El Buen Maharajá, Jam Sahib Digvijaysinhji, con niños polacos tras una función teatralMuseo Kresy-Syberia

Picotazos de historia

El héroe de la India que salvó a mil niños polacos perseguidos por Stalin durante la Segunda Guerra Mundial

En plena Segunda Guerra Mundial, un maharajá indio desafió a las autoridades británicas para acoger a más de mil niños polacos y, terminada la contienda, los protegió de las reclamaciones de la Unión Soviética

Tras la firma del llamado Pacto Ribbentrop-Mólotov, en agosto de 1939, por el cual Alemania y la Unión Soviética se comprometían a mantener la paz entre ellos durante un periodo de diez años, se entregaron a Stalin Estonia, Letonia, Besarabia, Finlandia y el este de Polonia.

Después de la invasión alemana y posterior invasión del este de Polonia por las tropas soviéticas, Stalin declaró la «no existencia» de este país. Los habitantes de los territorios anexionados inmediatamente pasaban a tener la ciudadanía soviética, por lo que cayó sobre millones de ellos la persecución, la deportación y el encarcelamiento.

En 1941, las tropas alemanas invadieron la Unión Soviética, declarando nulo el pacto de no agresión de 1939. Stalin empezó a buscar aliados desesperadamente para intentar sobrevivir a las aparentemente invencibles fuerzas del Eje, que se estaban comiendo con patatas a su purgado ejército.

Uno de los acuerdos que firmó fue el llamado Sikorski-Mayski, con el primer ministro del Gobierno polaco en el exilio. El acuerdo partía de la nulidad del Pacto Ribbentrop-Mólotov y, entre otras cosas, se acordaba reconocer la nación polaca y liberar a los prisioneros, detenidos y deportados que anteriormente hubieran tenido esta nacionalidad.

Stalin «amnistió» a los polacos y abrió los gulags. De entre los liberados había un grupo que era el más vulnerable y el patéticamente más inocente: el formado por los niños huérfanos de entre tres y quince años de edad. Eran los restos de familias desarraigadas y destrozadas. En muchos casos habían visto a sus padres morir asesinados por sus captores o lentamente de hambre, enfermedades o agotamiento. Todo ello sin comprender el mundo de los adultos.

Unos miles de estos niños –demacrados, famélicos y enfermos– fueron conducidos y protegidos por el recién formado ejército polaco del general Wladislav Anders hasta la frontera de Irán.

El general Wladislav Anders

Las tropas, recién liberadas, de Anders no podían cuidar de los niños, ya que tenían que combatir a los alemanes –de hecho, tuvieron una actuación destacadísima en Montecassino–, y el Gobierno de Teherán carecía de recursos para atender a los miles de refugiados que diariamente cruzaban la frontera. Una de las últimas actuaciones de Anders fue –junto con el representante del Gobierno polaco en Teherán, el delegado consular polaco en Bombay y la Cruz Roja Internacional– la de fletar un par de barcos con destino a Bombay.

El motivo de esta elección residía en que Bombay era el puerto comercial y logístico más importante de la India. El cónsul polaco en la ciudad –señor Banasinski– pretendía hacer de esta ciudad el centro de recepción de niños polacos exiliados y desde este punto organizar la distribución por la India y otros países.

Cuando llegaron los dos primeros barcos cargados con cientos de niños –harapientos, famélicos y enfermos de disentería, tifus, etc.–, las autoridades británicas los rechazaron. Alegaron que carecían de las infraestructuras necesarias y de suministros, por lo que prohibieron su desembarco y se olvidaron de ellos.

Entre tanto, las privaciones que habían sufrido y las enfermedades se cobraban un tributo diario entre los ahora conocidos como «niños de Teherán». Un barco que destacó por esta patética carga fue el USS Hermitage.

En medio de esta situación, en la que la Administración británica condenaba a la muerte y a una «no existencia» a estos niños, un individuo dio un paso al frente: Digvijaysinhji Ranjitsinhji Jadela, maharajá de Nawanagar.

