Batalla de Munda
Picotazos de historia
Por qué los soldados romanos temían ser enviados a Hispania hasta el punto de mutilarse para evitarlo
La guerra en Hispania era un asunto sucio, peligroso y poco rentable para el soldado y el oficial. A este respecto tenemos abundancia de testimonios
Séneca recoge en De beneficiis una escena protagonizada por Julio César y un veterano de sus campañas en Hispania. No se trata de una transcripción literal, sino de una recreación literaria que sirve al filósofo para ilustrar el valor de la memoria y la gratitud. El episodio, además, permite asomarse a la dureza de la guerra en Hispania y al recuerdo que dejó entre quienes la combatieron:
Como César dijera que sí se acordaba, continuó el veterano:
–¿Te acuerdas también de que, al querer descansar bajo un árbol que daba una sombra fidelísima, en un lugar áspero en el que no había más que un árbol que sobresaliera, uno de tus soldados te extendió su capa?
–Cómo no me iba a acordar –contestó César–. Estando muerto de sed y, por la naturaleza del terreno, no podía arrastrar mi pie cojo, aquel hombre valiente me trajo agua en su casco.
–¿Podrías, general, reconocer a ese hombre o a su casco? –preguntó el veterano.
–El casco no lo sé; al hombre, ciertamente, sí lo reconoceré... Tú, ciertamente, no eres él.
–Con razón –dijo el viejo soldado–, César, no me reconoces; pues, cuando esto ocurrió, yo estaba entero. Después, en la batalla de Munda, me saltaron un ojo y me machacaron los huesos del cráneo. Tampoco reconocerías aquel casco si lo vieras, pues fue partido por una falcata hispana.
Este fragmento sacado de la obra De beneficiis (libro V, párrafo 24) nos muestra un hecho bien conocido por los romanos a lo largo de varias generaciones: la guerra en Hispania era un asunto sucio, peligroso y poco rentable para el soldado y el oficial. A este respecto tenemos abundancia de testimonios.
«Hispania fue la primera provincia en la que entraron los romanos y la última en ser totalmente dominada» (Tito Livio). Estrabón, a quien debemos la comparación de la Península con una piel de toro extendida, dio testimonio del ánimo guerrero de sus gentes y de que los cántabros –¡los muy cochinos!– se lavaban los dientes con orines rancios de caballos.
Marco Porcio Catón el Viejo nos dejó una espeluznante correspondencia e informes de su servicio como procónsul en Hispania. De estos destaco dos cosas: la constante exigencia de que se entregaran a sus tropas los mantos de lana gruesa e impermeabilizada que usaban los nativos y que llamaban sagum. Estas prendas se entregaban por miles por parte de las poblaciones vencidas. Para los legionarios romanos eran más valiosas que el botín, y tanto las apreciaban que pasaron a formar parte del equipo militar que se entregaba a los legionarios.
El otro punto de la correspondencia de Catón es el de la contabilidad –fría y desapasionada– de las amputaciones de ambas manos a los habitantes de poblaciones enteras, vencidas y sometidas por sus tropas. Dejó zonas enteras llenas de mutilados que no podían valerse por sí mismos. Pax Romana.
Esta crueldad –y convénzanse, Roma jamás actuó de otra manera– también era consecuencia de una larga y sangrienta lucha que se cobró la vida de dos cónsules (Publio y Cneo Cornelio Escipión), una docena de pretores (Gayo Atino, Lucio Postumio Albino, Lucio Terencio Istra, Lucio Bebio Dives, etc.) y cientos de tribunos militares.
La alta mortandad era consecuencia de que el hispano –Tito Livio así lo describe– porfiaba en la lucha hasta que, al caer la noche, la falta de luz impedía combatir; entonces se retiraba para continuar la lucha con el amanecer.
Este tipo de guerra –áspera, interminable, caracterizada por constantes y rápidos asaltos que desaparecen cuando los desconcertados legionarios han conseguido rehacerse y formar– es impopular.
Pronto, entre los romanos, empezará a generarse un sentimiento de temor a ser destinado a servir en esa tierra que combina las vegas más feraces con los páramos y llanuras más desolados (había un poeta francés del siglo XIX que decía que todo en Castilla es ingrato menos su cielo). Este temor fue aumentando hasta pasar a ser un fenómeno psicológico que los propios romanos llamaron terror romanorum.
No me refiero a que, en un momento dado, al caudillo lusitano Viriato lo calificaran como tal. Me refiero a un sentimiento mucho más profundo, más generalizado e indefinido que el temor a un enemigo.
Numancia de Alejo Vera y Estaca (1881)
El temor de ser enviado a Hispania llevó a que se produjeran casos de automutilación: se cortaban el pulgar derecho; en siglos posteriores esta práctica sería llamada murcus. Lo curioso de esta práctica de cortarse un dedo para incapacitarse para el uso y manejo de un arma es que se repetirá siglos después. De esta manera, nos encontramos con que durante los años de la guerra de la Independencia (1808-1813) los mozos llamados a quintas en Francia, ante el temor de ser enviados a combatir a España, se cortaban el dedo índice de la mano derecha para no poder disparar el fusil. A veces, por consejo de sus desesperados padres.
Roma tuvo que desarrollar una familia ultraespecializada en combatir en Hispania, hecha a las gentes, la cultura y el terreno para así poder prevalecer: los Escipiones.
Estos hispanos fueron las gentes que nos precedieron. Se puede decir que somos porque ellos fueron. Recuerdo que, hace muchos años, estando en la playa de Ondarreta, en San Sebastián, estaba con mis padres y una vieja amiga suya a quien mis hermanos y yo dábamos el honorífico tratamiento de «tía». Esta señora –vamos a llamarla tía Pili– era dura y tierna como esas tierras y el exponente de una vieja raza de parientes mayores de Guipúzcoa.
Pues bien, la recuerdo mirando a cierta familia –gente conocida, que dirían– próxima a nuestra carpa. Era gente chirriante, vocinglera y algo ordinaria. Tía Pili los miraba con una mezcla de lástima y desprecio y, en voz baja —era sorda, así que lo oyó toda la playa—, soltó:
–¡Ai ama! Han olvidado quiénes son y han perdido la raza.
Quiera Dios que no sea ese el juicio que la Historia haga de nosotros.