Emperador Carlos V (1500-58) en el convento de Yuste, 1856. Obra de Alfred W. Elmore
Los últimos días de Carlos V: por qué el emperador renunció al poder y se retiró al monasterio de Yuste
El 25 de octubre de 1555 comenzó en Bruselas la gran despedida política de Carlos V. Su retiro en Yuste llegaría después, cuando el hombre que había recorrido Europa al frente de sus dominios buscó en un rincón de Extremadura un lugar donde preparar su muerte
En Yuste, el mundo cabe en unas pocas habitaciones. Hay una iglesia, un jardín, una huerta y, más allá, el paisaje de La Vera, al abrigo de la sierra de Gredos. Hasta aquel rincón de Extremadura, próximo a Cuacos, llegó un hombre acostumbrado a que las distancias se midieran en jornadas de viaje, los problemas en guerras y las noticias en despachos que cruzaban Europa.
Ahora necesitaba tener cerca lo imprescindible: el altar. Sus aposentos se han dispuesto junto al templo para facilitar la asistencia a los oficios cuando el cuerpo ya no le permita levantarse.
Es febrero de 1557, Carlos tiene cincuenta y seis años y lleva demasiado tiempo enfermo. La gota ha convertido el movimiento en una dificultad y la fatiga acumulada durante décadas pesa sobre una vida que apenas ha conocido la quietud. El día 3 ocupa por fin la residencia que ha mandado construir junto al monasterio de los jerónimos. Quedan atrás las esperas, el viaje y el alojamiento provisional en Jarandilla. Ha llegado al lugar elegido para pasar sus últimos años. Le quedan diecinueve meses para morir.
Isabel de Portugal, su gran amor, llevaba muerta diecisiete años, nueve meses y tres días, y Carlos nunca había vuelto a casarse. Su hijo y heredero, Felipe, tiene 29 años, ha enviudado de su primera esposa, María Manuela de Portugal, está casado con la segunda, María Tudor, y tiene un heredero, don Carlos, que cuenta con once años. La herencia está, por lo tanto, asegurada. Carlos es un hombre cansado y quiere retirarse a morir en paz.
Llegada de Carlos V a Jarandilla, la última etapa de su viaje hasta el monasterio de Yust
Para entender cómo ha terminado allí hay que regresar a una sala de Bruselas y a una fecha: el 25 de octubre de 1555, de la que este domingo se cumplen 471 años.
La despedida
Aquel día, ante los Estados Generales, Carlos entrega a su hijo Felipe la soberanía de los Países Bajos. Es uno de los grandes actos de una renuncia que se desarrollará por etapas, aunque la memoria haya tendido a reunirlos todos en una sola escena: el emperador se despide, el hijo recibe la herencia y el padre toma el camino del monasterio. Entre una cosa y otra transcurrirán meses. Las coronas españolas pasarán a Felipe en enero de 1556; la renuncia imperial se tramitará por separado, en favor de Fernando, hermano de Carlos.
La ceremonia de Bruselas tiene algo de balance final. Carlos recuerda sus viajes, enumera desplazamientos y vuelve sobre los territorios recorridos. Alemania, España, Italia, Flandes, Francia, Inglaterra, África. La relación permite imaginar el esfuerzo físico que había exigido gobernar aquel conjunto de dominios: caminos, embarques, alojamientos provisionales y partidas continuas, con la siguiente urgencia esperando al término de cada trayecto. En su despedida, los viajes sirven también para explicar el cansancio y los achaques con los que justifica su decisión.
Detrás de aquella fatiga estaban las continuas confrontaciones con Francia, la amenaza otomana y la fractura religiosa abierta por la Reforma. Carlos ha vivido una Europa vibrante y en constante cambio, y su reinado ha sido de todo menos tranquilo.
Mantener unidos sus territorios y preservar la unidad de la fe había consumido buena parte de su reinado. Las victorias militares no habían proporcionado una solución duradera a todos aquellos conflictos. A mediados del siglo XVI, Carlos tenía motivos para conocer la distancia que separaba sus propósitos de lo que había podido conseguir.
Su retirada llevaba tiempo preparándose. En enero de 1554 había comunicado al general de los jerónimos su deseo de disponer de unos aposentos en Yuste. Había que construirlos siguiendo el modelo remitido y pagarlos con cargo a la tesorería real. El futuro retiro empezaba, como tantos asuntos de su gobierno, con instrucciones, obras y cuentas.
