Civilización y barbarie: un viaje a Aquisgrán en busca de la Europa perdida

La primera Europa la fundó un bárbaro de dos metros de altura imbuido de cultura latina y coronado imperator romano por el Papa: Carlomagno. Una Europa cristiana cuyo epicentro estaba, paradójicamente, en el antiguo limes romano contra la barbarie, es decir, a orillas del Rin

Interior de la capilla palatina de Aquisgrán

Interior de la capilla palatina de Aquisgrán

La semana pasada estuve en Aquisgrán. Palabras mayores para un medievalista como yo. En realidad, para todo europeo que se precie, pero hoy en día pocos son conscientes de ello. El motivo de mi viaje era visitar a mi hijo mayor, que está cursando su año de Erasmus en una universidad de la región de Renania del Norte-Westfalia, el Land donde está Aquisgrán (Aachen).

En mi equipaje llevaba, como siempre, unos cuantos libros para amenizar el viaje. Uno de ellos era una lectura largamente aplazada. Es un libro relativamente desconocido de cuya existencia tuve noticia gracias a que está en la lista de cien libros del gran Borges, quien además lo tradujo del francés al español.

Su título es potente: Un bárbaro en Asia. Fue escrito en 1933 por el pintor y escritor Henri Michaux y es un bello relato de su viaje a China y la India en el que «el bárbaro» es él, el viajero europeo, hijo de la Revolución Francesa, que visita civilizaciones milenarias ajenas a la idea de progreso. Civilización en el Extremo Oriente tiene una carga semántica de enorme profundidad.

Henri Michaux

Henri Michaux

El primer capítulo comienza fuerte: con la populosa Calcuta, a la que describe como «la ciudad más repleta del universo», la ciudad de los «treinta millones de dioses». Un hormiguero humano, una «ciudad de multitudes» que «se bañan en sí mismas», un «torrente de vida», de hombres (no ve apenas mujeres, recluidas en sus casas) «francos, insolentes, cobardes, huraños, nunca deshechos, nunca agotados, sin destino, nunca desamparados». En Calcuta, «el que tiene ganas de cantar, canta; de rezar, reza, a voz en cuello; de vender, vende».

Cuando metí el libro en la maleta, junto a la Vida de Carlomagno de Eginardo, pensé que me vendría bien una lectura que no tuviese nada que ver con el viaje que me disponía a realizar. Viajo, me decía a mí mismo, al país menos «asiático» de Europa, la ordenada, eficiente y kantiana Alemania.

Tengo que decir que mi primera experiencia «asiática» la tuve ya en el metro de Madrid en dirección al aeropuerto. Como saben los atribulados usuarios madrileños del suburbano, en hora punta, multitudes abigarradas de los cinco continentes que vociferan por el móvil en diez lenguas distintas pugnan primero por conseguir entrar en el vagón y, una vez conseguido, por estar de pie con un mínimo de dignidad sin que te pisen o te den codazos. Tras convivir con la horda «asiática» en el metro, la terminal 4 de Barajas me pareció un oasis cartesiano de silencio y civilización. «El hormiguero ha quedado atrás», me dije para mis adentros, «me espera Alemania».

Llegada a Düsseldorf, donde me encuentro, emocionado, con mi hijo. El viaje a Aquisgrán estaba previsto para el día siguiente, así que nos disponemos a aprovechar la noche viendo un partido de fútbol en el estadio con más ambiente de Alemania: el Westfalenstadion, donde el Borussia Dortmund (club que siempre me ha sido simpático por llevar los colores del Sacro Imperio) jugaba contra el Werder Bremen.

El viaje de ida a Dortmund en un tren abarrotado desde Düsseldorf me recordó bastante a mi experiencia en el metro de Madrid. Pero el regreso, ya eran las doce de la noche, me trajo a la memoria lo que había estado leyendo a Michaux sobre Calcuta. Una masa abigarrada y apelotonada en el tren nocturno, donde se mezclaban hooligans en estado de embriaguez (alemanes gigantescos y sudorosos) y decenas de pasajeros cabizbajos con aspecto hindú o paquistaní (que no venían del fútbol, sino que regresaban de sus trabajos), nos «acompañó», apretados unos contra otros, sin apenas espacio para respirar.

