España como problema o España sin problemaEl Debate (asistido por la IA)

España como problema o España sin problema: el debate entre dos intelectuales del franquismo que sigue vigente

En 1949, Pedro Laín Entralgo daba a conocer España como problema. Ese mismo año, Rafael Calvo Serer publicaba España, sin problema. ¿Casualidad? Ninguna. El segundo título respondía deliberadamente al primero

El pasado 16 de octubre, el Círculo de Bellas Artes de Madrid acogía un encuentro anunciado en la programación oficial de España en libertad con un título suficientemente expresivo: Hispanidad en disputa. La gran pantomima.

La presentación describía la hispanidad como una de las «grandes ficciones políticas de nuestro tiempo» y proponía examinar quién define su significado y a quién deja fuera. Organizado por Hispanidad Crítica, la conmemoración de los cincuenta años de España en libertad y el propio Círculo, el acto ofrecía una nueva muestra de hasta qué punto la interpretación del pasado continúa ocupando el centro de nuestras discusiones sobre la identidad colectiva.

La pregunta tiene muchísima historia. Antes de que las redes sociales convirtieran estas controversias en una sucesión de consignas, dos intelectuales publicaron durante el franquismo sendos libros cuyos títulos condensaban una discrepancia que iba bastante más allá de una elección de palabras.

En 1949, Pedro Laín Entralgo daba a conocer España como problema. Ese mismo año, Rafael Calvo Serer publicaba España, sin problema. ¿Casualidad? Ninguna. El segundo título respondía deliberadamente al primero. Una réplica cargada de intención y con bastante más retranca de la que suele atribuirse a una controversia académica.

Aquello no significa que se profesaran una particular simpatía ni que ahorraran juicios severos sobre sus respectivas obras. Laín llegaría a calificar de «necedad» el lema y el contenido del libro de Calvo Serer y negaría haber mantenido propiamente una polémica pública con él. Pero detrás de la discrepancia había una elaboración intelectual que permite seguir examinando sus argumentos setenta y siete años después.

Entre ambos quedaba planteada una cuestión que todavía reconocemos: ¿era necesario revisar la interpretación de nuestra trayectoria para construir una comunidad nacional capaz de superar sus fracturas o existía ya una tradición suficientemente sólida sobre la que levantar el futuro?

Una discusión dentro del mundo de los vencedores

Para comprender aquella controversia hay que situarse en la España de posguerra. Laín era un médico e historiador de la medicina vinculado al falangismo; Calvo Serer, un historiador católico y monárquico. Ambos procedían del espacio de los vencedores de la Guerra Civil, aunque sus posiciones y sus trayectorias posteriores fueran distintas. Sus discrepancias permiten entender que dentro del régimen también competían proyectos culturales y políticos.

El historiador Antoni Raja Vich, que dedicó su tesis doctoral a esta cuestión, señala que bajo la discusión sobre el ser de España se debatía también la configuración del régimen de Franco y su eventual salida. La interpretación histórica tenía consecuencias políticas: de lo que se considerase auténticamente español dependía, en buena medida, el futuro que se juzgaba deseable para el país.

De ahí que resulte insuficiente leer aquellos títulos como el enfrentamiento entre un intelectual pesimista y otro satisfecho. Ninguno de los dos estaba escribiendo un balance de carreteras, salarios o cosechas. Discutían los fundamentos de la vida nacional.

Laín: una fractura que seguía pendiente

En Laín Entralgo, la preocupación por España estaba ligada a la experiencia de su división. Su reflexión se había formado durante la Guerra Civil y respondía al propósito de comprender históricamente el enfrentamiento entre españoles y buscar una concepción de la cultura que permitiera superarlo. Así lo explicaría después al reconstruir el origen de los escritos que desembocaron en España como problema.

El interrogante afectaba a la herencia intelectual que podía reconocerse como propia. La cultura española contenía tradiciones enfrentadas y autores cuyas discrepancias religiosas o políticas habían servido para situarlos a uno u otro lado de la frontera de lo aceptable.

IV Congreso Nacional de Sanidad Municipal celebrado en Madrid en Noviembre de 1947. El profesor Laín Entralgo durante el desarrollo de su conferencia «Lecturas del médico rural»Real Academia Nacional de Medicina

Laín avanzaba hacia una interpretación que permitiera recuperar valores intelectuales más allá de esas divisiones, aunque su planteamiento de entonces seguía condicionado por su procedencia falangista.

