La obra representa el momento en que los últimos defensores de la ciudad hispana de Numancia se dieron muerte a sí mismos a fin de impedir que fueran capturados vivos por los romanos, que en esta obra aparecen entrando en la ciudad mientras los numantinos se suicidan
Numancia frente a Roma: la épica resistencia que humilló al Imperio
El asedio de Numancia es la historia de un pueblo que eligió morir antes que rendirse
La luz tenue, firme y amarillenta del plenilunio se mezclaba con otras más inestables, rojizas y granates, de las grandes hogueras que se esparcían a lo largo del castro. Allí, delante de unas amplias viviendas rectangulares, con grandes zócalos de piedra, paredes de adobe sostenidas con postes de madera y tejados de barro y paja, algunos hombres y mujeres del poblado danzaban ataviados con ropajes oscuros de lana y el rostro oculto en una capucha.
Los nobles, con el valiente guerrero Retógenes a la cabeza, lucían, sin embargo, cascos emplumados y vistosos collares. Eran danzas circulares y repetitivas que replicaban los movimientos del sol y se hacían para honrar al dios de dioses del panteón celta, Lug, el dios Sol, dios de la guerra y de las artes.
Corría el año 600 ab urbe condita (154 a. C.) y acababan de dar refugio al pueblo de Segeda, abriéndole las puertas y acogiéndolo en su elevado castro fortificado por altas murallas. Los segedenses supervivientes huían de la ira del cónsul Fulvio Nobilior, al que habían desafiado sin medir bien sus fuerzas.
Pero aquel acto de gracia suponía una afrenta a Roma, por lo que, antes de partir a la batalla, debían honrar al dios de la guerra, a Lug el poderoso. Así me puedo imaginar los prolegómenos de una de las batallas más largas y duras que las legiones romanas debieron enfrentar contra los guerreros celtíberos del norte de la península.
Desde que los romanos Publio y Cneo Escipión desembarcaron en Ampurias en el 218 a. C., en el marco de la segunda guerra púnica, y una vez derrotada Cartago precisamente a manos de su hijo y sobrino, respectivamente, Escipión el Africano, Roma fue completando la conquista del territorio. Sin embargo, a mediados del siglo II a. C., y en su progresión hacia el norte y oeste peninsular, deberá enfrentarse a dos grandes desafíos: el guerrero Viriato en el oeste y el pueblo celtíbero de los arévacos en el norte.
Viriato, visto por el pintor Eugenio Oliva
Tras arrasar Segeda, Nobilior, al frente de 30.000 hombres, se interna por los senderos boscosos que conducen a Numancia, sin sospechar que, ocultos entre árboles y follaje, 20.000 guerreros celtíberos le acechan. El mismo error que cometerá el cónsul Varo, con sus legiones, en el bosque de Teutoburgo más de 160 años después. En la emboscada pierde a 6.000 legionarios, pero pronto se rehace y vuelve a la carga, esta vez reforzado con 300 jinetes númidas, que conforman una excelente caballería ligera, experta en el manejo de jabalinas, y 10 elefantes de combate.
Por fin, consigue plantarse ante las murallas de Numancia, pero uno de los elefantes, malherido por un dardo o una piedra de los arévacos, se revuelve y arrasa a medio ejército romano. Los celtíberos también demuestran ser expertos en salidas nocturnas y en guerra de guerrillas, al tiempo que algunos pueblos vecinos se unirán a la causa, por lo que Nobilior terminará su mandato consular sin rendir Numancia.
A Nobilior le sucederá Claudio Marcelo, hijo del que también fuese cónsul con el mismo nombre. Marcelo era una persona inteligente y dialogante. Supo conjugar con maestría su poder militar y sus buenas dotes diplomáticas, hasta el punto de conseguir la paz con los pueblos que se habían unido a los numantinos, como la ciudad de Ocilis, e incluso consiguió convencer a los arévacos para que firmasen un tratado de paz.
El asedio de Numancia
Cuando parecía que se había llegado al fin de la crisis, en el 152 a. C., Marcelo fue sustituido por Lucio Licinio Lúculo. Este nuevo cónsul pronto demostró carecer de la inteligencia y habilidad de Marcelo. Sin venir a cuento, sin el aval del Senado y pensando en un enriquecimiento fácil a través del botín, atacó a vacceos y lusitanos, provocando el levantamiento de Viriato. A Numancia no le quedó otra que solidarizarse con los pueblos celtíberos y se dispuso a luchar nuevamente contra Roma. En estas campañas, Lúculo dio muestras de ser un individuo arrogante, falsario y extremadamente cruel, y aunque al término de su mandato no llegó a ser juzgado, su gobernación dejó un pésimo recuerdo y un gran problema para Roma, ya que con Marcelo toda Hispania estaba en paz y, tras Lúculo, quedó en armas.
En cuanto a Numancia, en el 140 a. C., Quinto Pompeyo, con 30.000 hombres y 200 jinetes, puso de nuevo asedio a la ciudad. Sin embargo, al carecer de torres de asalto y tras varias escaramuzas frustradas, optó por retirarse.
