Oficiales Británicos en San Felipe, Menorca. Obra de Alberto Pullicino

Picotazos de historia

Cómo una rebelión contra Felipe V abrió la puerta a la ocupación británica de Menorca

La sublevación austracista de 1706 fracasó ante la resistencia de la fortaleza de San Felipe, pero la dura represión posterior dejó en Menorca un resentimiento que acabaría favoreciendo la intervención británica

La Guerra de Sucesión a la Corona española fue un conflicto internacional cuya principal causa fue la decepción de las potencias europeas ante el testamento del rey Carlos II, último miembro de la rama española de los Habsburgo.

El rey Carlos II nombró al duque de Anjou, nieto del rey de Francia Luis XIV, como heredero con el deber de «mantener la integridad de estos reinos que heredé de mi señor padre». Las principales potencias europeas llevaban tiempo esperando abalanzarse sobre las posesiones de la Monarquía Hispánica tras la muerte del rey. De hecho, habían llegado a una solución civilizada y la habían ratificado en dos tratados de reparto: el de La Haya de 1698 y el de Londres de 1700.

Como comprenderán, el testamento del rey decepcionaba las expectativas de la mayoría, por lo que decidieron apoyar las pretensiones del aspirante no elegido. ¡Y es que les habían arrebatado lo que ya consideraban como suyo! Se formaron bandos y se declaró la guerra.

Islas Baleares en un mapa del siglo XVII

Las islas Baleares, con el tiempo, acabarían declarándose partidarias del archiduque Carlos de Habsburgo, o austracistas. En este punto conviene recordar que Barcelona juró lealtad al rey Felipe V –de forma libre y voluntaria– el 14 de octubre de 1701, después de que el francés jurase respetar los usos y las constituciones de la tierra. La ruptura del juramento por los barceloneses no la perdonó Felipe V: este podía perdonar a un enemigo, pero no a un traidor.

En 1706 una flota angloholandesa comandada por el almirante sir John Leake se presentó en el puerto de Palma. A los veinte minutos, el Gran y General Consell se declaraba, unánimemente, por el archiduque Carlos. No solo fue el «viva quien gana»; también había en las Baleares una mayor tendencia a apoyar al austriaco frente al francés.

La isla de Menorca no estuvo al margen de la situación. De hecho, la población estaba muy polarizada con respecto a lo que pensaba que debían ser sus lealtades. La nobleza local y los sectores más conservadores de la burguesía comercial y el campesinado propietario, temerosos de perder sus privilegios, apoyaban al pretendiente austriaco. Este grupo reconocía como líder suyo a un noble local y capitán de las milicias llamado Juan Miguel Saura y Morell.

El socorro de Barcelona, 30 de abril de 1706. Obra de Humphrey

Los partidarios de Felipe V, llamados «botiflers» –palabra usada desde entonces como insulto–, eran el resto de la población, principalmente los moderados y los menos pudientes, amén de la guarnición. Menorca tenía un gobernador político interino llamado don Jerónimo Pérez de Nueros, pero el hombre fuerte de la isla era el alcaide de la fortaleza de San Felipe de Mahón, el brigadier Diego Leonardo Dávila, granadino con fama de tener un fuerte carácter.

Saura y Morell reunió a su gente y negoció con los corsarios que ejercían su oficio en las aguas del levante español. Su idea era utilizar a estos últimos para contrabandear armas y que bloquearan la entrada al puerto de Mahón para impedir aprovisionamientos y refuerzos a la guarnición de la fortaleza, pues tenía bien claro que este sería el principal escollo y que quien controlara San Felipe controlaría Menorca.

Desde primeros de octubre de 1706, cuando les llegaron las noticias de las actuaciones de la flota de Leake, que había tomado Mallorca e Ibiza, empezaron a acelerar los preparativos de la sublevación y decidieron que esta sería la noche del 11 al 12 de octubre.

Inicialmente, todo se desarrolló bien para los defensores de la causa austriaca. Declararon como virrey de las Baleares, en nombre del archiduque Carlos, al conde de Zavellá y fueron tomando los pequeños puestos que había a lo largo de la isla y rindiendo las mínimas guarniciones que tenían. Pero no pudieron impedir que el brigadier Dávila frustrara todo intento de controlar el puerto de Mahón.

Una vez que los austracistas consiguieron la rendición del castillo del puerto de Fornells, se concentraron en Mahón dispuestos a intentar tomar San Felipe. Dentro estaban el gobernador, gentes que habían buscado refugio tras sus murallas y una guarnición formada por el Regimiento de la Corona, antiguo Tercio Nuevo de Nápoles (actualmente, el custodio de su legado histórico es el Regimiento de Infantería Córdoba n.º 1).

Los austracistas se encontraron con un gran problema, y es que carecían de artillería de sitio, por no hablar de conocimientos sobre la ciencia de la defensa y el sitio (poliorcética). Por su parte, Saura y Morell tenía unos mil setecientos entusiastas y dispuestos aficionados, armados muy irregularmente y con escasa disciplina. Además, había unos doscientos corsarios que organizaban una barahúnda y problemas como si fueran quince mil diablos.

Mientras, los miembros de la guarnición del castillo de San Felipe estaban sometidos a la férrea disciplina del brigadier Dávila. Este había encontrado el regimiento muy reducido, ya que había quedado en tres batallones de sesenta hombres cada uno y, encima, estaba plagado de deserciones debido a los retrasos en las pagas y los suministros. La escasez de munición en la guarnición del castillo era crónica cuando llegó. Pues bien, la disciplina impuesta ayudó a cohesionar las tropas que había en su interior y a mantener el ánimo.

Dávila sabía que no tenía fuerza para atacar, pero que los sitiadores estaban agotándose más rápidamente que las tropas dentro de San Felipe. Esperaría el momento oportuno.

Plano del castillo y sus fortificaciones en 1780

En Año Nuevo desembarcó una pequeña fuerza compuesta por un batallón francés de las tropas del señor de Villars. Este se puso a las órdenes del brigadier Dávila. Estos pocos cientos de soldados también traían noticias de los cambios políticos. Pérez de Nueros había dejado de ser gobernador de la isla y el poder civil y militar había pasado a Dávila.

Dávila decidió pasar a la ofensiva y organizó un ataque al campamento sitiador el día 5 de enero.

Los corsarios tendrían mucho valor por mar, mas, por tierra, enfrentarse a una fuerza disciplinada y bien dirigida no iba con ellos. Salieron zumbando, se embarcaron precipitadamente y no se los volvió a ver.

En cuanto a la milicia armada de Saura, se disolvió como un azucarillo. De hecho, la causa austracista pasó a ser una entelequia extraña de la que algunos habían oído hablar, pero que nadie compartía. Y así podía haber terminado todo el asunto: como algo un poco chusco que apenas había causado desgracias.

Lamentablemente, el brigadier Dávila, que hasta ese momento había demostrado firmeza y sangre fría, perdió la cabeza. Viéndose amo absoluto de la isla, inició represalias y ordenó la ejecución de treinta y tres personas de Menorca. Estas acciones y otras impedirían que se olvidara el asunto. Al contrario, creó un rencor que afloraría y ayudaría a la ocupación de la isla por los ingleses.