Él era el gobernante de un pequeño estado en el territorio de Gujarat, dependiente de la presidencia de Bombay. Enterado de la situación, decidió enfrentarse a la todopoderosa Administración británica en la India. «Aunque los británicos controlan mis puertos, no pueden controlar mi conciencia», dijo, y dio orden a los barcos para que desembarcaran a los niños en su puerto privado de Jamnagar.

Digvijaysinhji en 1935

El maharajá era famoso por ser un excelente jugador de críquet —su padre llegó a ser jugador profesional—, había viajado por Europa y durante una estancia en Suiza conoció y trabó amistad con el expresidente de Polonia y notable pianista Ignacy Paderewski.

El gobernante hindú encargó que se levantara un complejo residencial junto al palacio de verano que tenía en la ciudad de Balachadi. Inicialmente acogería a setecientos veinte niños; en total, llegó a tener unos mil cien. Los desconcertados niños fueron recibidos por aquel extraño individuo que, por medio de un intérprete, los recibió con un «No os consideréis huérfanos, desde hoy soy vuestro Bapu (padre en lengua guyaratí)».

Se levantaron confortables barracas equipadas con mosquiteras. Parte del vecino palacio fue acondicionado para ser escuela, biblioteca, hospital de treinta camas y teatro donde se interpretaban comedias y pantomimas. Los terrenos alrededor del palacio vieron surgir campos de fútbol, tenis, voleibol y hockey.

El sacerdote Franciszek Pluta fue puesto a cargo del centro y decenas de exiliados polacos fueron contratados para ser tutores y profesores.

El padre Franciszek Pluta, comandante del Acogimiento Infantil PolacoInstituto de la Memoria Nacional de Polonia

La primera preocupación fue la alimentación. Los niños tenían un organismo muy debilitado y su estómago no aguantaría la muy especiada comida hindú; por este motivo, se contrataron cocineros que supieran cocinar platos polacos y comida blanda hasta que estuvieran más restablecidos.

El maharajá también se preocupó de que los niños no sufrieran un proceso de aculturación. Contrató a exiliados para que hablaran con ellos en polaco y no olvidaran ni su lengua ni su cultura. Trató de aprenderse los nombres de los niños a los que visitaba con frecuencia, pasando largas temporadas con ellos. Siempre tenía tiempo para escuchar lo que quisieran decirle y una palabra amable, acompañada con una sonrisa, para todos.

Durante el tiempo que estuvo abierto este centro –de julio de 1942 a agosto de 1946– se acogió a unos mil cien niños. Todos los gastos fueron pagados por el maharajá de su propio bolsillo. Con el fin de la guerra, la Unión Soviética exigió la entrega de los niños, a los que ahora reclamaba como ciudadanos soviéticos.

El maharajá, en una difícil situación, ya que la Administración británica llegaba a su fin y estaban surgiendo movimientos independentistas por toda la India, decidió que no podía permitir semejante cosa. Como gobernante y jefe de un estado, concedió documentos legales de adopción para todos y cada uno de los niños. De esta manera, pasaban a ser, legalmente, ciudadanos nawanagaríes y no podían ser reclamados por la Unión Soviética y sí, en cambio, podían elegir adónde querían ir.

Los niños agradecieron las atenciones, cuidados y sonrisas de aquel señor tan extraño con una devoción absoluta hacia su Bapu. Y es que, tras todos los infortunios que habían vivido, eran muy conscientes de que el maharajá los protegió y que, por medio de su constante cariño, les devolvió la dignidad y la infancia que la guerra les arrebató.

El pequeño estado de Nawanagar desapareció en 1947. Durante las siguientes décadas, el exmaharajá representó a su pueblo ocupando distintos cargos en diferentes organismos de gobierno. Falleció en 1966.

En Polonia se le considera un héroe nacional y cuenta con una plaza –la del Buen Maharajá (Skwer Dobrego Maharadży, en polaco)–, pero todos los niños que le conocieron hablan de él como Bapu.