El último viaje
El 28 de septiembre de 1556 desembarcó en Laredo, pero le esperaba todavía un largo recorrido por tierras españolas antes de alcanzar Extremadura. La ruta pasa por localidades de Castilla, cruza hacia las tierras de Gredos y termina conduciéndolo a Jarandilla de la Vera. Allí se alojará en el castillo de los condes de Oropesa mientras concluyen los trabajos de su residencia. El hombre que había decidido retirarse todavía tiene que esperar para hacerlo.
La llegada definitiva a Yuste se produjo en pleno invierno. El paisaje que hoy asociamos a su descanso pertenece a una comarca de agua, gargantas y vegetación abundante, situada al sur de Gredos. Después de tantos desplazamientos, aquel espacio permite fijar una residencia y ordenar la jornada alrededor de unas dependencias cercanas, adaptadas a sus necesidades. La geografía de su vida se ha reducido de manera extraordinaria.
'Presentación de don Juan de Austria al emperador Carlos V, en Yuste'. Obra de Eduardo Rosales
Carlos conserva servidores, objetos y aficiones. Entre quienes lo acompañan figuran su mayordomo, Luis Méndez de Quijada; su secretario, Martín Gaztelu, y Juanelo Turriano, ocupado en los relojes e ingenios mecánicos que tanto interesaban al soberano. Aquel retiro necesita personas capaces de atender su casa, su correspondencia y las dificultades de un cuerpo enfermo.
Bajo las ventanas se extiende la huerta. Hay también un estanque que sirve para el riego y donde puede pescar. Son ocupaciones pequeñas para una biografía acostumbrada a las grandes empresas, pero forman parte de la vida concreta que ha elegido: una residencia junto a una comunidad religiosa, el cuidado de sus dolencias y tiempo para sus devociones. Yuste es, sobre todo, el lugar donde quiere prepararse para morir.
La política, sin embargo, sigue llegando. La correspondencia conservada con sus hijos Felipe y Juana, y con ministros y secretarios, muestra hasta qué punto continúa pendiente de los asuntos de la Monarquía. Ha entregado el gobierno, pero su experiencia y su criterio siguen teniendo peso. Las noticias encuentran el camino del monasterio y Carlos todavía tiene respuestas para ellas.
El tiempo que quedaba
En aquella última etapa conviven el antiguo gobernante y el hombre que organiza su final. La vida religiosa ocupa un lugar central, al lado de las lecturas, los objetos queridos y las aficiones que ha llevado consigo. Fuera, los conflictos continúan. Dentro, la jornada depende cada vez más de su salud.
Carlos murió en Yuste en la madrugada del 21 de septiembre de 1558, a los cincuenta y ocho años. Felipe estaba lejos, en los Países Bajos; junto al emperador permanecían su fiel Luis de Quijada y los religiosos del monasterio, y a asistirlo en sus últimas horas había acudido el arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza. En sus manos, un crucifijo lo unía a la mujer a la que había sobrevivido diecinueve años: era el mismo que había acompañado a Isabel de Portugal en su muerte y que él había conservado para cuando llegara la suya.
Carlos V Entrando en un Monasterio en San Yuste. Obra de Joaquin Agrasot y Juan
Su primera sepultura estuvo en la iglesia de Yuste, bajo el altar mayor, conforme a su voluntad. Allí permanecieron sus restos hasta que, en 1574, Felipe II ordenó trasladarlos al monasterio de El Escorial, donde también reuniría los de su madre, Isabel de Portugal. El hijo daba así cumplimiento al deseo de sus padres de descansar juntos y convertía su gran fundación en custodio de la memoria de la dinastía. Allí descansan desde entonces, aunque su ubicación definitiva en el actual Panteón de Reyes llegaría en el siglo XVII.
Felipe dispuso el luto y las solemnes exequias que se celebrarían en Bruselas en diciembre. Llevaba más de dos años al frente de los reinos heredados de su padre, pero la desaparición de Carlos cerraba definitivamente una época. Moría el único monarca de la España moderna que había ceñido la corona imperial y quedaba plenamente abierta la era del Rey Prudente.