El asedio de Numancia

El asedio de NumanciaWikimedia Commons

Así era la alimentación de Numancia antes de que el hambre permitiera a Roma conquistarla

En sus casas, sus molinos, sus despensas y sus modestos alimentos se descubre una sociedad completa. Y también una verdad incómoda y universal: ninguna comunidad puede defender su libertad cuando pierde la capacidad de alimentarse

Llegué hasta el cerro de La Muela después de atravesar ese paisaje castellano severo, ancho y extraordinariamente hermoso en el que uno entiende enseguida que la geografía nunca es un simple decorado de la historia.

Desde arriba se dominan la llanura y el paso del Duero, que son las vías naturales que comunican el valle del Ebro con la Meseta. Numancia estuvo allí porque aquel lugar permitía comerciar, cultivar, criar ganado y defenderse. Era un oppidum celtíbero, una ciudad elevada en un lugar bien elegido.

Reconstrucción de una vivienda celtibérica en Numancia

Reconstrucción de una vivienda celtibérica en Numancia

Pero quizá yo llegaba a Numancia con una deformación profesional inevitable. Después de tantos años estudiando la alimentación de las sociedades del pasado, me resulta difícil contemplar una ciudad antigua pensando solamente en sus guerreros, sus murallas o sus batallas.

Ante las piedras de Numancia yo quería saber otra cosa, porque antes de convertirse en emblemáticos héroes, los numantinos fueron personas que cada mañana tuvieron que procurarse alimento.

Y ahí es donde las ruinas comienzan a hablar de verdad. La vivienda celtíbera reconstruida en el yacimiento resulta, en este sentido, muy reveladora. Ese, como modelo de las casas de la época, es un hogar sencillo, con un espacio central donde se vive, se come y se trabaja; alrededor del hogar transcurría la vida.

La arquitectura doméstica estaba organizada, en buena medida, alrededor de la necesidad fundamental de la alimentación, así que en realidad nos proporciona una imagen humilde de su cultura. Y quizá por eso resulta auténtica.

Bodegón con huevos, pájaros y platos de bronce, procedente de la Casa de Julia Felix, Pompeya

Bodegón con huevos, pájaros y platos de bronce, procedente de la Casa de Julia Felix, Pompeya

La bellota merece una atención especial. Su consumo fue de una gran importancia económica, alimentaria e incluso simbólica entre las comunidades prerromanas de la Meseta y en todas las zonas donde había dehesa. Hoy lo observamos desde otra perspectiva, como un alimento miserable al que nuestra mirada contemporánea tiende a reducirla (la perspectiva ha cambiado).

Pero entonces su llegada provocaba abundancia, porque era un recurso cuantioso, almacenable y energético, integrado en una explotación inteligente de la dehesa. Las fuentes nos cuentan incluso que los celtíberos engordaban durante la temporada de bellota.

Los análisis paleonutricionales realizados sobre restos humanos apuntan igualmente hacia una alimentación con un peso considerable de los vegetales y los frutos secos y una presencia comparativamente inferior de proteína animal, a pesar de que eran excelentes ganaderos. Por supuesto, el pastor no se come a las ovejas, consume los subproductos.

También bebían cerveza. La caelia, elaborada a partir del cereal fermentado, requería cierta previsión para prepararla, almacenarla y disponer de ella en cualquier momento. Era la bebida más común y caracterizaba a las sociedades europeas de la Edad del Hierro.

Mientras recorría lo que fue Numancia pensé que quizá llevamos demasiado tiempo contando su historia desde el último capítulo y reflexionaba sobre cómo aquella ciudad no fue solamente el lugar donde unos hombres murieron por no someterse a Roma. Porque allí hubo vida, una comunidad que sembraba cereal, que recogía bellotas y cuidaba a sus animales. Que almacenaba alimentos, molía grano y encendía el hogar cada día.

Y es entonces cuando uno observa la implacable estrategia de Escipión, el hombre que derrotó a Cartago, y que comprendió cómo actuar en Numancia. Escipión vislumbró algo esencial: para derrotar a Numancia no tenía necesariamente que destruir a sus guerreros; por el contrario, bastaba con destruir su sistema alimentario. Y entonces la alimentación, que había sostenido la ciudad durante generaciones, se convirtió en el verdadero campo de batalla.

Apiano, escribiendo mucho después de los acontecimientos, ofrece una descripción estremecedora. Afirma que, agotados el cereal, los rebaños y hasta los pastos, los sitiados llegaron a hervir pieles para alimentarse y finalmente recurrieron al canibalismo.

Ese detalle cambia nuestra manera de contemplar el yacimiento, y cuando vemos los molinos de piedra acumulados en Numancia, estos dejan de ser piezas arqueológicas inertes. Porque aquellas piedras produjeron harina, en las despensas habían conservado sus excedentes, y en los hogares se habían cocinado comidas familiares.

Pero un día dejaron de tener qué moler, y hay algo profundamente humano en esa transición desde la abundancia cotidiana hasta el hambre. Mucho más humano, quizá, que las cifras de guerreros y caballos o incluso la descripción de los combates.

La obra representa el momento en que los últimos defensores de la ciudad hispana de Numancia se dieron muerte a sí mismos a fin de impedir que fueran capturados vivos por los romanos, que en esta obra aparecen entrando en la ciudad mientras los numantinos se suicidan

'Numancia' de Alejo Vera y Estaca (1881)

Numancia forma parte de nuestra historia más profunda, de esa historia peninsular anterior a la existencia de España como realidad política. No necesitamos convertirla en leyenda para que resulte admirable; la manera más seria de honrarla consiste en comprenderla y entender que la resistencia no fue solamente militar; fue, sobre todo, la de una sociedad que trataba de preservar su independencia.

Al recorrer aquellas calles pensé de nuevo en algo que la historia repite con una insistencia extraordinaria: las civilizaciones no viven de abstracciones. Necesitan cultivos y ganadería, comercio y transformación, cocinas y personas capaces de conservar y transmitir los conocimientos necesarios para utilizarlos.

La libertad misma posee una dimensión material, porque antes de defender una muralla, una sociedad tiene que llenar su despensa. Roma conocía muy bien esta realidad y Escipión comprendió perfectamente cómo utilizarla a su favor.

Y quizás esa sea una de las lecciones menos contadas y más actuales de Numancia: aquella pequeña ciudad que durante años había conseguido enfrentarse al mayor poder militar de su tiempo solo pudo ser derrotada cuando quedó aislada de la tierra que la alimentaba.

Ruinas de la Numancia romana

Ruinas de la Numancia romana

Al abandonar el cerro de La Muela me llevé esa imagen conmigo, no la de una Numancia convertida simplemente en monumento a la derrota o a la heroicidad, sino la de una ciudad viva. El cereal entrando en las casas, el sonido del molino, las bellotas almacenadas, el fuego encendido en el hogar, una vasija de caelia compartida alrededor de la mesa o una hogaza de pan recién hecho.

Después vino el cerco; tras él llegó el hambre, y solo entonces pudo entrar Roma. Es el modelo épico de un asedio, fácilmente repetible en cualquier otra circunstancia en cualquier tiempo histórico.

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