El instante decisivoFernando Quintela

El Paco Umbral más desconocido: whisky, provocaciones y una fotografía que nunca vio la luz

Paco Umbral escribía como vivía, o quizá vivía como escribía. Nunca llegué a saber dónde terminaba el hombre y empezaba el personaje. Sospecho que él tampoco tenía demasiado interés en distinguirlos

Paco Umbral, el hombre que nunca pidió permisoFernando Quintela

Paco Umbral tenía la virtud de convertir cualquier situación cotidiana en un acontecimiento literario. Podía estar sentado en su casa, con una copa de whisky, hablando de sexo, de literatura o de cualquier disparate, y uno tenía la sensación de estar asistiendo a la elaboración de una de sus columnas.

Era un hombre divertido, socarrón, excesivo, provocador y, cuando quería, extraordinariamente acogedor. Como Camilo José Cela, podía ser una mala bestia brillante. Pero Umbral añadía algo que no siempre encontraba en otros personajes: la complicidad. Eso sí, había que caerle bien. Paco era selectivo y no disimulaba cuando alguien le incomodaba.

Me gustaba fotografiarlo. Tanto que llegaba a su casa una hora, a veces más, antes de la cita. Sabía que aquel tiempo de espera nunca sería tiempo perdido. Teníamos cierta confianza, la suficiente para que me dejara curiosear entre los papeles de su mesa camilla, donde convivían la máquina de escribir, los libros, los manuscritos y una poltrona desgastada.

Allí estaba el Umbral que me interesaba, el que trabajaba y el que representaba, porque en él ambas cosas resultaban inseparables. Y siempre aquella bufanda, incluso para ir al baño, como si fuera una prolongación de su anatomía.

El día de esta fotografía me recibió con uno de sus encargos habituales: «España, dale dinero a Fernando y que vaya a comprar tres botellas de Chivas. Van a venir dos personas más y una es para mí».

España era María España Suárez, su mujer, una presencia esencial en aquella casa y en su vida. Compré las botellas y regresé para esperar a los invitados. Mientras tanto, Paco me contaba sus ejercicios sexuales sobre una mesa del salón que había sido la puerta de madera de un viejo convento, cubierta después con un cristal.

«¡Bien te lo pasabas ahí, eh, España!», decía entre carcajadas. Lo contaba detrás de aquellas gafas cuyos cristales parecían los culos de dos botellas de champán. En Umbral, la obscenidad nunca estaba demasiado lejos de la literatura, ni la literatura de una carcajada.

La fotografía tiene algo de escenario teatral. Umbral ocupa el extremo derecho de un gran sofá de mimbre cuya estructura curva domina toda la composición. El entramado de líneas negras forma una geometría casi obsesiva, una especie de telaraña que envuelve al escritor sin atraparlo.

Su brazo izquierdo se extiende horizontalmente hasta tocar el respaldo, mientras la otra mano descansa sobre la pierna cruzada. La camisa blanca introduce una diagonal luminosa que atraviesa el encuadre y conduce directamente al rostro.

El blanco y negro acentúa el contraste entre la complejidad del mimbre y la rotundidad del personaje. No hay sonrisa. Mira a la cámara con una gravedad que contradice al hombre que acababa de contarme sus aventuras domésticas. Esa contradicción me interesa especialmente: la fotografía fija una solemnidad que la memoria se encarga de desmontar.

Richard Avedon habría reconocido en aquella postura la voluntad de un personaje de construir su propia imagen. Irving Penn, probablemente, habría disfrutado con la relación entre el cuerpo y la arquitectura del asiento. Yo solo quería que Paco siguiera siendo Paco.

En otra visita, mientras esperábamos a los demás, me hizo una propuesta inesperada: «Voy al retrete. ¿Quieres hacerme una foto de espaldas?».

Lo acompañé. Se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y comenzó a orinar. La camisa le tapaba el trasero. Disparé. Aquella fotografía no se publicó y, por el momento, tampoco se publicará. La conservo en algún lugar de mi trastero, entre miles de negativos que ya no sé dónde guardar.

No era una extravagancia aislada. Umbral llegó a protagonizar situaciones semejantes en el entierro de Dámaso Alonso, en el cementerio de La Almudena, y en la Feria del Libro, mientras esperaba a los Reyes Juan Carlos y Sofía. Lo extraordinario es que convirtió aquellos episodios en literatura.

En Las palabras de la tribu cuenta también cómo, mientras él orinaba, Antonio Buero Vallejo me sacaba de una tumba. Había pisado una lápida vieja y musgosa que se rompió bajo mis pies. Acabé dentro. Son cosas que difícilmente aparecen en una biografía convencional, pero que explican mejor a determinados personajes que una relación de premios y honores.

La televisión también conoció esa personalidad indomable. Su célebre «Yo he venido aquí a hablar de mi libro», dirigido a Mercedes Milá, quedó incorporado al lenguaje popular como expresión de quien se niega a aceptar el guion ajeno. Aquella intervención parecía una salida de tono, pero contenía algo profundamente umbraliano: el escritor reclamaba el protagonismo de su obra y convertía su enfado en espectáculo.

Umbral hizo de sí mismo un personaje literario, con sus excesos, su vanidad, su inteligencia y sus contradicciones. No necesitaba resultar simpático a todo el mundo. Tampoco parecía especialmente preocupado por conseguirlo.

Cuando miro esta fotografía, recuerdo mucho más que una sesión de retratos. Recuerdo el whisky, la máquina de escribir, la mesa del convento, las carcajadas, los silencios y aquella libertad para comportarse sin pedir permiso.

Paco Umbral escribía como vivía, o quizá vivía como escribía. Nunca llegué a saber dónde terminaba el hombre y empezaba el personaje. Sospecho que él tampoco tenía demasiado interés en distinguirlos.

Una precisión para la publicación: el episodio de «he venido a hablar de mi libro» ocurrió el 21 de abril de 1993, en Queremos saber, de Antena 3, no de Televisión Española. Umbral acudió para hablar de La década roja. La escena y la personalidad provocadora del escritor están documentadas por RTVE y la prensa de la época.