La clave para descifrar este enigma constructivo ha sido localizada en PompeyaGetty Images/Darryl Brooks

El secreto del hormigón romano que se repara solo: el descubrimiento en Pompeya que explica su resistencia

El análisis de los clastos de cal retenidos en el hormigón explica por qué sus acueductos y panteones han resistido al paso del tiempo mejor que las edificaciones modernas

Las estructuras de la Antigua Roma han desafiado al paso de los siglos, resistiendo terremotos, inclemencias meteorológicas e incluso la erosión marina en sus acueductos, puertos y panteones. Detrás de esta durabilidad milenaria no solo se encuentra una ingeniería avanzada, sino un compuesto químico revolucionario: un tipo de hormigón capaz de autorrepararse cuando aparecen fisuras en su estructura.

La clave para descifrar este enigma constructivo ha sido localizada en Pompeya. La erupción del Vesubio dejó congelada una obra en plena fase de ejecución, conservando los materiales de construcción tal y como los trabajadores romanos los manipulaban antes del desastre. Al someter estos restos a análisis científicos, los investigadores han podido reconstruir el proceso de fabricación del material.

A diferencia de las técnicas modernas, los romanos mezclaban la cal viva directamente con la ceniza volcánica (puzolana) y otros agregados en un proceso conocido como «mezcla en caliente». Esta reacción química alcanzaba elevadas temperaturas y generaba la inclusión de pequeños fragmentos de cal, conocidos como clastos de cal, incrustados en la matriz del hormigón.

El mecanismo de autorreparación química

Lejos de tratarse de una imperfección en la mezcla, estos fragmentos de cal constituían la piedra angular del sistema de autorregeneración del material. Cuando la estructura sufría el desgaste del tiempo y comenzaba a agrietarse, la filtración de agua de lluvia o humedad penetraba hasta el interior del hormigón.

Al entrar en contacto con los clastos de cal retenidos, el agua provocaba una nueva reacción química que disolvía el calcio, recristalizándolo en forma de carbonato cálcico. Este nuevo mineral rellenaba de manera autónoma las fisuras creadas, consolidando de nuevo la estructura y bloqueando el avance del deterioro. Este proceso químico ha permitido que obras levantadas hace dos milenios conserven intacta su estabilidad estructural.