Entrada de Roger de Flor en Constantinopla, de José Moreno Carbonero. 1888
Cuando Atenas fue española: los almogávares que conquistaron Grecia para la Corona de Aragón
Desde 1312, las barras de la enseña de Aragón ondearon en la Acrópolis. El ducado de Neopatria, creado en 1319, quedó unido al de Atenas y en 1379 quedó vinculado directamente a Aragón con Pedro el Ceremonioso, hasta su pérdida en los años 1388
El duque contempló la llanura desde su enorme destrero engalanado para la ocasión. Al final de la explanada, aquellos zarrapastrosos hispanos habían levantado algunas estacas y empalizadas. Como si esos tristes palos fuesen a contener a la poderosa caballería pesada francesa.
Además, al verlos llegar, sus aliados, los jinetes mercenarios de etnia turca, habían puesto pies en polvorosa, conscientes de ser cuatro gatos frente a sus dos mil caballeros fuertemente armados y sus ocho mil infantes. Más del doble de las tropas montañesas. Por si todo eso fuese poco, los muy torpes estaban encajonados por el río Cefiso y el lago Copaide. No tenían huida, así que los mataría como a las alimañas que consideraba que eran.
Ordenó cargar a la primera compañía de caballeros. Unos mil jinetes salieron en tromba contra los pirenaicos. Con suerte, los pondrían en fuga y, al tropezar con el río, los ensartarían con facilidad. Pero aquellos rudos mercenarios contemplaron impávidos la carga.
Pedro III el Grande en el collado de las Panizas
Los francos desconocían que, al igual que habían hecho durante las guerras médicas los atenienses en Maratón, apenas unos 100 kilómetros más al sur, pero unos 1.800 años antes, los montañeses habían desviado parte del río para inundar la explanada, convirtiéndola en un lodazal.
A medida que avanzaba la caballería, los corceles de guerra iban aminorando el paso hasta quedarse prácticamente retenidos en el lodo. Entonces sonó el atronador grito de guerra en las filas almogávares, mientras golpeaban con furia sus lanzas contra el suelo: «¡Desperta ferro!». Al que siguieron los de «¡Aragó!» y «¡Sant Jordi!», para, renglón seguido, lanzarse a degüello contra los caballeros de pesada armadura, a los que no tuvieron mucha dificultad en descabalgar e introducir sus afiladas dagas a través del alpartaz.
Ante el mal cariz que tomaban los acontecimientos, el duque de Atenas persistió en el error y, poniéndose al frente, cabalgó con el resto de la caballería pesada en defensa de sus jinetes. Sin embargo, en aquel lodazal, la vestimenta ligera y humilde de los montañeses suponía una ventaja definitiva frente a las monturas y las armaduras de los francos.
Los turcópolos, que se habían retirado a orillas del río, viendo la masacre que estaban perpetrando los mercenarios hispanos, se les unieron nuevamente, olisqueando la victoria. La caballería almogávar y la turcópola cargaron entonces contra la infantería franca, que, viendo a su líder caído y a sus nobles masacrados, optó por la desbandada. La caballería pesada había sido arrasada por la infantería de aquellos toscos mercenarios.
Así concluyó la batalla del río Cefiso. Corría el año 1311. El ducado de Atenas era suyo y ellos lo transmitieron a su señor, el hijo de Pedro III de Aragón, Federico II de Sicilia, que, a su vez, transfirió el ducado a su hijo Manfredo. De esa manera, y desde 1312, las barras de la enseña de Aragón ondearon en la Acrópolis. El ducado de Neopatria, creado en 1319, quedó unido al de Atenas y en 1379 quedó vinculado directamente a Aragón con Pedro el Ceremonioso, hasta su pérdida en los años 1388 (Atenas) y 1390 (Neopatria).
Pero ¿cómo se había llegado a la conquista de Atenas? ¿Quiénes fueron los almogávares y qué hacían en el Mediterráneo oriental, tan alejados de sus montes pirenaicos?
Almogávares en Mallorca, siglo XIII
Los almogávares eran originarios de los Pirineos orientales. Rudos hombres de frontera, fundamentalmente catalanes, aunque no solo, habituados a luchar fundamentalmente contra los musulmanes. De hecho, el nombre proviene del árabe muġāwir, es decir, «el que ataca por sorpresa», ya que efectivamente eran expertos en emboscadas. Aunque tampoco hacían ascos a los saqueos y ataques a cristianos.