El sucesor de Quinto Pompeyo fue Cayo Hostilio Mancino, a quien los bravos arévacos le infligieron amargas derrotas, como la que señala el historiador Francesc Cervera en la atalaya de Renieblas, un cerro situado en las estribaciones de la sierra del Almuerzo, que albergaba un campamento romano, cuyas ruinas, por cierto, descubrió el arqueólogo alemán Adolf Schulten entre 1905 y 1912. Allí, 4.000 guerreros celtíberos sorprendieron a 20.000 legionarios y al propio Mancino, quien, tras rendirse, tuvo que firmar una paz humillante que sería rechazada por el Senado romano.
Su sucesor, Lucio Furio Filo, en el 136 a. C., rompió el acuerdo de paz y volvió a las hostilidades, pero sin ningún progreso, dinámica que continuó durante su consulado bianual en la Hispania Citerior hasta la llegada de su sucesor, Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Menor, a quien se le añadiría posteriormente el nombre de «Numantino», más conocido como Escipión Emiliano.
¿Quién era este patricio, de nombre interminable, en quien el Senado depositaba la responsabilidad de restaurar su mancillado honor en Hispania? Pues, aunque no sea tan célebre como otros grandes personajes romanos de la República, como su abuelo adoptivo Escipión el Africano, héroe de la batalla de Zama, en la que derrota a Aníbal y vence a los cartagineses en la segunda guerra púnica, o Julio César, el famoso conquistador de las Galias, Escipión Emiliano no se queda a la zaga.
De hecho, será el vencedor de la tercera guerra púnica y el que terminó haciendo buena la célebre frase con la que Catón el Viejo terminaba sus discursos en el Senado: Carthago delenda est («Cartago debe ser destruida»). Por cierto, que el catedrático Manuel Salinas ha publicado recientemente una muy bien documentada biografía de este general romano. Como el propio Salinas declara, cuando Emiliano nace (hijo de Emilio Paulo, el conquistador de Macedonia), en el año 185 a. C., Roma era una potencia más en un Mediterráneo multipolar; cuando fallece, en el 129 a. C., Roma será ya la gran potencia hegemónica, y en gran parte gracias a él.
Pero volvamos a Numancia. El Africano Menor (para distinguirlo de su abuelo adoptivo, el Africano Mayor) llega con una legión de refuerzo y con varias turmas de caballería númida al mando del príncipe Yugurta. Un curioso personaje que en el futuro luchará contra sus primos para hacerse con el trono de Numidia e incluso contra la propia Roma, pero que, en aquella precisa guerra, se comportó como un valioso aliado.
La Destrucción de Numancia (1802), por Juan Antonio Ribera
Por su parte, Emiliano pone orden en el despendolado campamento romano. Expulsa a todas las prostitutas, prohíbe el juego e introduce disciplina y entrenamiento, al tiempo que cerca a Numancia con muros y torres para rendirla por hambre. Antes de culminar las obras, el célebre guerrero Retógenes consigue burlar el cerco e intenta recabar ayuda en otros pueblos celtíberos como Termancia, Uxama y Lutia. Solo consigue 400 voluntarios jóvenes en este último poblado, pero Emiliano marchará contra ellos y, como advertencia a todos los celtíberos de la comarca, les cortará las manos.
Una vez concluido el cerco, Numancia está condenada. Con hombres apostados en el muro y las torres las 24 horas, cualquier intento de salida y escaramuza está condenado al fracaso. Pero lo que es peor: se imposibilita el acceso de cualquier alimento a la ciudad. Los arévacos terminan comiendo cueros hervidos o la carne de sus conciudadanos muertos. Tras las numerosas humillaciones y las muchas bajas producidas durante los largos años de guerra, Emiliano solo acepta la rendición incondicional, lo que significa la muerte para los cabecillas y el mercado de esclavos para el resto de los ciudadanos.
Ante esta situación, muchas familias enteras optaron por el suicidio. El resto, famélicos y enfermos, se rinde. Salvo cincuenta que escoge y encadena el cónsul para celebrar su triunfo en Roma, serán, efectivamente, vendidos como esclavos.
No obstante su triste final, el recuerdo de Numancia ha pervivido a lo largo de los siglos. Dio origen a la expresión «resistencia numantina» y los hechos han sido recogidos en la literatura romana (Apiano, Valerio Máximo, Floro...) y española. La obra más célebre es El cerco de Numancia, de Miguel de Cervantes. Ha sido representado en cuadros emblemáticos como El último día, de Alejo Vera.
Es, también, un símbolo distintivo de la ciudad de Soria y, por supuesto, ha estado siempre muy presente en las Fuerzas Armadas, nombrando a batallones y a barcos, como un navío de línea de principios del siglo XIX, la célebre fragata blindada de Méndez Núñez, buque insignia en la batalla del Callao y cuyo camarote aún puede contemplarse en el Museo de Pontevedra, o la actual F-83. Numancia simboliza, en definitiva, la lucha por la libertad.