Yugurta es traicionado y entregado encadenado a los romanos por su propio suegro, Bocchus, rey de Mauritania
La guerra de Yugurta: cómo un rey del norte de África dejó al descubierto la corrupción de Roma
Esta historia ocurrió hace más de 2.000 años. Trata de cómo un rey autócrata del norte de África comienza una guerra híbrida, sobornos, asesinatos y movimientos bélicos para ganar poder frente a un Estado más poderoso, con tintes democráticos, división de poderes y mucha corrupción
A finales del s. II a. C. y tras sus luchas con Cartago, Roma era la dueña del Mediterráneo occidental. Bajo su protectorado había una serie de reinos aliados, entre los que se contaban los númidas, antepasados de los bereberes actuales y de todas las poblaciones del Magreb. Su reino comprendía lo que hoy en día es Argelia desde la frontera con Marruecos hasta gran parte del moderno Túnez.
Uno de los príncipes de estos reinos númidas era Micipsa. Este tenía dos hijos legítimos y un sobrino bastardo llamado Yugurta, al que adoptó. Yugurta era demasiado inteligente y ambicioso como para dejarle quedarse en el reino, por lo que Micipsa decidió quitarse de en medio la amenaza enviándolo a Numancia.
Allí luchó en el bando romano como oficial de la caballería ligera númida, una de las mejores del mundo antiguo. Conoció a importantes políticos romanos como Escipión Emiliano, el vencedor de Numancia, y aprendió mucho de ellos… Quizá demasiado.
Numidia era una monarquía autocrática, mientras que la República romana estaba constituida como una suerte de oligarquía con tintes democráticos. Es decir, aunque las magistraturas y los altos puestos los ocupaban los ricos, había un sistema de equilibrios institucionales para evitar dictaduras y cierta participación en la vida pública de los ciudadanos más pobres. El sistema era bastante complicado e incluía ocho tipos de magistraturas (cónsules, etc.), un Senado y cuatro tipos de asambleas, dos de las cuales eran muy democráticas para la época.
Cuando Yugurta volvió a Numidia, se encontró con que, al morir su padre adoptivo, este le había dejado un tercio del reino en herencia compartido con dos tíos-hermanastros, Hiempsal y Aderbal, nada contentos. Roma quería reinos clientelares débiles y quedó satisfecha con la decisión del difunto rey.
Pero Yugurta tenía un plan y lo ejecutó a la perfección. Consiguió asesinar a Hiempsal enseguida y quedarse con su parte del reino. Para terminar con el otro, Yugurta inició una guerra civil. Aderbal, al verse superado, huyó a Roma y pidió ayuda al Senado. Roma optó por una decisión salomónica: dividir el reino entre ambos.
El Senado envió una comisión a Numidia para establecer un tratado de paz y realizar la división, pero el astuto Yugurta tiró de cartera y sobornó a la comisión para que fallara a su favor. Las regiones más ricas y prósperas de Numidia le fueron entregadas a él.
La paz duró apenas cinco años; Yugurta volvió a emprender la guerra contra su tío-hermano cercándolo en su capital, Cirta. Una segunda comisión romana llegó a Numidia y de nuevo fue cuidadosamente sobornada; permitió que este tomara la ciudad y ejecutara a su hermano Aderbal.
Sin embargo, Yugurta cometió un error: vaciar el bolsillo romano en vez de llenarlo. Ejecutó a algunos comerciantes romanos que habían ayudado a defender Cirta. Esto obligó a la gran potencia a declarar la guerra a Yugurta en el año 111 a. C.
El cónsul Calpurnio Bestia desembarcó en Numidia con un gran ejército. Sin embargo, este no hizo honor a su nombre y, según llegó a África, firmó una extraña paz con Yugurta en muy favorables términos para este; es decir, a Bestia le pudo la codicia y se dejó sobornar como buen romano.
Roma empezaba a sentirse estafada y humillada. Cada vez vigilaba más de cerca a Yugurta bajo la inmisericorde presión de la opinión pública. Roma lo que quería era la paz en el norte de África y reinos-títere débiles. Sin embargo, Yugurta seguía asesinando e imponiéndose a su antojo.
Lo llamaban al orden de vez en cuando, pero ¿con qué resultado? Yugurta conocía bien a Roma y a los romanos, cada vez mejor. Siempre que intentaban disciplinarle, sobornaba cuidadosamente a los magistrados que evitaban que tuviera que declarar ante el Senado y los tribunales. De hecho, tuvo la desvergüenza de intentar asesinar a uno de sus sobrinos, hijo de Hiempsal, que vivía en Roma, una de las veces que tuvo que ir a (no) declarar allí.
Roma se hartó. Envió a sus dos políticos «bulldog» más insobornables: Quinto Cecilio Metelo Numídico y Cayo Mario. Metelo, tras cinco años de guerra de guerrillas, empezó a acorralar a Yugurta, ganándose por sus victorias el sobrenombre de «Numídico», y Cayo Mario remató la faena empleando la misma arma que Yugurta había utilizado tanto contra la soberanía romana: el soborno. El suegro de Yugurta, Boco I, aceptó de buena gana el dinero romano y entregó a su yerno. Yugurta fue ejecutado en Roma en el año 104 a. C.
Yugurta capturado
La guerra de Yugurta expuso la corrupción y las debilidades de la República romana y provocó las más airadas protestas por parte de su opinión pública. Conocemos bien los hechos gracias a que un político romano, Cayo Salustio, próximo a Cayo Mario y Julio César, escribió un libro entero sobre este asunto. Y es que lo conocía muy bien: él mismo había sido imputado por corrupción hasta en dos ocasiones.
Salustio cuenta que una de las veces que Yugurta fue llamado a declarar a Roma, cuando salió de la misma, exclamó: «Roma, ciudad corrupta, madura para ser comprada; ¡ay de ti si encontraras comprador!».
Esta historia ocurrió hace más de 2000 años. Trata de cómo un rey autócrata del norte de África comienza una guerra híbrida, sobornos, asesinatos y movimientos bélicos para ganar poder frente a un Estado más poderoso, con tintes democráticos, división de poderes y mucha corrupción. Para poder vencer, el autócrata norteafricano sencillamente consigue algún tipo de influencia indebida sobre ciertos políticos. ¿Nada nuevo bajo el sol?