Se trataba de tropas ligeras, muy móviles y efectivas, aunque levantiscas e insubordinadas en ocasiones. Dada su eficacia en combate, los monarcas aragoneses decidieron utilizarlos en las conquistas de Baleares y Valencia. Participaron con Pedro III en la guerra por Sicilia, tras las denominadas Vísperas Sicilianas, el 30 de marzo de 1282 en Palermo, cuando la nobleza le ofreció al monarca aragonés la corona de la isla.
Las Vísperas sicilianas (1846), de Francesco Hayez
El fin de la guerra, en 1302, dejó sin oficio a estos mercenarios. Un destacado hombre de armas siciliano, antiguo caballero templario, Roger de Flor, les ofreció oficio como combatientes del emperador bizantino Andrónico II Paleólogo contra sus enemigos turcos. Se creó así la denominada Gran Compañía Catalana.
La Compañía consiguió importantes victorias sobre los turcos de Anatolia, pero algunos saqueos y desmanes protagonizados contra los locales, por no recibir las soldadas, provocaron que, mediante una treta, Miguel IX, hijo de Andrónico, se cargase a Roger de Flor y a sus principales capitanes, descabezando por completo a la Compañía. Los supervivientes, dirigidos primero por Berenguer d'Entença y después por Bernat de Rocafort, iniciaron entonces una guerra de represalias contra los bizantinos, conocida como la Venganza Catalana.
Miguel IX pensó erróneamente que, tras eliminar a su líder y a sus cien principales guerreros, el resto de los mercenarios huirían para ponerse a salvo. El bizantino, sin embargo, no sabía con quién se las estaba jugando. Los almogávares, lejos de amilanarse, resistieron primero al asedio de las fuerzas imperiales en Galípoli, para pasar al contraataque en la batalla de Apros, donde, en 1305, derrotaron a las huestes de Miguel IX, muy superiores en número, que debió huir herido y sin ejército de la refriega.
A partir de entonces, los montañeses se enseñorearon de Tracia y los siguientes años se dedicaron a la rapiña y al saqueo, no solo, justo es decirlo, contra autoridades y palacios imperiales, sino también contra la población civil, que nada había tenido que ver en la cobarde emboscada a Roger de Flor y a su séquito.
Fue en este punto cuando el duque de Atenas, el francés Gualterio V de Brienne, los contrató para combatir a su gran enemigo griego, Juan II Ducas, señor de Tesalia. Una vez más, los fieros almogávares derrotaron a los tesalienses y ocuparon las principales fortalezas, obligando al atribulado Juan II a pedir la paz. Y una vez más, también, el duque de Atenas cometió el mismo error de los bizantinos y se negó a satisfacer las pagas atrasadas. El enfrentamiento se solventó en la batalla del río Cefiso con la muerte de Brienne y la toma de Atenas.
Así, durante casi un siglo, en los territorios de los ducados de Atenas y Neopatria, el catalán se convirtió, junto al latín, en el idioma de la Administración. Se introdujeron instituciones y costumbres jurídicas propias de los territorios de la Corona de Aragón y la Acrópolis pasó a ser sede de la Administración aragonesa. De hecho, en un documento enviado en 1380 a Pedro IV (elogio de la Acrópolis), se señalaba que era el monumento más preciado del planeta y que debía conservarse para mayor gloria de esa Corona hispana.
Aunque en la actualidad no existen vestigios materiales en Atenas, en Neopatria, la actual Ypati, sí existen restos de castillos usados por los catalanoaragoneses, muchos de los cuales fueron reforzados o ampliados por estos, como los de Ypati, Lamia o Livadiá, así como fortificaciones en Daulis y Styria.
Además de abundante documentación de la época, en el siglo XIX se descubrió en Atenas un fresco que pasó a ser conocido como la «Virgen de los catalanes» (actualmente en el Museo Bizantino y Cristiano de Atenas), aunque algunos expertos en arte medieval dudan de que sea de la Atenas aragonesa. Pocos vestigios, pero, con sus luces y sus sombras, una asombrosa historia la que encierra esa gran parte de Grecia que durante casi un siglo fue aragonesa.