Ficha policial de Primo Rivera, tras ser detenido el 14 de marzo de 1936
El otro José Antonio Primo de Rivera: noches de whisky, Lorca y el Madrid antes de la guerra
Diplomáticos, escritores y poetas trataron al fundador de Falange lejos de la política, mientras el joven abogado repartía sus horas libres entre los locales elegantes del Madrid de los treinta, las piscinas, los caballos y las jornadas de caza
La política tiene la mala costumbre de comerse al hombre y dejar únicamente la estatua. A José Antonio Primo de Rivera se lo comió entero. De aquel joven abogado madrileño han quedado el fundador de Falange, los discursos, las camisas azules, la cárcel de Alicante, el paredón y, después, varias décadas de liturgia política. El personaje terminó por tapar a la persona.
Pero hubo otro José Antonio. Uno que iba de copas, nadaba, montaba a caballo, cazaba y frecuentaba los establecimientos elegantes de aquel Madrid de los primeros años treinta en el que todavía podían compartir barra, mesa y madrugada gentes que pocos años después aparecerían separadas por una trinchera.
Entre ellas hubo diplomáticos republicanos, periodistas, escritores y poetas. Algunos estaban muy lejos de sus ideas políticas. Y precisamente por eso sus recuerdos resultan interesantes.
Porque al otro José Antonio también hay que buscarlo de noche.
Un whisky junto a Recoletos
Uno de sus establecimientos habituales era Bakanik, en la calle Salustiano Olózaga, a dos pasos de Recoletos.
José Antonio solía dejarse caer por allí hacia las nueve de la noche. Después de los despachos, los asuntos jurídicos y, cada vez más, las preocupaciones políticas, llegaba la hora de aflojarse metafóricamente el cuello de la camisa. Pedía un whisky con agua.
Por Bakanik circulaban nombres conocidos del periodismo y la sociedad madrileña, como Juan Ignacio Luca de Tena o César González Ruano. Era uno de aquellos locales donde la noche podía comenzar con una copa y acabar arreglando España, costumbre nacional que ha sobrevivido a monarquías, repúblicas y constituciones.
Bar Bakanik
Una noche de 1932 apareció por allí Carlos Morla Lynch, diplomático chileno, republicano y amigo íntimo de Federico García Lorca.
Morla dejó después un retrato elogioso de José Antonio. Vio en él a un hombre fuerte, decidido y seguro de sí mismo, aunque con una expresión todavía juvenil que contrastaba con aquella seguridad.
Y le soltó una frase que explica bastante bien la impresión que el joven abogado producía incluso entre quienes estaban políticamente en sus antípodas: «Tienes la suerte de que te quieren hasta tus enemigos». No era poco elogio para la España que comenzaba a dividirse.
Otros testimonios coincidirían en aquella capacidad de seducción personal. Se podía discrepar de José Antonio, incluso profundamente, y al mismo tiempo encontrar agradable su compañía.
Algo que pocos años después sería mucho más difícil.
De Bakanik al Bar Club
Bakanik no agotaba la geografía nocturna del joven Primo de Rivera.
Frecuentaba también el Bar Club, en la calle de Alcalá, junto al Palacio de Comunicaciones, donde las conversaciones podían estirarse hasta esas horas en las que Madrid empieza a vaciarse de personas sensatas y queda a disposición de periodistas, políticos, poetas y noctámbulos.
También acudía ocasionalmente a Casablanca, en la plaza del Rey, junto a Barquillo, uno de los locales de moda del Madrid de aquellos años.
Y allí aparece Federico García Lorca.
Una noche de güisquis con Lorca
El poeta Gabriel Celaya testimonió muchos años después a Andrés Trapiello que conoció personalmente a José Antonio por mediación de Federico.
Celaya había llegado a Casablanca con un grupo relacionado con la Residencia de Estudiantes. Lorca estaba allí. Al verlo, lo llamó. Y decidió hacer las presentaciones: «Te voy a presentar a José Antonio, vas a ver que es un tío muy simpático».
La escena posee algo de fotografía increíble vista desde nuestro presente.
Federico García Lorca, Gabriel Celaya y José Antonio Primo de Rivera alrededor de unas copas en el Madrid republicano. Celaya la recordaría como «una noche de güisquis».
Pero hizo, además, una confidencia mucho más llamativa. Según su testimonio, Lorca le contó que cenaba los viernes con José Antonio. El fundador de Falange admiraba al poeta granadino. Su biógrafo Felipe Ximénez de Sandoval iría todavía más lejos al afirmar que José Antonio llegó a considerarlo un posible «poeta de la Falange».
