Antonio Pérez Henares
Antonio Pérez Henares: «La batalla contra la leyenda negra se está ganando»
«Se está intentando cancelar en buena medida la historia de España», indica el periodista y escritor; sin embargo, «la gente tiene cada vez más ansia de leer historia porque quiere saber de sus raíces», comenta esperanzado
«Tenemos una asignatura que aprobar de una maldita vez: aprender a querer nuestra propia historia», advierte alto y claro Antonio Pérez Henares (Chani) en entrevista con El Debate. Y es que la historia de España está repleta de nombres propios que ayudaron construirla, engrandecerla y dejar una huella que todavía perdura, aunque muchos de ellos hayan quedado relegados al olvido o sean hoy juzgados con los criterios del presente.
Precisamente a rescatar a algunos de esos personajes dedica Pérez Henares su nuevo libro, Hijos de España, un recorrido por 58 figuras de distintas épocas unidas por su trascendencia y por su aportación a la historia común: «En ellos late nuestra historia: la epopeya humana que pone nombre a quienes construyeron España».
–¿Cómo surgió Hijos de España?
–Es un libro que he estado escribiendo a lo mejor diez años. En realidad, iba haciendo personajes que me atraían, sobre los que me documentaba. He llegado a ir a sitios por tener ese encuentro con ellos y los he ido publicando, entre otros sitios y en los últimos tiempos, en El Debate. Muchos de los lectores de esta cabecera dirán: «Anda, a este lo conozco».
Se encontrarán con viejos conocidos, con algunos que no conocían, pero de pronto dije: «Aquí hay un libro, quiero vestirlo de libro», y para eso salió Hijos de España. Y ya adelanto una noticia: no se quedará solo, porque incluso los lectores de El Debate verán que faltan personajes que ellos conocen y que tienen una característica muy particular para que se pueda armar con ellos un libro. Fue algo que dijo un día Garcilaso: «Tomando ora la espada, ora la pluma». No diré más al respecto. Hasta ahí puedo leer.
Portada del libro 'Hijos de España'
–¿Cuál es esa asignatura pendiente que tenemos con la historia de España?
–Todo esto que he estado haciendo, y de hecho llevo años en esa labor –con toda la humildad, fundé Escritores con la Historia precisamente por esto mismo–, y todo esto que desarrollaba en los medios de prensa y ahora también en la literatura, parte para mí de una asignatura que tenemos que aprobar de una maldita vez: aprender a querer nuestra propia historia. Porque esta estupidez de denostarla, de ignorarla y, desde esa ignorancia, despreciarla, envilecerla y pisotearla creo que es algo dañino para todos, para nosotros como pueblo, para nuestra nación y, sobre todo, porque es un insulto continuo a nuestros propios abuelos.
Hemos de querer la historia porque es nuestra historia. A mí no me gustan las palabras «orgullo», etcétera, ni leyendas rosas, ni leyendas negras, ni cancelaciones. Yo diría que debemos acercarnos a ella con toda la honradez, la sinceridad y el cariño de sus hijos. En esa historia, ¿y en cuál no, siendo humanos como somos?, hay elementos oscuros, desgracias. Claro, pero lo esencial es quererla. Y si no aprendemos de una maldita vez a querer nuestra historia, no nos querremos a nosotros mismos, porque somos sus hijos. Y ya está bien de insultar a los abuelos.
Yo soy un chico de pueblo y, desde luego, me enfadaría muchísimo, y me enfado mucho, si a alguien se le ocurre insultar a mi abuelo Valentín, que es el que me enseñaba romances viejos.
–¿Qué tienen en común los 58 personajes del libro?
–Yo creo que han tenido trascendencia. Y una cosa, lógicamente, personal: que a mí me han llamado, que a mí me han emocionado de alguna manera. Aunque algunos estén demasiado en el olvido, todos ellos han dejado una huella, de una manera o de otra, en España. Y en nuestro subconsciente colectivo también.
Te pongo un ejemplo: Blas de Lezo es uno de esos personajes que hemos recuperado en los últimos años, menos mal. En el momento en que se le ha desempolvado, se ha convertido en un personaje de la dimensión que tuvo en su tiempo.
–¿Hasta qué punto estamos cayendo en el presentismo al juzgar nuestra historia?
Mi manera de acercarme a ellos es que he intentado no caer en el pecado mayor que se está cometiendo ahora: el presentismo. El presentismo demuestra la estupidez absoluta y la ignorancia de quien lo ejerce.
¿Cómo demonios te puedes poner a juzgar, no digo ya a Miguelón, sino a cualquier personaje, desde los íberos hasta el siglo XX, con los criterios de hoy en día? En este propio siglo, que todavía está en su primera parte, no puedes juzgar así a las generaciones anteriores. Pues las juzgan. Y a veces se llevarían sorpresas, porque tienen una visión tan absolutamente soberbia sobre esas generaciones, sobre aquellos tiempos, que a veces lo que les mueve son sus propios prejuicios actuales.
Intentar juzgar a alguien con el esquema de valores, con los postulados, con las formas y costumbres de este siglo, y encima trufados, pues lo único que haces es el ridículo. Creen que no hacen el ridículo y, encima, eso, juzgado con esos prejuicios, tergiversado y manipulado, nos lo pretenden poner hasta en las universidades, empezando ya por primaria.
