La protección bienes culturales en la iglesia de San Francisco el Grande durante la Guerra CivilMinisterio de Cultura

La célula secreta de Falange que convirtió San Francisco el Grande en una base de espionaje en la Guerra Civil

Durante la Guerra Civil, San Francisco el Grande custodió algunas de las grandes joyas del patrimonio artístico español mientras, en sus propias dependencias, se organizaba una célula clandestina de la Quinta Columna

En julio de 1936, tras el estallido de la Guerra Civil, los doce franciscanos de San Francisco el Grande abandonaron el convento después de sufrir registros y arresto domiciliario. Tres de ellos, Carmelo Soto, Florencio Pérez de Nanclares y Manuel Torres, serían asesinados en Paracuellos del Jarama.

La marcha de la comunidad marcó el comienzo de una transformación insólita, pues el templo, una de las grandes joyas arquitectónicas de Madrid, acabaría acogiendo uno de los mayores depósitos de obras de arte de la capital. Pero ¿quién habría imaginado que también se organizaría en su interior una célula clandestina de la Quinta Columna?

Su valor arquitectónico y pictórico convertía a la iglesia en un bien que merecía protección por sí mismo, pero sus dimensiones también permitían almacenar piezas amenazadas por los saqueos y bombardeos. La Junta encargada de salvaguardar el Tesoro Artístico habilitó la iglesia y su cripta como depósito de obras procedentes de conventos, templos, palacios y colecciones particulares.

Allí se reunieron pinturas, esculturas, objetos religiosos y muebles de excepcional valor, además de los carruajes del Palacio Real que aparecen bajo su cúpula en una célebre fotografía de septiembre de 1937.

Para dirigir aquel extraordinario depósito, la Junta recurrió a Francisco Ordeig Ostembach, arquitecto valenciano que ejercía como inspector-conservador de San Francisco el Grande desde 1919 y conocía a fondo su riqueza artística.

Hombre de sólida formación cultural, había impartido clases de dibujo, geometría y arquitectura, y su nombramiento como delegado depositario en diciembre de 1936 contó con el respaldo de Alejandro Ferrant, miembro de la Junta y amigo personal suyo.

Su labor no se limitó a inventariar y custodiar las colecciones, pues también colaboró con jóvenes arquitectos como Fernando Chueca y Julián Navarro en la recuperación de bienes religiosos de distintas iglesias madrileñas amenazadas por la destrucción. Tal era su empeño por conservar aquel patrimonio que incluso llegó a ocultar una treintena de códices hispanoárabes de El Escorial para impedir que fueran trasladados al extranjero.

Estatuas de piedra recogidas por la Junta y depositadas en San Francisco el Grande, primeros de septiembre de 1937Archivo Junta del Tesoro Artístico

La familia Ordeig vivía en unas dependencias contiguas al templo, circunstancia que permitía al arquitecto vigilar de cerca las obras y a su hijo Francisco, de diecinueve años, desarrollar una actividad clandestina que pronto adquiriría mayores dimensiones. El muchacho, afiliado a Falange desde antes de la guerra, encontró un aliado en Asterio Espejo, cabo de la Guardia Nacional Republicana encargado precisamente de custodiar el depósito.

Junto a algunos amigos, comenzaron a reunirse alrededor de la mesa camilla familiar para escuchar las emisiones de Burgos y Salamanca. Después, Francisco copiaba los partes de guerra y se los leía discretamente a algunos empleados en el cuarto de la luz, procurando no despertar sospechas.

De aquellas reuniones surgió la 15.ª Bandera de Falange, que a comienzos de 1937 terminó uniéndose a otra célula formada por estudiantes de Chamberí. Sus integrantes creían cercana la entrada de las tropas nacionales en Madrid y pretendían colaborar con ellas cuando llegara el momento, aunque también se habían marcado como objetivo principal conservar intacto el extraordinario tesoro artístico que custodiaba San Francisco el Grande.

Bajo la dirección del joven Ordeig, el grupo fue ampliando sus contactos y comenzó a reunir armas y municiones, además de obtener información militar que, al menos en una ocasión, consiguió llegar hasta las líneas sublevadas. Su padre conocía aquellas actividades y, según declararía después de la guerra, también había tratado de establecer contactos para evitar que el templo fuese bombardeado.

Mientras tanto, la organización falangista había ido creciendo y sus actividades comenzaron a despertar sospechas. Varios centinelas republicanos aseguraron haber observado señales luminosas desde las alturas de San Francisco el Grande hacia las posiciones franquistas de Cuatro Vientos, con aparentes respuestas desde el otro lado del frente.

Aunque algunos miembros del grupo habían realizado pruebas con un heliógrafo, no consta que llegara a funcionar. Los Servicios Especiales decidieron entonces enviar a dos agentes al destacamento de vigilancia del templo, presentándolos como guardias de refuerzo. Estos fingieron simpatizar con los sublevados y no tardaron en ganarse la confianza de Espejo y de los jóvenes falangistas.

Durante semanas, los dos infiltrados compartieron conversaciones con los miembros de la organización mientras enviaban informes a sus superiores. La confianza llegó tan lejos que uno de ellos convenció a varios jóvenes de que podía facilitarles armas a través de un contacto en el Ministerio de la Guerra.

San Francisco el Grande, nave central y capillas, sept. 1937Archivo Moreno

Tres aceptaron acompañarlo hasta allí y permanecieron esperando en la calle mientras su supuesto compañero realizaba las gestiones. Media hora después fueron detenidos por los agentes que llevaban tiempo vigilando sus movimientos.

Era finales de mayo de 1937 y aquella operación continuó con el registro de la vivienda de los Ordeig, donde padre e hijo fueron arrestados junto a otros integrantes de la red. En total, 38 personas fueron detenidas, mientras que las investigaciones también alcanzaron a los hermanos Ferrant, puestos en libertad pocos días después.

Tras meses de prisión, en mayo de 1938 un tribunal absolvió a Francisco Ordeig Ostembach y condenó a su hijo a treinta años de cárcel por conspiración para cometer espionaje. Sin embargo, el joven logró escapar de su cautiverio a comienzos de 1939 y, después de permanecer varios días escondido, consiguió alcanzar las líneas nacionales.

Terminada la contienda, Francisco Ordeig regresó a Madrid y continuó desempeñando su labor como conservador de San Francisco el Grande, cuya restauración dirigió en 1940.

Su empeño, compartido con otros conservadores, contribuyó a preservar una de las grandes joyas del patrimonio artístico español y numerosas obras que, de otro modo, podrían haber sufrido pérdidas irreparables, como sucedió con tantos edificios religiosos de la capital durante la guerra.

Hoy, quien contempla la imponente cúpula de San Francisco el Grande difícilmente imaginaría que aquel mismo lugar fue escenario de una historia que bien podría parecer sacada de una película.

Entre pinturas, esculturas y carruajes reales, un grupo de jóvenes organizó una red clandestina que terminó siendo descubierta por agentes infiltrados, mientras un arquitecto se esforzaba por proteger el extraordinario patrimonio que tenía bajo su responsabilidad. Y, sin embargo, todo aquello ocurrió realmente, como tantas otras historias que la Guerra Civil dejó escondidas entre los muros de los monumentos españoles.