Fuese cual fuese el alcance real de aquella relación, la imagen resulta fascinante: Lorca y José Antonio hablando en torno a una mesa mientras España se encaminaba hacia una tragedia que acabaría con la vida de ambos.
Ninguno de los dos llegaría a cumplir los cuarenta años.
Un mosquetero bailando en San Sebastián
No todos los recuerdos proceden de las noches madrileñas.
Claude G. Bowers, embajador de Estados Unidos en España durante la Segunda República, conoció a José Antonio en una reunión social celebrada en una finca de San Sebastián.
El diplomático norteamericano se encontró con un joven moreno, de facciones finas y maneras «corteses, modestas, deferentes». La impresión física y personal fue tan intensa que Bowers recurrió a la literatura para describirlo: le recordó a uno de los mosqueteros de Alejandro Dumas.
Pero probablemente resulte todavía más reveladora la imagen que quedó grabada en la memoria del embajador. José Antonio bailaba.
El futuro fundador de Falange, el hombre que la posteridad convertiría en fotografía, consigna y símbolo, aparece en el recuerdo de Bowers simplemente como lo que todavía era: un joven sonriente bailando durante una tarde en San Sebastián.
Morla Lynch y Bowers estaban lejos de las posiciones políticas de José Antonio. Precisamente ahí reside parte del interés de sus testimonios.
Son recuerdos de aquella España inmediatamente anterior al abismo, cuando dos hombres podían estar separados por sus ideas sin considerar todavía obligatorio estar separados también por una mesa.
Cuando José Antonio se tiraba a la piscina
Porque no todo eran política, tribunales y noches de whisky.
José Antonio fue también un entusiasta del deporte. Practicó con afición la natación y compartió piscina con Manuel Valdés Larrañaga, campeón nacional que posteriormente sería camarada suyo en Falange.
La natación era solamente una de sus aficiones. Otra fueron los caballos. Su tío Fernando, excelente jinete y campeón de esgrima, le había enseñado equitación. Aquellas lecciones familiares terminarían resultándole útiles durante su paso por el Ejército, pues realizó parte del servicio militar en los Húsares de la Princesa y en los Dragones de Santiago. Su trayectoria militar como alférez de complemento acabaría abruptamente a consecuencia de su enfrentamiento con el general Gonzalo Queipo de Llano, al que agredió por unas palabras que afectaban al honor de su familia.
Había, además, otra afición muy española: la caza. Comenzó a practicarla en la finca familiar de Robledo de Chavela, en la sierra de Madrid, y participó después en monterías organizadas en cotos de familiares y amigos.
Así, entre el bufete, la política y las conspiraciones de una España cada vez más agria, todavía encontraba tiempo para una piscina, una cabalgada o una jornada de monte.
Y también fue un intenso futbolista, con los carnés del Atlético de Madrid y del Real Madrid.
El Madrid que desapareció con ellos
Bakanik. El Bar Club. Casablanca. Lorca. Celaya. Morla Lynch. Luca de Tena. González Ruano. Una copa a las nueve. Una conversación de madrugada. Una piscina. Los caballos. Una montería. Son fragmentos de una vida sepultada después bajo toneladas de política.
También pertenecen a una ciudad desaparecida. Aquel Madrid podía ser bronco, turbulento y hasta violento. Pero conservaba todavía algunos territorios neutrales. Bares, cafés, restaurantes y salones donde personas destinadas a acabar en bandos irreconciliables podían encontrarse alrededor de una copa, discutir, reírse y volver a verse la semana siguiente.
Duraría poco. La política terminó por entrar también en los cafés, en las amistades y en las familias. España dejó de discutir para empezar a matarse. Lorca fue asesinado en agosto de 1936. José Antonio sería fusilado en Alicante tres meses después.
El poeta y el político no llegaron a ver los cuarenta.
Después llegaron la guerra, los vencedores, los vencidos, los monumentos, los libros, las condenas y las hagiografías. Y aquel joven abogado que bebía whisky con periodistas, despertaba simpatía en diplomáticos republicanos, admiraba a Lorca, bailaba en San Sebastián y escapaba de vez en cuando de la política a lomos de un caballo quedó sepultado debajo del personaje histórico.
Pero antes de convertirse en símbolo hubo un hombre. Y antes del paredón hubo noches de Madrid.