Isabel I de Inglaterra era una adicta a los productos de cosmética para lograr un blanqueamiento extremo de su rostroWikipedia

Picotazos de Historia

De la cosmética y cómo la duquesa de Alba casi mata a su dueña

Sobrevivió la Beata y Goya pudo mostrárnosla en, al menos, dos obras suyas. Quitando este pequeño incidente queda claro que la cosmética de la duquesa de Alba era más sana y efectiva

Cinco minutos delante del televisor y te das cuenta de que la mayoría de los productos que se anuncian son de higiene personal; en segundo lugar, quedarían los cosméticos, campo en el que la supremacía absoluta la tiene las señoras, aunque los orientados a un público masculino cada vez tienen más demanda y, por último, los coches. Mención especial merecen los anuncios de preservativos y de los productos orientados a un mejor uso y disfrute de la intimidad física de la pareja moderna.

En España la cosmética tiene un enorme auge a partir del siglo XVI. Entonces, entre las señoras, el ideal de belleza era una tez pálida, mejillas ligeramente teñidas por un discreto arrebol y labios de color coral. Con el fin de estar a la moda las damas se afeitaban (de afeite, no de rasurar) con Solimán o Albayalde. Ambos son compuestos diferentes. Uno de ellos, el albayalde, primero se utilizó como producto pictórico. Muchos poetas y escritores –entre los cuales descolla el fiero don Francisco de Quevedo–, usaron este término para burlarse y hacer befa de los afeites y pinturas con las que se embadurnaba la cara las señoras, quejándose de que tanto artificio ocultaban auténticas ruinas y desgracias.

Volviendo a los dos productos, ambos compartían una función común en la cosmética, pero las dos, aunque tenían distinta composición, eran igualmente peligrosas. Incluso mortales.

El albayalde tenía como principal ingrediente el carbonato básico de plomo, producto altamente tóxico. Por su parte el Solimán se obtenía de la sublimación del mercurio, sal común y sulfato de cobre o de hierro (llamado vitriolo). El resultado se utilizaba en dosis bajas mezclado con pomadas y ungüentos para la cara y pecho. Se le atribuían unas saludables acciones exfoliantes para el cutis. La realidad semejaba más a un decapante de muebles.

Como comprenderán el uso continuado de estos productos –por no hablar de otros muchos que complementaban el desaguisado– tenía un efecto funesto en el organismo humano. El albayalde cosmético, también llamado Cerusa veneciana, acababa produciendo manchas en la piel, arrugas más profundas y corrosión cutánea. La reacción femenina ante estos problemas era ocultarlos aplicando capas más gruesas del producto para tapar el estropicio, iniciándose así un círculo vicioso que no pocas veces acababa terminando con la persona.

La victima más famosa fue la reina Isabel I de Inglaterra, aunque la primera persona oficialmente reconocida como tal por las autoridades médicas, que declararon que había muerto a consecuencia de un envenenamiento por cosméticos, fue en el año 1760. Se trató de la joven condesa de Coventry quien murió a los veintisiete años con el cutis podrido y desdentada por el uso y abuso del solimán y la cerusa. A partir de esta fecha se empezarán a eliminar el plomo y sus derivados de los cosméticos.

En la corte española también se utilizaban el solimán y el albayalde, aquí se combinaron con una rareza propia: la bucarofagia. Esta práctica consistía en comer, más bien mordisquear, pequeñas vasijas de barro llamadas búcaros. Estas tenían la función de contener aguas aromatizadas y eran de arcilla porosa para enfriar el agua. En el magistral cuadro de Diego de Velázquez, Las Meninas vemos a la camarera de la infanta Margarita –doña María Agustina Sarmiento de Sotomayor– que le está ofreciendo un búcaro sobre una bandeja a la niña.

La ingesta del barro del búcaro producía anemia, tenía efectos adelgazantes al provocar desarreglos hormonales y privar del apetito, también el abuso podía producir alucinaciones y cambios de humor. Que el abuso de esta práctica fue un problema lo sabemos por la cantidad de escritos y legislación sobre el consumo de los búcaros. El número de personas que debieron de fallecer se encontraran entre las que sufrieron envenenamiento con el resto de los potingues que la moda les imponía.

El siglo XVIII propició el abandono paulatino del uso de tan peligroso cosmético. La piel pálida seguía siendo codiciada y envidiada por las señoras, pero se buscaba una palidez sana. Una manera de resaltar esa hermosa palidez era aplicarse en las mejillas y labios el bermellón. Las jovencitas solo necesitaban de una leve aplicación en sus mejillas y otra, algo más generosa, en los labios. Las señoras mayores tendían a ponerse una mayor cantidad, junto con otros productos para aumentar la palidez, que producía un efecto exagerado como de payaso de circo.

Por supuesto nadie sospechaba que el bermellón, que se producía moliendo el cinabrio y que estaba principalmente compuesto por sulfuro de mercurio, era tremendamente tóxico. La absorción cutánea era altamente venenosa provocando llagas en la piel, debilidad en las encías que terminaban pudriendo los dientes, daños en el sistema nervioso que daban lugar a: mareos, temblores, perdida de estabilidad, desorientación, pérdida de visión periférica (ceguera en túnel), psicosis, etc.

En este tiempo, y en el plano nacional, tenemos ejemplos mucho más saludable y notablemente efectivos, incluso comparados con productos actuales. Así tenemos el caso de la curiosa «mascara de ternera» que se aplicaba todas las noches doña María del Pilar Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba.

Esta señora –musa y protectora del genial pintor Francisco de Goya– todas las noches se hacía aplicar una máscara hecha de finísimos filetes de ternera, que se sujetaban al rostro por medio de unas finas vendas de gasa o de seda.

Unas camareras de la señora, especialmente instruidas en la preparación y aplique de las lonchas de carne. las preparaban previamente. La ternera debía de ser fresquísima, cuanto más, mejor. Las finas lonchas –casi un carpaccio– se maceraban durante un par de horas en leche de burra, agua de rosas y zumo de fresas silvestres.

Antes de acostarse la señora duquesa era aderezada por sus camareras, quienes le aplicaban los filetes en la cara y los sujetaban con las mencionadas vendas. De esta guisa la señora dormía mientras la máscara funcionaba como un poderoso hidratante, al tiempo que aportaba vitamina c que daba luminosidad a la piel. El invento funcionaba y además muy bien, y sin necesidad de matar a nadie.

Bueno. Casi. Ya que una noche la señora duquesa salió de su aposento por algún ignoto motivo. En la oscuridad de la noche, que llenaba de penumbras los pasillos del palacio, quiso la mala fortuna que se cruzara con Rafaela Luisa Velázquez, llamada «la Beata», quien había criado y cuidado de la duquesa desde su más tierna infancia. La pobre señora, al encontrase con semejante aparición en medio de la oscuridad, se llevó un susto morrocotudo que la tuvo postrada varios días de la impresión y milagro fue que no la acabara en el mismo sitio.

Sobrevivió la Beata y Goya pudo mostrárnosla en, al menos, dos obras suyas. Quitando este pequeño incidente queda claro que la cosmética de la duquesa de Alba era más sana y efectiva.