Aznar en 1996: la fotografía de un político que acababa de ganar unas elecciones
La diferencia entre 1996 y 2026 es que entonces todavía resultaba posible sentar a alguien delante de un objetivo y confiar durante unos minutos en que olvidara el personaje que había construido para los demás
Aznar en 1996: la fotografía de un político que acababa de ganar unas elecciones
José María Aznar había ganado las elecciones generales de 1996. El Partido Popular obtuvo 156 escaños frente a los 141 del PSOE y puso fin a casi catorce años de gobierno socialista. La campaña había utilizado el lema «Con la nueva mayoría» y, aunque la mayoría absoluta no llegó, la victoria abrió una nueva etapa política. Todo eso está fuera de la fotografía, porque dentro solo hay un hombre que acaba de ganar.
El retrato pertenece a una concepción de la fotografía que siempre me ha gustado practicar: quitar elementos hasta que al personaje no le quede dónde esconderse. Richard Avedon convirtió esa reducción en una de sus señas de identidad: fondo neutro (en su caso, frecuentemente blanco), cámara frontal y una atención casi despiadada al rostro y al cuerpo. En sus grandes series de retratos, el decorado desaparecía porque podía proporcionar al fotografiado una coartada. Sin despacho, bandera, biblioteca o paisaje, solo quedaba la persona.
Aquí sucede algo parecido. El fondo oscuro apenas existe. La chaqueta se funde con él y hace emerger tres elementos: la cara, la camisa y, sobre todo, esa mano que sostiene la mandíbula. La fotografía está hecha con formato medio en negativo de blanco y negro y un objetivo de 50 mm, suficientemente cerca como para que la cámara se convierta en una presencia física que muchas veces resulta agresiva para el modelo. La iluminación cruzada de flash dibuja el volumen del rostro y endurece las texturas: arrugas alrededor de los ojos, piel, bigote, pelo, nudillos. El blanco y negro elimina cualquier información innecesaria. No hay Moncloa, Génova ni mitin. Hay un hombre y hay una sonrisa.
Podemos describirla como abierta, directa, incluso exultante. La mirada mantiene brillo y contacto con la cámara; el gesto corporal parece relajado y la mano apoyada bajo el mentón no funciona como barrera, sino como apoyo. Otra cosa sería pretender deducir de ahí la conciencia de Aznar. La fotografía puede sugerir seguridad, satisfacción o confianza, pero no es una máquina de leer pensamientos. Avedon lo sabía perfectamente: el retrato no descubre necesariamente quién es alguien; registra lo que sucede entre fotógrafo, fotografiado y cámara durante una fracción de segundo.
Yousuf Karsh buscaba ese momento de otra manera. Su célebre Churchill de 1941 nació después de que retirara inesperadamente el puro de la boca del primer ministro británico. Churchill respondió con una mirada feroz y Karsh disparó. Aquella expresión terminó representando para millones de personas la determinación británica durante la guerra. Karsh trabajaba, además, de manera obsesiva con la iluminación y concedía especial importancia a los ojos y las manos. Irving Penn hizo algo parecido desde la austeridad: creó espacios neutros donde una postura o una mirada podían decir más que cualquier escenario.
Por eso dudo. No creo que hoy pudiese repetir esta fotografía con un político y obtener el mismo resultado, y no me refiero a la técnica, porque ahora sería infinitamente más fácil. Hablo de conseguir esa aparente ausencia de defensa.
La política contemporánea ha aprendido demasiado sobre la imagen. Hay asesores, argumentarios, vídeos verticales, redes sociales, maquillaje, gestos ensayados y fotografías distribuidas por los propios gabinetes. El político sabe que está siendo observado siempre y, en consecuencia, su imagen representa unas ideas.
Pedro Sánchez ofrece hoy un contraste visual evidente con este Aznar de 1996: en muchas de sus apariciones recientes muestra un gesto más grave y contenido. Su rostro está demacrado y las presiones sobre su Gobierno, con tantos casos de corrupción cercanos, le han dado una mirada que podríamos clasificar casi como la conocida «mirada de las mil yardas», esa mirada a ninguna parte, de ojos muy abiertos y con expresión de terror, que tienen muchas personas que son testigos directos de guerras, asesinatos, miedos inconcebibles, situaciones traumáticas…, pero esa clasificación clínica correspondería a un psiquiatra. Una fotografía permite hablar de apariencia, cansancio visible o tensión gestual; no demuestra qué sucede dentro de una persona. Lo demás son interpretaciones.
Quizá Gabriel Rufián podría ser retratado de esta manera y obtener un resultado natural. Su personalidad, forjada por su vida y la fuerza de la calle, le ha dado herramientas para que su comunicación pública pueda ser directa, gestual y desafiante, sin ausencia de miedo. Lo interesante es que algunos políticos parecen haber convertido esa espontaneidad aparente en parte de su identidad pública.
Esta es la diferencia entre 1996 y 2026. No que los políticos de entonces fueran mejores, más sinceros o tuvieran la conciencia más tranquila. Eso la cámara no puede saberlo. Es que entonces todavía resultaba posible sentar a alguien delante de un objetivo y confiar durante unos minutos en que olvidara el personaje que había construido para los demás.
Avedon decía que sus fotografías no iban más allá de la superficie. La paradoja es que dedicó toda una vida a demostrar cuánto puede contener una superficie.
En este retrato tampoco sabemos qué pensaba Aznar; sabemos algo más simplón: acababa de ganar unas elecciones, se sentó delante de mi cámara y sonrió.
Y durante ese instante no necesitó nada detrás de él para explicar quién era.