Eso es un daño verdaderamente terrible. ¿Por qué? Porque tú no puedes juzgarte ni a ti mismo. Si no nos podemos juzgar a nosotros mismos con los criterios de ahora por lo que hicimos cuando a lo mejor teníamos veinte años, ¿a qué estamos jugando? ¿A que de pronto solo estos maravillosos entes son algo redentor del mundo, angelical y maravilloso? Y una leche, así de sencillo. No puedo aguantar esta sandez continua que se intenta convertir en dogma de fe.
Antonio Pérez Henares durante su visita a la redacción de El Debate
–¿A qué personajes crees que la historia ha tratado injustamente y cómo valoras el ataque actual a los descubridores españoles?
–A muchos. Sobre todo, en España hemos sido muy injustos continuamente. Los juzgamos, los enaltecemos en ocasiones de una manera tremenda y luego los pisoteamos. Hay personajes que tuvieron un fin trágico. La historia sí les ha hecho justicia, por fortuna; lo que no hicieron fue hacérsela en su tiempo. Me refiero, por ejemplo, a Juan Martín Díez, el Empecinado, que, después de lograr que ese rey felón recuperara la corona tras habernos traicionado contra Napoleón, acabó siendo mandado ahorcar por él. Sin embargo, al Empecinado la historia lo ha tratado mejor. Hay otros a los que no. Estamos continuamente intentando buscar tachas.
Pero la clave de todo, sobre todo, es lo que estamos haciendo ahora. El ataque a todos los descubridores españoles es verdaderamente atroz. El ataque a todos los héroes de la Reconquista, empezando por Pelayo y siguiendo prácticamente por todos, que combatieron, sobre todo al principio, en una inferioridad terrible contra el poderosísimo imperio musulmán.
Eso me parece desafortunadísimo. Y el ataque feroz contra descubridores, contra conquistadores, contra auténticos genios, contra gente de una humanidad increíble y contra verdaderos y grandes intelectuales. Todo lo que es el mundo que descubrimos y que nos descubrió a nosotros: eso es algo imperdonable.
Denostamos desde Colón hasta Hernán Cortés, los Pizarro, los Balboa, los Ojeda, tantos y tantos a los que queremos vilipendiar cuando ellos alumbraron un nuevo mundo. Fue el mundo que hoy tiene la mayor herencia hispana. Hay 600 millones que hablamos este derivado del latín que se llama español, castellano. Quien no quiere Hispanoamérica –eso me lo enseñó Miguel de la Cuadra y lo repito–, no la siente como propia y no la ama como gran patria de todos, es que no entiende nada ni quiere entenderlo. Yo, la verdad, me siento pertenecer a todo eso, a todo ese mundo que creamos.
–Ahora que se acerca el 12 de octubre, ¿qué importancia tiene recordar y celebrar este día?
La clave es la sensación de pertenencia mutua. Yo, por ejemplo, creo que en estos momentos España tiene un factor positivo, en el presente y hacia el futuro. Si nosotros fuimos hacia allá, la emigración que está viniendo de esos países tiene nuestra propia raíz, nuestra propia cultura. Bailamos igual, cantamos las mismas canciones.
Nuestros hábitos, nuestra manera de ser, nuestra idiosincrasia, que se decía en tiempos, tienen mucho en común. Y, desde luego, eso hace que dentro de nada, estoy convencido, los hijos, nietos y bisnietos de esos emigrantes que ahora están llegando serán parte nuestra, como nosotros fuimos parte suya.
Así que creo que ese es un factor positivo en nuestra inmigración y que debemos cuidar con mimo. Claro, ni todos nosotros somos muy buenos, y aquí hay hijos de…, y no precisamente de España, ni entre los que vienen faltarán elementos. Hablo de esos colectivos. Cada vez que me encuentro a uno de los muchos trabajadores, porque vienen a trabajar, a mejorar, lo que también hicimos nosotros, me siento muy contento de que hayan venido.
–¿Estamos ganando la batalla contra la leyenda negra?
Sí. Hace veinte años, y diez, aquí decías la palabra «Reconquista» y te caía encima la del pulpo. En estos momentos siguen con esa murga, sobre todo en territorios que tienen copados, pero la respuesta es cada vez más potente.
La respuesta no solo se da en el ámbito de la cultura. A mí me hace gracia cuando hay estas firmas de la cultura. Veo, curiosamente, muy pocos escritores; veo un montón de actores, pero intelectuales del mundo de la literatura, de la historia, de la ciencia, veo pocos. Veo siempre a los mismos con las mismas.
En el mundo académico es donde hay que empezar a poner pies en pared, porque se está con la murga de esa leyenda negra. Es más, en los estudios se está intentando ya directamente cancelar en buena medida la historia de España. Pero la batalla, digo, se está ganando, porque la respuesta es continua.
¿Por qué la gente tiene cada vez más ansia de leer historia, bien sea a través de la ficción, de los ensayos o de la no ficción? Porque quiere saber de sus raíces y, si no lo tiene por un sitio, lo busca por el otro. Eso es algo importantísimo. Hay hasta una inflación, yo creo, de títulos de historia y de novela histórica, pero no me importa.
La verdad es que creo que en estos últimos diez años esa respuesta se está haciendo cada vez más fuerte. Y en los últimos cinco se ha empezado ya no solo a equilibrar la balanza, sino a dar fuerza a las voces que proclaman elementos esenciales: hay que aprender nuestra historia, hay que asumirla, hay que quererla y, sobre todo, no podemos condenarla ignorándola.