durante los meses de julio y agosto de 1518. Se trata de un tipo de brote histérico colectivo que impulsaba a los afectados a bailar hasta, literalmente, la muerte.

La coreomanía o baile de san Vito continúa siendo un misterio para la medicina. Se le han atribuido diferentes orígenes y motivos (epilepsia, envenenamiento por cornezuelo, etc.), pero continúa siendo un enigma de la historia. El brote de histeria en Estrasburgo desapareció tan misteriosamente como surgió.

Pues bien, no hace mucho, en 1962 (no pongan cara rara, ya que solo fue un año antes de que yo naciera), se produjo un extraño fenómeno de histeria colectiva asociado con ataques de risa incontrolados en Tanganica.

También fue muy extraño que poco tiempo después surgieran otros brotes histéricos en la zona (más al norte, en Uganda, pero en el mismo margen occidental del lago Victoria), aunque esta vez asociados con la manía de correr: los afectados, cientos de personas, empezaban a correr hasta el agotamiento o se internaban en la espesura de la selva para no volver a ser vistos.

El inicio de este extraño fenómeno se produjo el día 30 de enero de 1962 y tuvo lugar en un colegio de niñas de la población de Kashasha, en el distrito de Muleba de la entonces República de Tanganica. En esta población, situada en el margen occidental del lago Victoria, tres niñas empezaron a mostrar episodios de ataques histéricos de risa, intercalados con otros de llanto. También mostraron inquietud, tuvieron desmayos, dolor generalizado, sarpullidos y erupciones cutáneas.

Los tres casos iniciales acabarían afectando a 95 de las 159 alumnas del colegio. El tiempo que duraban estos ataques variaba entre unas cuantas horas y dieciséis días, estableciéndose una media de siete días. El resto de las niñas, tanto las que no habían sido afectadas como aquellas que ya habían superado el contagio, compartían una incapacidad de concentración, mostrando una cierta desorientación y dificultad para elegir las palabras. Todo esto durante el tiempo que duró la epidemia de risa histérica.

Ante la incapacidad de concentración de las alumnas y temiendo que tenerlas juntas fomentara los casos —la necesidad de aceptación dentro del grupo es algo muy característico de la adolescencia— por simpatía, se decidió cerrar la escuela. La medida se tomó el 18 de marzo.

Para entonces, la histeria se había extendido y solo en la aldea de Nshamba, próxima a Kashasha, se produjeron 217 casos entre los meses de abril y mayo. Todos los afectados fueron niños, de ambos sexos, y jóvenes adolescentes. En junio, la histeria había llegado a la villa de Bukoba (cerca de la frontera con Uganda y Ruanda), en el distrito de Kagera. Allí se produjeron 48 casos.

Las autoridades estaban completamente desconcertadas, al tiempo que la recién creada República de Tanganica centró la atención internacional por la peculiaridad de la epidemia y por la riada de psiquiatras que fueron a estudiar este extraño fenómeno que solo afectaba a niños y jóvenes en edad escolar.

La mayoría de los estudios realizados señalan al estrés —la tensión— como factor determinante. El salto de una infancia con libertad casi absoluta a un entorno opresivo y regulado como era el colegio, sumado a la incertidumbre inherente producida por la reciente independencia del país, se ha señalado como una de las causas principales, aunque no la única, del fenómeno de la histeria de la risa.

En la década de 1990 se descubrieron las llamadas «neuronas espejo». Este recién descubierto tipo de neuronas dispara un movimiento, anticipándose a uno igual de otro individuo o emulándolo. Estas neuronas explican por qué se «pega» un bostezo o el motivo de la «risa contagiosa», y se considera que su activación es un claro síntoma de estrés.

Tomando ahora un contexto en el que la incertidumbre de la nueva situación política, que afectaba a todos los habitantes de la nueva nación, no tenía nada de extraño que la tensión incidiera en mayor medida en un segmento que precisamente era el que tenía una menor capacidad de gestión de sus emociones.

Piensen que la independencia del país se había hecho efectiva en diciembre de 1961. De golpe, los niños sintieron sobre sí una atención jamás antes mostrada por sus mayores. Y, mucho peor todavía, pasaron a convertirse en el centro de unas expectativas sobre su futuro que desembocarían en reacciones histéricas como forma de liberar tensión.

Todo esto se conjugó con la mala fortuna de darse en pleno centro escolar, donde el apiñamiento de individuos jóvenes y en la misma situación provocó un efecto de contagio. En total se produjeron más de mil casos contabilizados, calculándose en el doble los que no se registraron.

Para junio de 1963 el fenómeno de los ataques de risa había desaparecido, pero continuó una circunstancia aún más extraña. Y es que casi inmediatamente después de la desaparición de un fenómeno de histeria surgió otro completamente diferente.

La histeria de la risa se había extendido a lo largo de la orilla occidental del lago Victoria. Los nuevos brotes histéricos se producirían más al norte, pero en la misma área. En concreto, se centraron en los distritos de Mbale y Kigazi, en Uganda.

A las víctimas de esta histeria les daba por correr como síntoma principal. En general mostraban una gran actividad y locuacidad; podían llegar a ser muy agresivos si se les trataba de impedir correr, sufrían anorexia por la falta de ingesta de alimentos sumada al alto gasto energético y tenían compulsión por fumar. Los fumadores se volvían fumadores compulsivos o en cadena.

Este cuadro correspondía a la sintomatología de una primera fase. La segunda fase era más tranquila, casi abúlica, pero con picos de una hiperactividad feroz. Esta fase duraba unas dos semanas. La tercera y última fase de esta epidemia histérica mostraba una mejora general del estado de ánimo; el individuo se mostraba locuaz, jovial y muy colaborador con los médicos y psiquiatras que le estaban tratando.

El coletazo —ya que se considera un efecto del brote histérico de la risa— de la manía de correr afectó a unas dos mil personas entre 1963 y principios de 1964. La cifra no puede precisarse, ya que el principal riesgo que sufrían los afectados era internarse en zonas de selva... y desaparecer.

La histeria de correr de Uganda, lo mismo que la histeria de la risa de Tanganica, desapareció tan misteriosamente como llegó, dejando más interrogantes que respuestas.

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