El Último Cantar. El Cid campeador con su fiel mesnada

El otro día fui a Puy du Fou y volví a comprobar que hay pocas maneras tan eficaces de acercarse a la Historia como verla cobrar vida delante de uno. Se puede ir por los caballos, las batallas, los decorados imposibles o por esa extraordinaria capacidad que tiene el parque de convertir varios siglos de nuestro pasado en espectáculo. Pero también se puede salir de allí con algo bastante más valioso: preguntas sobre el presente. A mí me ocurrió viendo El Último Cantar, dedicado a Rodrigo Díaz de Vivar.

Entre espadas, destierros, victorias y derrotas hay una palabra que sobrevuela toda la historia y que, escuchada desde 2026, parece casi una pieza arqueológica: el honor. Qué cosa tan antigua, ¿verdad?

Lo curioso es que cientos de personas nos sentamos fascinadas a contemplar la historia de un hombre dispuesto a luchar para recuperar algo que hoy apenas sabríamos definir. Porque el Cantar de mio Cid, una de las grandes obras de nuestra literatura medieval, es también, en buena medida, la historia de una honra perdida y recuperada.

El 'Cantar de Mío Cid', ubicado en la Biblioteca Nacional

Rodrigo parte al destierro desposeído de su posición y emprende un camino en el que sus victorias, su lealtad y sus actos van restituyendo aquello que había perdido. Más adelante llegará una segunda deshonra, mucho más dolorosa, con la afrenta de Corpes sufrida por sus hijas, y de nuevo será necesaria una reparación.

Naturalmente, el Rodrigo histórico y el Cid literario no son exactamente la misma persona. Tampoco importa demasiado para lo que aquí nos ocupa. Lo interesante es aquello que una sociedad decidió convertir en virtud cuando construyó a su héroe. Y una de esas virtudes era el honor. No consistía únicamente en batirse en duelo, defender el apellido o protagonizar escenas de capa y espada. Era también reputación, palabra, lealtad, deber y responsabilidad ante los propios actos. Y mientras veía el espectáculo pensé que quizá lo verdaderamente medieval de El Último Cantar no fueran las espadas; quizá fuera el honor.

No hace falta echar demasiado de menos la Edad Media para preguntarse si, entre tantas cosas que felizmente dejamos atrás, no se nos habrá perdido también alguna que merecía la pena conservar. Porque nosotros hemos mejorado muchísimo. Tenemos wifi, inteligencia artificial, coches que aparcan solos y teléfonos capaces de decirnos cuántos pasos hemos dado mientras permanecemos sentados en el sofá. Hemos multiplicado nuestros derechos, aumentado nuestra esperanza de vida y construido un Estado capaz de acompañarnos prácticamente desde la cuna hasta la tumba.

Grabado del 'Cantar de Mio Cid'Wikipedia

Solo parece habérsenos complicado una cosa, y no es otra que responder de nuestros propios actos. Y aquí es donde el asunto deja de ser medieval para ser totalmente contemporáneo. Porque una de las grandes conquistas de nuestra época consiste en haber confundido lo legal con lo honorable, y no son lo mismo.

Uno puede no haber cometido delito alguno y comportarse de una manera indigna. Puede mentir sin delinquir. Puede faltar a su palabra sin infringir el Código Penal. Puede exigir a otro aquello que jamás se exigiría a sí mismo. Puede prometer una cosa durante una campaña electoral y hacer exactamente la contraria cuando llega al Gobierno. Y puede incluso explicarnos después que las circunstancias han cambiado. Las circunstancias son una cosa maravillosa porque cambian muchísimo. Sobre todo después de unas elecciones.

Durante siglos existió algo anterior a los tribunales: la conciencia de que determinados comportamientos tenían un coste personal y social, aunque ningún código los castigara. Ahora la pregunta parece ser otra: «¿Pero es delito?». Y si no lo es, pelillos a la mar. Como si el Código Penal fuera también un manual de urbanidad, un tratado de ética y un prontuario de comportamiento político.

La política constituye probablemente el mejor escaparate de esta transformación. Quienes gobiernan administran algo que no les pertenece: el poder que temporalmente les entregamos los ciudadanos. Y precisamente por eso la responsabilidad política debería ser mucho más exigente que la responsabilidad penal. O eso creíamos.

Hubo un tiempo, tampoco hace falta remontarse al siglo XI, en el que un responsable público podía dimitir porque había mentido, porque había incumplido gravemente su palabra, porque había perdido la confianza política o porque consideraba que su permanencia perjudicaba a la institución que representaba. La dimisión no era una confesión de culpabilidad, sino asumir una responsabilidad. ¡Qué concepto tan extravagante!

Hoy hemos perfeccionado considerablemente el procedimiento. Primero se niega, después se minimiza, más tarde se explica que todo está sacado de contexto y, a continuación, se recuerda que los otros hicieron algo parecido para después denunciar una campaña política, mediática o judicial. Finalmente se espera porque todo pasa.

