Las dos María Cristinas que tomaron las riendas de la Corona en la España del siglo XIX
Dinastías y poder
Las dos María Cristinas que tomaron las riendas de la Corona en la España del siglo XIX
María Cristina de Borbón y María Cristina de Habsburgo ejercieron la regencia en la España del siglo XIX, pero afrontaron contextos muy distintos y dejaron un legado político desigual
Ambas ejercieron la regencia en el siglo XIX. Lo hicieron en nombre de sus hijos, Isabel II y Alfonso XIII. Pero el balance que una y otra han dejado en la historia resulta desigual. Mientras que la primera tuvo que enfrentarse a una guerra civil y a las divisiones entre moderados y progresistas, que minaron su autoridad con mal resultado, la segunda fue capaz de pivotar el modelo político de la Restauración y convertirse en una magnífica mujer de Estado.
El origen de María Cristina de Nápoles y de María Cristina de Habsburgo era diferente. Aunque ambas pertenecían a casas reales en ejercicio, mantuvieron una personalidad dispar. La corte napolitana, la de Palermo, se asociaba a una gobernanza acorde con ciertas ligerezas y un estilo desenfadado en las costumbres.
Por el contrario, el Imperio austrohúngaro en el que se había criado la archiduquesa se erigía como un referente en sentido político y rigidez de formas. La primera llegó a una España que, en cierto modo, le resultaba más próxima: además del origen compartido de su dinastía, tenía, en el momento de su boda con Fernando VII –sería su cuarta esposa–, una hermana en Madrid, la Infanta Luisa Carlota, esposa de Francisco de Paula.
María Cristina de Borbón-Dos Sicilias por Franz Xaver Winterhalter realizado en París en 1841
Por su parte, María Cristina de Habsburgo llegó a España con escasos nexos familiares y, sobre todo, con una distancia abismal en el sentido de entender la cosa pública. Es cierto que una y otra sabían que contraerían matrimonio con esposos ya viudos, con los que difícilmente sus lazos afectivos iban a estrecharse.
María Cristina de Nápoles alumbró dos hijas, lo cual avivó las tensiones en torno a la vigencia o no de la Ley Sálica justo en un momento en el que absolutismo/liberalismo litigaban por el protagonismo de la Corona. Y no llegó a concebir un varón.
María Cristina de Habsburgo también tuvo dos hijas, las infantas Mercedes y María Teresa, aunque sí pudo llegar a convertirse en madre de un hijo varón, aunque fuese póstumo. En mayo de 1886 nacía Alfonso XIII, justo cinco meses después de la muerte de su padre, Alfonso XII. Como parece que dijo Sagasta, «¡Tenemos la menor cantidad posible de Rey, pero tenemos Rey!».
Desde ese momento, la archiduquesa austriaca, en quien pocos españoles habían confiado inicialmente, supo tomar las riendas de la Familia Real y de la vida política. Por las mañanas despacha con su gobierno, preferentemente liberal y de Sagasta, atendiendo los asuntos de Estado, mientras que dedica las tardes a sus hijos, con especial atención al joven Rey.
Alfonso XII y María Cristina
Ahí puede que empezase parte del error, pues se malcrió a un niño-Rey consentido y rodeado de una corte femenina, integrada por su madre, hermanas y tías, que sabiamente definió Emilia Pardo Bazán como «gineceo». Pero las atenciones de la Reina regente hacia sus hijos fueron constantes. Como lo fue su comportamiento personal y sus relaciones con su círculo más próximo. Solo despreció a Pepe Alcañices, el duque de Sesto, quien tanto había interferido en su matrimonio.
La posición de la regente napolitana fue diferente. Al poco de quedarse viuda, entró en relaciones con un «guardia de corps», Fernando Muñoz, con el que rápidamente tuvo descendencia. Hasta se popularizó el refrán: «Decían los liberales que la reina no paría y ha parido más muñoces que liberales había».
No parecía de recibo presidir Cortes embarazada cuando poco se sabía a ciencia cierta de la vigencia formal de un matrimonio que hacía correr ríos de tinta en plena guerra carlista, amén de ser utilizado por los progresistas para forzar una desamortización eclesiástica que violentaba directamente los intereses del clero.
Tampoco parece que velase especialmente por la educación de sus hijas, Isabel y Luisa Fernanda, si nos atenemos al recuerdo de las memorias de la condesa de Espoz y Mina, que llegó a la Corte como ama de la Reina en los días en los que Espartero había conseguido despojarla de la regencia.
María Cristina, en 1840, al poco de ganar la guerra, tuvo que expatriarse mientras que sus hijas debían quedarse en España. Las niñas tenían nueve y siete años cuando su madre se fue.
La posición de María Cristina de Nápoles y del duque de Riansares no resultó baladí durante el exilio. Tampoco cuando ya pudieron regresar a España, durante el reinado en mayoría de edad de Isabel II y desde su palacio de las Rejas, en pleno paseo del Prado, se injerían en la política sin dejar de beneficiarse de las inversiones que, de la mano del ferrocarril, enriquecían a parte de la nueva sociedad.
Quema del palacio de Las Rejas en la Vicalvarada de 1854
Tuvieron que volver a marcharse y a hacerlo, de nuevo, cuando en 1868 una revolución, bajo el grito de «abajo los Borbones», los mandó a todos fuera de España. Después vivió en el norte de Francia, en Normandía, se quedó de nuevo viuda y falleció en 1878, cuando su hija todavía permanecía en el exilio.
Su herencia tuvo que repartirse entre todos sus hijos, incluidas unas fincas en Cuenca, que terminarían en manos de las infantas Eulalia y Paz.
Una y otra ejercieron las regencias en nombre de sus hijos. Fueron las dos regentes mujeres de la España del siglo XIX. Un siglo de vaivenes y cambios, de consolidación del liberalismo y también de guerras. La primera coincidió con una guerra carlista; la segunda tuvo que hacer frente a la guerra de 1895 que terminaría con la derrota que dejaba a España sin los últimos territorios de ultramar.