This photograph shows a fire burning and destroying the city hall after a group of individuals forced entry into the building during ongoing protest action against the "high cost of living", in Limoges, central France on October 17, 2026 as part of a nationwide call for mobilisation bringing together various groups expressing their anger: former "Yellow Vest", secondary school and university students, climate activists and even farmers. After weeks of student protests, France faces broader, nationwide demonstrations on October 17, 2026 over the cost of living, setting up a potentially fraught six months heading into a presidential election. A police source told AFP that authorities estimated nearly 200,000 people could take part, with 40,000 in Paris. (Photo by Melaine PAYZAL / AFP)

Imágenes de los disturbios violentos en las calles de ParísAFP

Picotazos de Historia

​El origen de la obsesión de algunos franceses por plantarle fuego a París de forma periódica

El objetivo de estos grupos es provocar una reacción que les permita victimizarse «de la violencia que sufren» mientras ellos la practican justificadamente

Tenemos todavía recientes en las retinas las tremendas imágenes de los sucesos de Francia. El ver arder el edificio del ayuntamiento de Limoges revolvió muchas conciencias. Y es que eso no fue un acto de protesta o de reivindicación: fue un ataque a la república francesa, su orden y su ley. Sinceramente espero que a la alimaña que han capturado y hacen responsable de este acto –parece ser que es de origen español y con relación familiar con ETA y la kale borroka– le caiga encima una buena sentencia.

Pero, la verdad, es que a nadie ha sorprendido los actos y sucesos (excepto por su grado de violencia y organización de la misma) mencionados. Y es que nuestro vecino tiene ya una larga tradición de este tipo de actos. Empecemos con el siglo XIX.

Por supuesto el abuelo espiritual estaría en la Jacquerie y otras revueltas sociales pero el padre de todo empieza con la revolución francesa. Empezaremos con las revoluciones o los altercados que dieron lugar aún cambio dinástico en 1830.

Durante las llamadas tres gloriosas jornadas –días 27, 28 y 29 de julio– la burguesía parisina, junto con los estudiantes y los obreros, se unieron para protestar contra las llamadas Ordenanzas de Julio por las que el rey Carlos X pretendía recortar las libertades (prensa, sufragio restringido, reunión, etc.) y disolver la Cámara de los Diputados. Resultado: ganaron los revoltosos. Carlos X abdicó y abandonó el país, se instala una nueva dinastía representada por Luis Felipe de Orleans.

En 1848 tenemos otra vez follones en las calles. El 24 de febrero estallaron los estudiantes y los trabajadores exigiendo más libertades, ya que el gobierno de Luis Felipe había derivado en un inmovilismo político que enfadaba a muchos y no contentaba a nadie. Los ánimos se caldearon mucho más debido a una profunda crisis económica, agravada por varios años de malas cosechas que hacían que la oscura sombra del hambre se cerniera sobre el país.

El gobierno, preocupado por la cada vez mayor politización de Francia, prohibió las reuniones políticas. Ante la prohibición se reunieron en banquetes privados, que también fueron prohibidos en la conocida como «campaña de los banquetes». Este fue el detonante.

Se iniciaron protestas a las que se fueron uniendo diferentes sectores de la sociedad, todos descontentos con las políticas del gobierno. Resultado: abdicación de Luis Felipe que abandona el país. Francia pasa de monarquía a república.

Poco duró esta Segunda República ya que pronto (1852) fue sustituida un más glamuroso Segundo Imperio con Napoleón III y nuestra Eugenia de Montijo.

Napoleón III, curándose en salud, encargó al prefecto del Sena –Georges Eugene Hausmann– una reforma urbanística de la capital con el fin de terminar con las barricadas callejeras. Pues eran muy anti-estéticas para su gusto.

Hausmann derribó barrios enteros y construyó una red de vías y avenidas rectas y amplias. Esta distribución y sistema de bulevares impedía las barricadas –las vías eran demasiado anchas y habían desaparecido los barrios medievales de calles tortuosas y estrechas– al tiempo que permitía una buena movilidad y distribución de tropas y artillería. Así surgió el París que hoy conocemos.

Dejemos los follones relacionados con la gran derrota contra Alemania y que bautizaron como la Comuna de París (1871) –total, soló pegaron fuego a la ciudad– y saltemos al siglo XX donde nos encontramos con las huelgas y tumultos que organiza el Frente Popular. Los participantes descubrieron –como les había pasado a sus abuelos en 1871– que las reformas urbanísticas de Hausmann les impedía el control de los principales distritos de la ciudad.

Pasada la Segunda Guerra Mundial, que dejó conmocionada a una generación entera –y no es para menos– se dio un periodo de tranquilidad fomentada por la necesidad de reconstrucción, hasta mayo de 1968.

En principio surgió como una protesta contra la prohibición de las actividades políticas y la rigidez de las normas sociales imperantes. El movimiento estudiantil contagió a diferentes sectores de obreros y sindicatos, con lo que adquirió un aire más reivindicativo social y de mejora laboral. Pero lo que caracterizó la revuelta fue su enfrentamiento cultural: la visión de una juventud, que no ha conocido la guerra, frente a la rigidez moral y social de sus mayores. A esto le hilvanan unas exigencias laborales y tiene una imagen idealizada frente al gobierno autoritario del respetado, pero ya visto como alguien ligeramente anticuado, general De Gaulle.

Me contó un francés que, en general, se veía con simpatía a esos jóvenes idealistas que desplegaban tanta actividad como ingenio: «Se realista, pide lo imposible», «Paren el mundo que me quiero bajar», etc. Hasta que empezaron a quemar coches.

Tócale el coche a un parisino –«Ah, non monsiuer»– y la liamos. Cuando empezaron a quemar coches durante las protestas, los propietarios de los vehículos, muchos de ellos trabajadores o humildes propietarios de un pequeño establecimiento, bajaron a defender su propiedad –y motivo de orgullo en muchos casos– escopeta en mano. Ahí se fue a la porra el glamour intelectual de la gauche (izquierda en francés).

Desde el inicio del nuevo siglo Francia ha visto varias movilizaciones (2005, Chalecos Amarillos, etc.) con una característica cada vez más inquietante: la existencia de unos grupos que buscan fomentar esa violencia. Estos se infiltran en manifestaciones o huelgas, utilizando a esta como pantalla para ocultar a grupos, perfectamente entrenados en técnicas de guerrilla urbana y coordinación. El objetivo de estos grupos es provocar una reacción que les permita victimizarse «de la violencia que sufren» mientras ellos la practican justificadamente.

Otro elemento preocupante es que a la violencia organizada de estos grupos, y a los delincuentes que se apuntan esperando beneficiarse de la ganancia del río revuelto, se les ha unido un grupo cada vez más numeroso: el hijo de inmigrante, musulmán, que no se siente parte de la cultura de esa Francia que le han enseñado a odiar desde la escuela –lo más tremendo es que lo fueron por los propios profesores franceses– y que, al mismo tiempo, se encuentra desarraigado de la tierra de origen de sus padres y sin ninguna gana de abandonar las ventajas de una Europa que siente que le rechaza.

El resultado final lo están todavía evaluando. Pero ya tenemos unos dos mil detenidos, más de seiscientos policías heridos, saqueos en tiendas y establecimientos, asaltos y robos en domicilios, destrucción de propiedad pública y privada sin olvidarnos del edificio y símbolo de la ciudad de Limoges.

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