Julio César acepta la rendición del caudillo galo Vercingétorix tras la batalla de Alesia en el año 52 a.C

El hombre que enseñó a Julio César que Roma podía conquistarse

Lucio Cornelio Sila fue el primer general romano que marchó con su ejército sobre Roma y venció en una guerra civil contra Cayo Mario y sus partidarios. Después asumió la dictadura para, según decía, restaurar la República. Su ejemplo marcaría el camino de Pompeyo y Julio César

En los últimos años de la República romana, los generales habían empezado a acumular un poder que ya no dependía solamente del Senado. Pero hubo uno que llevó aquella transformación mucho más lejos: Lucio Cornelio Sila.

Sila nació en el seno de una antigua familia noble que había ido perdiendo peso con el paso de las generaciones y cuyos miembros llevaban tiempo alejados de los puestos más importantes de la República. El ascenso de Sila había comenzado durante la guerra contra Yugurta, el rey de Numidia. Él era entonces un joven oficial al servicio de Cayo Mario y consiguió que el rey de Mauritania, Boco, traicionara a su propio yerno y entregara a Jugurta a los romanos. Sin embargo, fue Mario quien se llevó la gloria por haber puesto fin a la guerra. El episodio alimentaría una rivalidad que terminaría cambiando la historia de Roma.

Sila continuó ganándose una reputación como militar. Combatió contra los cimbrios y los teutones y, durante la guerra Social, destacó especialmente en la batalla de Nola. Allí recibió la corona gramínea, una de las condecoraciones militares más extraordinarias de Roma, reservada para quienes habían salvado a un ejército entero.

Quizá por eso, cuando Sila fue elegido cónsul para el año 88 a. C., parecía destinado a seguir una carrera política convencional. Pero entonces surgió la guerra contra Mitrídates, rey del Ponto.

El Senado había confiado el mando a Sila, pero Mario consiguió que se lo entregaran a él. Sila tomó entonces una decisión que hasta ese momento parecía impensable: en lugar de aceptar la decisión política, hizo marchar a sus tropas sobre Roma. Era la primera vez que un general romano cruzaba aquella línea.

Estatua de Lucio Cornelio Sila

Sila derrotó a sus enemigos y obligó a Mario a huir. Después partió hacia Oriente para enfrentarse a Mitrídates. Pero, en cuanto abandonó Italia, Mario regresó junto a otro general, Lucio Cornelio Cinna, y ambos emprendieron una violenta persecución contra sus adversarios. Sila fue declarado enemigo público.

Mario, sin embargo, apenas pudo disfrutar de su regreso. El antiguo vencedor de los cimbrios murió en el año 86 a. C., cuando rondaba los setenta años, y Cinna murió poco después, asesinado por sus propios soldados cuando intentaba obligarlos a combatir contra otros romanos.

Sila, mientras tanto, había vencido a Mitrídates. Pese a que cultivaba una imagen de hombre piadoso, necesitaba dinero para pagar a sus tropas y ordenó saquear el santuario de Apolo en Delfos, uno de los lugares sagrados más venerados del mundo griego.

Con el ejército a sus espaldas, Sila regresó a Italia. Mario y Cinna habían muerto, pero sus partidarios seguían controlando Roma. La guerra civil terminó en el año 82 a. C., cuando Sila obtuvo una victoria decisiva en la batalla de la Puerta Colina. Entonces recuperó una magistratura que llevaba más de un siglo sin utilizarse y se hizo nombrar dictador. Comenzaron las proscripciones: listas de enemigos cuyos bienes podían ser confiscados y cuyas vidas quedaban a merced de sus perseguidores.

La ciudad de Roma en la época de la República

Pero Sila aseguraba que no había tomado el poder para convertirse en rey: recordemos que la figura de un monarca generaba un gran resquemor entre los romanos desde que habían depuesto a Tarquinio el Soberbio y que el propio Julio César tuvo que hacer frente a las acusaciones de querer coronarse como rey. Sila se esforzó en asegurar que lo único que quería era fortalecer la República, reformó las instituciones para devolver al Senado buena parte de su antiguo poder y limitó las atribuciones de los tribunos de la plebe.

Y, contra lo que muchos podían esperar, renunció finalmente a la dictadura. En el año 79 a. C. se retiró de la vida política y volvió a la vida privada. Murió un año después, dejando tras de sí una contradicción difícil de olvidar: había sido el primer romano que llevó un ejército contra su propia ciudad y, al mismo tiempo, el hombre que quiso pasar a la historia como su restaurador.

Su ejemplo, sin embargo, no desaparecería con él. Pompeyo y Julio César aprenderían una lección que la República pagaría muy cara: si un general podía conquistar Roma con sus soldados, quizá el poder de las armas ya valía más que las propias leyes.