Su preocupación no equivalía a negar España. Precisamente porque la consideraba una realidad propia y valiosa, le inquietaba que su vida histórica hubiera desembocado en semejante desgarramiento. La existencia de un vencedor militar no bastaba, desde esa perspectiva, para resolver una fractura cultural.

También sería anacrónico atribuirle en 1949 las posiciones que desarrollaría posteriormente. El interés de su obra está en observar un pensamiento en movimiento, todavía situado dentro del marco de la victoria, pero preocupado por aquello que esa victoria no había resuelto.

Calvo Serer: una tradición desde la que construir

Calvo Serer partía de una interpretación diferente. En España, sin problema reivindicaba la tradición católica y la herencia intelectual de Menéndez Pelayo como fundamentos desde los que comprender la trayectoria nacional.

Su pensamiento de aquellos años era tradicionalista y monárquico, y se expresaba también en Arbor, la revista de ciencia, pensamiento y cultura del CSIC, en torno a la cual se había reunido un grupo de intelectuales católicos y monárquicos que aspiraba a orientar la vida cultural española. Calvo Serer acabaría dirigiéndola entre 1951 y 1953.

Rafael Calvo Serer (tercero por la izquierda de la fila inferior) en la I Semana de estudios - Residencia Jenner (6 de marzo de 1940).Prelatura Opus Dei

El título, España, sin problema, no pretendía afirmar que los españoles vivieran libres de dificultades. Su distinción consistía en separar los problemas concretos del país de la consideración de España misma como un problema histórico. Entendía que existía un sentido de la historia nacional sobre el que actuar y que la tarea consistía en afrontar las dificultades del presente desde esa certeza.

Su respuesta tenía, por tanto, una intención afirmativa: cuestionaba la necesidad de seguir buscando una solución a España cuando, a su juicio, la tradición ofrecía ya una orientación. Pero esa seguridad descansaba sobre una interpretación confesional de la identidad nacional, con las limitaciones que ello imponía al reconocimiento de otras corrientes.

Dos respuestas ante la historia

La diferencia fundamental estaba en el modo de tratar la división. Laín buscaba una superación que ampliara el patrimonio cultural reconocido como común; Calvo Serer afirmaba una continuidad histórica cuyo fundamento católico consideraba decisivo. Es decir, Laín creía que para superar la división había que reconocer como propia también la aportación de quienes pensaban de otra manera; Calvo Serer entendía que el futuro debía construirse sobre la tradición católica que, a su juicio, había dado sentido y unidad a la historia de España.

Ninguna de esas posiciones puede trasladarse intacta a la España constitucional. Tampoco sirven sus autores como representantes anticipados de nuestros partidos. Sus libros pertenecen a una dictadura y a una disputa entre sectores que actuaban dentro de aquel marco. Sin embargo, releerlos permite reconocer una costumbre que ha sobrevivido a profundas transformaciones políticas: la facilidad con la que una discusión sobre el pasado termina convertida en un examen de legitimidad nacional.

Cubierta de España como problema

El encuentro sobre la hispanidad plantea hoy quién puede definir una herencia y qué experiencias quedan fuera de su relato. La controversia de 1949 recuerda que esas preguntas afectan también a la comunidad que se quiere construir. Cada interpretación selecciona, jerarquiza y propone una relación entre lo recibido y lo venidero.

Setenta y siete años después, podemos estudiar los límites de ambas obras sin renunciar a la pregunta que las hizo posibles. Porque España tiene problemas, como cualquier país. Lo que merece explicación es nuestra persistente inclinación a preguntarnos si el problema es España.

Lo que sorprende al volver sobre aquellas obras es la distancia entre la formación intelectual que sostenía sus discrepancias y la pobreza de tantos debates de nuestra clase política actual. Con todas las limitaciones de su tiempo, Laín y Calvo Serer argumentaban desde el conocimiento de la historia y de las ideas, y sus diferencias daban lugar a libros que todavía podemos leer, comparar y cuestionar.

España, sin problema

Hoy cuesta imaginar una controversia semejante entre quienes tienen la responsabilidad de gobernarnos: la descalificación ahorra el esfuerzo de estudiar al adversario y la consigna permite salir del paso sin haber elaborado un argumento. Esa altura intelectual parece refugiada en algunos espacios del ámbito académico, y tampoco en todos, mientras el debate público se empobrece precisamente donde más consecuencias tiene.

Es una pena, porque una sociedad necesita que quienes aspiran a dirigirla tengan algo más que una respuesta preparada para la siguiente pregunta. Y a quienes ejercen semejante responsabilidad deberíamos exigirles bastante más que habilidad para ganar una discusión sin haber estudiado aquello de lo que hablan.