Y si uno aguanta lo suficiente, llegará otro escándalo, otra polémica, otro tuit, otra exclusiva, otra declaración y, con un poco de suerte, los ciudadanos ya estaremos discutiendo sobre otra cosa. A eso ahora lo llamamos resistencia, aunque antes quizá lo habríamos llamado de otra manera.

Pedro Sánchez convirtió precisamente «resistir» en una de las palabras asociadas a su trayectoria política. Y hay que reconocer que pocas veces un político ha encontrado un verbo que lo defina con tanta precisión. Ha resistido derrotas internas, crisis parlamentarias, escándalos, investigaciones que afectan a personas de su entorno político y familiar y contradicciones que habrían dejado exhausto a un trapecista.

Pero el problema no es Sánchez o, al menos, no solamente Sánchez. Porque sería demasiado infantil imaginar que los gobernantes han aterrizado en España procedentes de algún planeta moralmente inferior. Los políticos proceden de la misma sociedad que los vota y saben perfectamente qué estamos dispuestos a perdonarles.

Si mentir tiene premio, se miente. Si incumplir una promesa no tiene coste, se incumple. Si cambiar de criterio cada vez que lo exige la aritmética parlamentaria puede rebautizarse como pragmatismo, se cambia. Y si la única frontera que exigimos a nuestros representantes es que un juez no los condene, acabaremos teniendo políticos cuya máxima aspiración ética sea mantenerse un centímetro por encima del Código Penal. No parece un listón particularmente heroico.

En La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset describió al «señorito satisfecho», ese tipo humano nacido de una civilización extraordinariamente compleja que disfruta de cuanto esta le proporciona como si hubiera brotado espontáneamente de la naturaleza: derechos, comodidades, seguridad, servicios. Todo está ahí, me corresponde, me lo deben.

Pero pocas veces aparece la pregunta que distingue al adulto del niño: ¿Y yo de qué respondo? Hay algo inevitablemente infantil en una sociedad que reivindica permanentemente derechos mientras empieza a considerar las obligaciones una desagradable imposición exterior: quiero esto, merezco aquello, tengo derecho a lo otro, que alguien lo pague, que alguien lo arregle, que alguien se responsabilice y ese alguien siempre es otro.

El honor, despojado de armaduras, linajes y duelos al amanecer, tenía bastante que ver con exactamente lo contrario. Con responder, con saber que la palabra pronunciada obliga, con entender que nuestros actos tienen consecuencias y con aceptar que hay cosas que quizá podamos hacer sin acabar ante un tribunal y que, sin embargo, no deberíamos hacer. Por eso quizá el problema de nuestra sociedad no sea exactamente que hayamos perdido el honor. Las sociedades cambian y también lo hacen sus códigos morales; el problema podría ser bastante peor: que hayamos perdido la vergüenza de perderlo.

Y entonces uno comprende por qué merece tanto la pena visitar lugares como Puy du Fou.

No porque debamos regresar al pasado ni porque nuestros antepasados fueran necesariamente mejores que nosotros. No lo eran. La Historia está suficientemente llena de miserables, traidores, corruptos, cobardes y oportunistas como para curarnos de cualquier tentación de idealizarla. Merece la pena por lo contrario. Porque conocer el pasado nos proporciona un espejo en el que mirar el presente.

Esa es probablemente una de las grandes virtudes de Puy du Fou. Uno puede entrar pensando que va a ver caballos, espadas, reyes, soldados y grandes decorados y descubrir unas horas después que la Historia sirve para algo bastante más interesante que recordar fechas. Sirve para comparar, relativizar y, de vez en cuando, sirve también para hacernos pensar.

En El Último Cantar contemplamos a un hombre medieval obsesionado con recuperar su honra. Podemos discutir cuánto pertenece al Rodrigo histórico y cuánto al personaje literario construido por el Cantar de mio Cid. Pero la pregunta que deja flotando pertenece enteramente a nuestro tiempo.

¿Qué tendría que ocurrir hoy para que un gobernante considerase que ha perdido su honor?

¿Mentir? ¿Incumplir su palabra? ¿Hacer exactamente aquello que prometió que nunca haría? ¿Aplicar a sus adversarios una vara de medir y a los suyos otra? ¿O hemos llegado a un punto en el que la única respuesta posible es otra pregunta: «¿Pero es delito?»?

Quizá ahí esté una de las grandes utilidades de conocer la Historia. No en añorarla, sino en descubrir que hubo palabras que durante siglos significaron algo y preguntarnos por qué dejaron de significarlo. Uno entra en Puy du Fou para viajar al pasado y lo verdaderamente interesante es regresar de allí pensando en el presente.

Y después de ver a un hombre del siglo XI luchar durante toda una vida por recuperar su honra, uno sale con una sospecha bastante curiosa: quizá nosotros seamos muchísimo más modernos que el Cid, pero no estoy del todo segura de que en esto seamos mejores.