Caricatura inglesa que muestra a la camarilla de José Bonaparte saqueando los objetos de valor antes de abandonar Madrid en 1808
Picotazos de historia
El general español que entró con soldados en el Louvre para recuperar el arte saqueado por Napoleón
Ejerciendo sus funciones de embajador, oficialmente solicitó la restitución de las obras de arte que se exhibían en las salas del Louvre –entonces llamado Museo Napoleón– y que eran producto del saqueo de España por parte de las tropas francesas. La reclamación se presentó oficialmente por escrito y de palabra ante el propio rey Luis XVIII
En un artículo anterior les hablé a ustedes del general Álava. Este oficial español fue el único caso de un militar que participase en las batallas de Trafalgar y Waterloo, y luego muchas más entre las dos.
Álava fue íntimo y sincero amigo del frío y distante Arthur Wellesley, duque de Wellington. El Gobierno español aprovechó esta cercanía para nombrar a Álava embajador de España en París, asegurándose la cercanía con el inmensamente influyente vencedor de la campaña de España.
Con el regreso de Napoleón se inició el llamado periodo de los Cien Días. Napoleón abandonó la isla de Elba, desembarcó en Francia al frente de un puñado de fieles y marchó en dirección a París. La marcha fue gloriosa y Le Moniteur –el equivalente francés de entonces a nuestro BOE– dio una lección magistral de adaptabilidad política al pasar del titular El monstruo ha escapado de Elba al Hoy Su Majestad Imperial ha entrado felizmente en París en una matizada progresión absolutamente deliciosa.
Álava abandonó París para reunirse con el ejército inglés, asignado al estado mayor del duque de Wellington. Fue uno de los pocos miembros de su estado mayor que salieron ilesos de la gran batalla del 18 de junio de 1815, cerca de la población de Waterloo.
De vuelta en París ejerciendo sus funciones de embajador, oficialmente solicitó la restitución de las obras de arte que se exhibían en las salas del Louvre –entonces llamado Museo Napoleón– y que eran producto del saqueo de España por parte de las tropas francesas. La reclamación se presentó oficialmente por escrito y de palabra ante el propio rey Luis XVIII.
El rey francés, recién restituido al trono, todavía no se había repuesto de la facilidad con la que Napoleón se había apropiado de Francia. La conciencia de la debilidad de su posición y del error que suponía ofender o enemistarse con sectores de la sociedad francesa le hicieron dar una respuesta ambigua a la exigencia planteada: «Ni doy ni me opongo».
Pues bien, Álava tomó esta respuesta como una autorización y obró en la literalidad de lo dicho.
Lo primero que hizo fue reunirse con Wellington, quien estaba al mando de todas las tropas de ocupación en Francia. En París las tropas de ocupación eran principalmente británicas y prusianas.
Wellington le autorizó a intervenir en el Museo del Louvre y le asignó tropas que se distribuyeron en dos grupos: uno, formado por unos doscientos soldados británicos bajo el mando del capitán Nicolás Miniussir (ayudante y oficial de órdenes de Álava). A este lo acompañaría el pintor Francisco Lacoma y Fontanet, quien conocía la localización de las obras de arte que buscaban.
El otro grupo de soldados, mayoritariamente prusianos, se distribuiría alrededor de un perímetro del Louvre con órdenes de abortar cualquier iniciativa orientada a impedir el traslado de las obras de arte.
El 23 de septiembre de ese año de 1815, el director del Museo Napoleón en el Louvre se encontró con el oficial español, al mando de una tropa inglesa, que le exigía la entrega de las obras de arte arrebatadas durante la guerra.
Dominique Vivant Denon se llamaba el director. Estaba al tanto de esta exigencia y no le venía de nuevas, ya que llevaba meses dando largas y empantanando el asunto dentro de la burocracia francesa con la esperanza de no tener que entregarlas. Ante las tropas enviadas, empezó a vociferar protestando por lo que consideraba un atentado y expolio del patrimonio francés. ¡Manda narices!
Ahora se enfrentaba con su peor pesadilla.
Vivant animó a los funcionarios y curiosos a enfrentarse a los intrusos y a ocultar las obras de arte para que no pudieran encontrarlas.
El amago de pugna rápidamente se evaporó ante el brillo de las bayonetas. El listado de piezas que se sacó del museo ese día se encuentra en el archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Huida del rey José Bonaparte de Vitoria
En el listado se mencionan 284 pinturas de maestros españoles y extranjeros (flamencos, italianos, etc.) junto con 108 piezas variadas (manuscritos, tapices, esculturas, orfebrería religiosa, etc.) robadas de las colecciones reales, de los templos y conventos y de los palacios de España.
Sabedor Álava de que los franceses se consideraban profundamente indignados por lo que consideraban un saqueo del patrimonio de su nación –repito, ¡manda narices!–, organizó el envío de vuelta a España de forma que evitara cualquier intento de robo o de sabotaje. Fuertemente escoltado, el cargamento se trasladó al puerto flamenco de Amberes. En este famoso puerto todo ese arte y las preciosidades rescatadas embarcaron con destino a España.
Los funcionarios del Louvre ocultaron piezas como El nacimiento de la Virgen, de Murillo; El sueño del patricio y El patricio revela su sueño al Papa, también de Murillo; San Buenaventura con santo Tomás de Aquino, de Zurbarán; El triunfo de la Iglesia, de Claudio Coello; San Jerónimo penitente, de Alonso Cano; Retrato de Mariana de Austria, de Velázquez, etc.
'El nacimiento de la Virgen', obra de Murillo
Los generales del ejército francés fueron notoriamente rapaces en el saqueo durante el tiempo que estuvieron en la península. Algunas colecciones, como la del mariscal Soult, fueron muy famosas y legitimaron la propiedad al vender las piezas en subastas. Los nuevos compradores las adquirían de buena fe, complicando la situación legal. En total se calcula en poco más de un diez por ciento lo recuperado.
Durante la guerra de España hubo un dicho entre los soldados franceses que describía muy bien la situación de los miembros de la Grande Armée en aquella guerra sin cuartel, a cuchillo: «La guerra de España es la muerte del soldado, la ruina del oficial y la fortuna del general».