La naumaquia, cuadro de Ulpiano Checa
La verdad sobre el famoso «Salve, César, los que van a morir te saludan»: los gladiadores nunca lo dijeron
Pocas frases se asocian tanto con los gladiadores de la antigua Roma como esta. Sin embargo, aunque el cine y la literatura la han convertido en un saludo habitual antes de los combates, las fuentes históricas cuentan una realidad muy diferente
El cine y la literatura han asociado la frase «Salve, César, los que van a morir te saludan» con los gladiadores, quienes antes de combatir a muerte presentaban sus respetos al emperador. Sin embargo, no hay constancia de que estos luchadores profesionales la pronunciaran ni de que fuera una expresión habitual en la arena.
Lo cierto es que solo se conoce un testimonio antiguo de esta frase, que incluso parece que causó cierta confusión. Sucedió en el año 52 d. C. durante una naumaquia organizada por el emperador Claudio, quien quiso celebrar este espectáculo con motivo de los trabajos de drenaje del mayor lago interior de la península itálica, el lago Fucino, situado en el centro de Italia, con un área de unos 140 kilómetros cuadrados.
El lago Fucino y las montañas de Abruzzo (hacia 1789, pintura de Jean-Joseph-Xavier Bidauld
Este tipo de entretenimiento, muy querido por el pueblo romano, consistía en la representación de un combate naval, en el que podían participar prisioneros o criminales condenados a muerte. Según recoge Tácito, quien realiza una descripción detallada de este combate en sus Anales, la naumaquia congregó a unos 19.000 hombres:
«Claudio armó trirremes y cuatrirremes y también a diecinueve mil hombres; había hecho rodear el perímetro del lago con balsas para que no quedara escapatoria alguna, pero eso sí, delimitando un espacio para las maniobras de los remos, las artes de los pilotos, los ataques de las naves y las demás acciones propias del combate. En las balsas se habían apostado manípulos y escuadrones de las cohortes pretorianas y en la parte delantera se habían montado unas plataformas para disparar desde ellas las catapultas y ballestas. El resto del lago lo ocupaban los marineros en naves cubiertas».
Naumaquia romana. Obra de Giovanni di Stefano Lanfranco
La magnitud de este combate, que enfrentó a una flota siciliana con otra rodia, según recoge Suetonio en su Vida de los doce césares, fue tal que «una multitud innumerable llenó las riberas, las colinas y las partes elevadas de los montes, como si de un teatro se tratara; unos procedían de los municipios próximos y otros de la Ciudad misma, llevados por la mera curiosidad o por honrar al príncipe. Éste, vestido con un manto llamativo, y a su lado Agripina, con una clámide dorada, ocuparon la presidencia», señala Tácito.
Sería Suetonio quien documentaría la famosa frase. En Vida de los doce césares, el historiador romano dedica unas líneas a este episodio y registra un hecho singular al comienzo del espectáculo: «[…] cuando se disponía a dragar el lago Fucino, ofreció antes una naumaquia. Pero, como al gritar los combatientes: ‘¡Salve, César, los que van a morir te saludan!’, él respondió: ‘¡O no!’, y después de estas palabras ninguno quería luchar pensando que les había concedido el indulto…».
La Naumaquia en el Coliseo de Roma
Suetonio continúa el relato indicando que el emperador se enfureció cuando los prisioneros se negaron a luchar: «[…] tras dudar durante mucho tiempo si debería acabar con todos a hierro y fuego, por fin saltó de su asiento y, corriendo de un lado a otro alrededor del lago con su torpe balanceo, unas veces amenazándolos y otras implorándolos, los obligó a luchar».
Tiempo después, Dion Casio mencionaría la frase «los que van a morir te saludan» cuando narra este mismo episodio como una súplica al emperador Claudio para que les perdonase la vida, pero posiblemente tomando como fuente el relato de Suetonio.
«Primero se reunieron en un solo cuerpo y todos juntos se dirigieron a Claudio de esta manera: «¡Salve, emperador! Nosotros, los que estamos a punto de morir, te saludamos». Y cuando esto no sirvió para salvarlos y se les ordenó luchar de igual manera, simplemente navegaron a través de las líneas de sus oponentes, hiriéndose mutuamente lo menos posible. Esto continuó hasta que se vieron obligados a destruirse unos a otros», leemos en Historia romana.
Aparte de estas dos ocasiones, ninguna otra fuente deja constancia del uso de esta frase, lo que parece indicar que no era un saludo habitual. Algunos expertos sugieren que incluso la sorpresa en la respuesta de Claudio en su «O no» denota lo inesperada que fue tal expresión.
Es más, el historiador Tácito –quien escribe unos 50 años después de los sucesos–, cuando describe este suceso, lo hace sin mención a la frase: «Se peleó, a pesar de ser entre malhechores, con un espíritu propio de valientes guerreros y, tras muchas heridas, se les perdonó la vida», leemos en los Anales.
Así, una frase pronunciada en una ocasión excepcional, y posiblemente como último intento de unos condenados por salvar la vida, terminó pasando a la historia como el saludo habitual de los gladiadores romanos. Una muestra más de cómo la historia, la literatura y, posteriormente, el cine pueden convertir un episodio aislado en una tradición que, en realidad, nunca existió.