Carreras para entrar en el tren a codazos para no quedarse fuera (era el último de la noche), restos de vómito en el suelo del vagón, gente inconsciente sentada en el suelo, una hora de retraso respecto al horario previsto… A este cuadro dantesco de un viaje infernal solo le faltaba que hubiese habido pasajeros sentados en el techo del tren para completar el estereotipo que tenemos los europeos sobre una situación «tercermundista».

A Dios gracias, el viaje del día siguiente a Aquisgrán fue un oasis. Tren impoluto, en absoluto silencio y puntual. El silencio es civilización. Y Aquisgrán resultó ser una bella ciudad decimonónica, tranquila, limpia y acogedora. Por supuesto, eso a mí no me importaba demasiado.

Yo no había ido a visitar un paraíso burgués del siglo XIX, sino el Templo de Salomón de la Alta Edad Media occidental, la capilla palatina de mi admirado Carlomagno. Una visita que llevaba esperando treinta años, desde que le dediqué uno de los capítulos de mi tesis doctoral.

Capilla palatina de Aquisgrán

Capilla palatina de Aquisgrán

El momento largamente esperado por fin llegó y pude entrar en la capilla. Aunque pude admirar la belleza inenarrable del templo, la horda de turistas, mayoritariamente japoneses, que en ese preciso momento abarrotaba el recinto arruinó para mí cualquier posibilidad de «síndrome de Stendhal».

«Multitudes en el metro, multitudes en el tren y multitudes en el santuario», pensé frustrado. Cuando conseguí sentarme, hice un esfuerzo por abstraerme del ruido y de los móviles que disparaban fotos. Traté de pensar en que estaba en un lugar único y sagrado. El lugar donde se custodian las reliquias de Carlomagno, Pater Europae; el lugar donde eran coronados antaño los reyes de Romanos (incluido nuestro César, Carlos V); el lugar donde nació Europa, en resumidas cuentas.

Aquí se promulgó en el mes de julio del año 817 la que algunos historiadores consideramos la primera «Constitución Europea» (con muchas comillas): la llamada Ordinatio Imperii.

La primera Europa la fundó un bárbaro de dos metros de altura imbuido de cultura latina y coronado imperator romano por el Papa: Carlomagno. Una Europa cristiana cuyo epicentro estaba, paradójicamente, en el antiguo limes romano contra la barbarie, es decir, a orillas del Rin. Un imperio construido en las brumas del norte frente a la amenaza de un pujante islam que se enseñoreaba del Mediterráneo, antigua cuna de la civilización occidental, entonces conquistada por la media luna.

Carlomagno,

Carlomagno,

Ahora bien, con el tiempo, los monjes benedictinos de esa «Europa asediada» aprenderían álgebra y astronomía de los árabes. Y el propio Carlomagno intercambiaría embajadas con el califa de Bagdad, Harún al-Rashid. Fruto de una de esas embajadas fue el regalo de un elefante, un animal nunca visto que causó maravilla en la corte y se convirtió en una especie de mascota de Carlomagno.

Reza la leyenda que otro obsequio califal fue un juego de ajedrez, acaso el primero que llegó a la Europa cristiana y que sería custodiado en la abadía de Saint-Denis hasta que otras hordas, las jacobinas, saquearon el monasterio en 1793.

Civilización y barbarie, tradición y ruido, orden y caos, el individuo silencioso y la muchedumbre vociferante siempre han ido de la mano a lo largo de la historia. En mi viaje a Aquisgrán tuve ocasión de recordarlo. Con todo, hay algo mucho peor que el hormiguero humano: la jauría humana, como acabamos de comprobar con los recientes disturbios callejeros en Francia.

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