El Camino español por Augusto Ferrer-Dalmau

El «pan de munición», el alimento casi tan decisivo como la pólvora para los Tercios españoles

«La hegemonía española en Europa» que lograron los Tercios españoles «no se sostenía solo sobre arcabuces y picas, sino sobre algo mucho más humilde: un trozo de pan oscuro, duro y, según algunos cronistas, 'negro como el corazón de un hereje'»

La alimentación de la soldadesca siempre fue un tema trascendental. Según aseguró el endocrinólogo Joaquín Puerma en una entrevista con el medio La Vanguardia, «la hegemonía española en Europa» que lograron los Tercios españoles «no se sostenía solo sobre arcabuces y picas, sino sobre algo mucho más humilde: un trozo de pan oscuro, duro y, según algunos cronistas, 'negro como el corazón de un hereje'».

Este era el llamado «pan de munición», uno de los alimentos básicos de los soldados de los Tercios, elaborado a base de trigo y centeno, tal y como recoge el Círculo para la Difusión de la Historia y Cultura Militar.

Según explica el hispanista Geoffrey Parker, cada uno de los hombres que pertenecía a los Tercios recibía una ración de alrededor de una libra y media de este pan en una jornada. Así, «se solía entregar una hogaza de tres libras cada dos días».

A pesar de no ser una exquisitez gastronómica, este pan aportaba una parte importante de la energía necesaria para unos hombres que dominaron los campos de batalla europeos durante más de un siglo.

Por ello, según el especialista en nutrición, esta hogaza de pan «oscuro y áspero» pudo ser tan «decisiva como la pólvora». Puerma comenta que «la ración oficial rondaba los setecientos gramos diarios por soldado», pero apunta que, sobre el papel, era «una cantidad considerable»; sin embargo, en la práctica «no siempre estaba garantizada».

La logística de alimentar a los Tercios

Su alimentación también estaba marcada por el espacio y la situación en los que se encontraban. El historiador y presidente y fundador de la Asociación 31 Enero Tercios, Juan Víctor Carboneras, explica que, si los hombres se distribuían por las casas de los civiles, entonces podían participar de «la gastronomía propia del Siglo de Oro», mientras que, si se encontraban en campaña, en una guarnición o en galeras, la comida estaba más condicionada por «los medios de que disponía la Monarquía y la capacidad de entregar los bienes a la soldadesca».

Y detalla que no solo recibían este pan de munición, sino que a cada soldado se le podía entregar «una serie de víveres mínimos como bizcocho o agua, especialmente en el norte de África, vino o, en ocasiones, también carne fresca», cuyo coste se descontaba de la paga del soldado.

Por otro lado, en determinadas campañas terrestres el suministro oficial podía reducirse fundamentalmente al pan y, si sobraba, este podía transformarse en bizcocho mediante una segunda cocción para mejorar su conservación y evitar una escasez posterior.

Carboneras recuerda también que estos soldados iban acompañados de vivanderos durante la campaña, que les proporcionaban carne fresca o en salazón, pescado, verduras, vino o legumbres. Incluso podían comprar «con sus propios medios en las tiendas locales».

Si los soldados embarcaban, «al no contar con el sistema de vivanderos, la Corona tenía la obligación de aprovisionar las embarcaciones con las vituallas suficientes», escribe el fundador de la asociación dedicada a la divulgación de la historia de esta temible infantería.

De esta manera, en determinados contextos marítimos, la dieta de los soldados podía incluir carne en salazón dos veces a la semana, alternada con pescado, legumbres o arroz. «Además, un producto muy importante era el queso, que tenía la gran ventaja de que no se necesitaba cocinar, por lo que era muy cómodo, sobre todo en momentos delicados», comenta Carboneras.

Las carencias de una dieta de campaña

No obstante, «desde una perspectiva nutricional moderna, aquella dieta presentaba fallos y carencias claras: exceso de sal –carnes en salazón, pescado seco–, escasez de fruta y verdura fresca y un déficit potencial de vitamina C que incluso podría causar escorbuto», asegura el doctor Puerma.

A este respecto, el hispanista británico señala que en muchas ocasiones «los panes [de munición] que se entregaban producían enfermedades y hasta epidemias». Esto podía suceder por la mala calidad o conservación de algunos lotes y, según las fuentes citadas, en ciertos casos también por la incorporación de materiales impropios o harinas de peor calidad.

Así, detrás de las grandes victorias de los Tercios no solo estaban las picas, los arcabuces o la disciplina de sus soldados. También había una compleja maquinaria destinada a garantizar algo mucho más elemental: que aquellos hombres tuvieran qué comer. Y en una época en la que mantener abastecido a un ejército podía decidir el resultado de una campaña, una simple hogaza de pan podía convertirse también en un arma de guerra.