«Al ladrón no le votéis, aunque tenga la hoz y el martillo»
«Julio Anguita tenía un perfil que parecía concebido para una fotografía (...) Coincidimos tantas veces que su presencia terminó resultándome familiar. Mi primer voto, hace más de cuarenta años, fue para él...»
Julio Anguita, exsecretario general del Partido Comunista y excoordinador general de Izquierda Unida
Julio Anguita tenía un perfil que parecía concebido para una fotografía. Los ojos rasgados, la nariz aguileña, una barbilla ligeramente respingona y aquella barba que terminaba de construir el rostro de quien fue conocido como «el Califa». No necesitaba demasiadas indicaciones para entender lo que yo, como fotógrafo, pretendía. Cuando le pedí que se colocara de perfil para acentuar esos rasgos, aceptó con la naturalidad de quien conoce su propia fisonomía. «¿Me arreglo un poco la barba para que suba?», preguntó amablemente. Aquella disposición resumía una parte del personaje que conocí durante años y con el que coincidí en mil sitios: un hombre serio, extraordinariamente serio, pero respetuoso con el trabajo ajeno.
El personaje no mira al fotógrafo
La fotografía es casi una abstracción del rostro. El negro absoluto elimina cualquier referencia al lugar y convierte el perfil en una sucesión de volúmenes iluminados. La frente desciende hacia una ceja poderosa, el ojo conserva un pequeño reflejo, la nariz avanza hacia el vacío y la barba, iluminada lateralmente, dibuja una textura casi metálica. No hay gesto teatral ni sonrisa. La luz descubre la piel, sus imperfecciones y el paso del tiempo. Es un retrato cercano a la austeridad de Richard Avedon y a la intensidad psicológica que Yousuf Karsh buscaba en los rostros de quienes habían protagonizado la historia. Aquí el personaje no mira al fotógrafo. Mira hacia algo que queda fuera del encuadre.
Julio Anguita
Anguita fue una de las figuras más reconocibles de la izquierda española, secretario general del Partido Comunista y coordinador general de Izquierda Unida. Perteneció a una generación de políticos que entendían el Parlamento como escenario de confrontación intelectual. En las antípodas ideológicas estaba Manuel Fraga, contemporáneo suyo y representante de otra tradición política. Ambos podían resultar incómodos, vehementes o inflexibles, pero conocían sus argumentos y disponían de una formación que permitía discutir ideas antes que limitarse a intercambiar descalificaciones. En tiempos de discursos broncos y frases fabricadas para descalificar personalmente y circular por las redes sociales, aquella exigencia intelectual adquiere una dimensión que quizá no supimos valorar.
«No volví a votarle...»
Conocí a Anguita en circunstancias muy diferentes. Era serio en su partido, en el Congreso, en la universidad y delante de una cámara. También conocí directamente parte de su intrahistoria familiar, aunque no corresponde contarla aquí. Coincidimos tantas veces que su presencia terminó resultándome familiar. Mi primer voto, hace más de cuarenta años, fue para él. Era joven, me creía revolucionario dentro de mi ignorancia y aquella decisión provocó incomprensión en algunos de mis círculos. No volví a votarle, pero conservé durante mucho tiempo una admiración que quizá estaba alimentada también por el deslumbramiento profesional de mis primeros años.
Había algo extraordinario en pasar de contemplar a determinados personajes por televisión a tenerlos sentados frente a mi objetivo, obedeciendo indicaciones sobre la posición de una mano o la inclinación de la cabeza. Los focos de la fama iluminaban a quienes retrataba, pero también podían deslumbrar al fotógrafo. Al pasar los años, sin superar la ignorancia, aprendí que la proximidad no siempre confirma las admiraciones. A veces las destruye. Es lo de siempre, los ídolos con pies de barro.
La primera grieta importante apareció en La Habana, donde yo vivía como periodista. Anguita había viajado a Cuba en una visita oficial y, durante una conversación grabada en la sede de la Asamblea Nacional, después de una reunión de Anguita con el Presidente de la Asamblea, Ricardo Alarcón; en ella mis interlocutores comunistas confirmaron que el líder no tenía previsto reunirse con los dirigentes de la oposición cubana. Publiqué aquella información porque era noticia, no porque pretendiera incomodar a nadie.
Esa noche del mes de julio estaba invitado a cenar con la delegación y otros periodistas en un paladar habanero. Cuando llegó Rosa Aguilar y me vio sentado en la misma mesa en la que iban a estar ellos, se produjo una situación desagradable: los responsables de la expedición se negaron a compartir mesa conmigo. Horas después llegó una disculpa por aquella falta de respeto. La acepté, pero algo había cambiado. Nunca he considerado que un periodista deba pagar con su silencio la confianza que le concede una fuente o la cordialidad que le dispensa un político.
Tiempo después viajé a Nueva York para visitar a mi amigo Julio Anguita Parrado, hijo del dirigente comunista, que entonces vivía allí. Compartimos comidas, cenas, paseos y largas conversaciones. Lo que escuché durante aquellos días pertenece a un ámbito personal que no voy a reproducir. Pero aquella experiencia terminó de modificar profundamente mi percepción de su padre.
Hoy observo este retrato y sigo reconociendo su fuerza. La fotografía conserva intactos el carácter, la geometría del rostro y aquella mirada concentrada que tanto me interesó. Lo que ha cambiado no está en la imagen, sino detrás de mis ojos.
Quizá ésa sea una de las grandes paradojas del retrato: la cámara puede conservar para siempre la admiración de un instante, aunque la vida se encargue después de desmentirla.
Recordándole hoy, aprovecho por interés en estas fechas, para recordar su frase «al ladrón no le votéis, aunque tenga la hoz y el martillo». Sobran explicaciones, es válida para hoy más que entonces. Ya saben lo que tienen que hacer.