Infantería de Marina en Guinea Ecuatorial 1964
El lado oscuro de Esáasi Eweera: el héroe africano que desafió a España mientras sometía a su propio pueblo
Considerado un héroe nacional en Guinea Ecuatorial por su resistencia al colonialismo español, Esáasi Eweera escondía una realidad mucho menos heroica: gobernaba con mano de hierro a su propio pueblo y se resistía a perder el poder que ejercía sobre los bubis
En 1904, los españoles intentaban avanzar hacia el centro de la isla de Fernando Poo (hoy Bioko) desde sus posiciones en la costa. Se buscaba explotar el territorio, obligar a los bubis originarios a cumplir con el trabajo obligatorio establecido en las leyes (no era un acto de arbitrariedad o ley privada) y agruparlos en las reducciones de los misioneros.
Pensando que iba a ser un recorrido fácil, se encontraron con la resistencia enconada del jefe de la lojúa (guardia personal) del rey Moka. Se llamaba Esáasi Eweera (los españoles lo simplificaron en Sas Ebuera). Este cabecilla había comenzado a mostrar rebeldía ante el poder colonial y amenazaba a los bubis que abandonaban la sumisión a la autoridad tradicional al tener contacto con los misioneros.
Al parecer, había puesto una frontera señalada por un tablero en el valle de Moka y allí empezaba su reinado y terminaba el gobierno español. El 26 de junio de ese año, un teniente y seis guardias coloniales desembarcaron en Riabba (Concepción en la etapa española). El día 27, los guardias sorprendieron a Esáasi en su residencia, con sus mujeres, hijos y el lugarteniente Passi. Fueron llevados a Concepción e invitados a reconocer la soberanía española y al rey Alfonso XIII.
Si lo hacían, respetaban y acataban el gobierno español, volverían a sus casas sanos y salvos y les serían respetados las casas y los ganados; si no, serían encarcelados. Era una típica acción colonial que buscaba el sometimiento. El acatamiento a los españoles se produjo en Malabo, adonde el caudillo bubi llegó en muy mal estado. La autoridad de Esáasi Eweera ante los suyos quedaba disminuida por este acto.
El teniente que lo apresó escribió en su informe: «… concluyendo en el sur de la isla con el poderío de los bubis; sin necesidad de empeñar acciones con las armas ni ejecutar actos de violencias que pudieran hacerles odiosas la soberanía española; entendiendo que de este modo, se ha puesto término a las ridículas versiones de su fuerza, causa del temor de algunos europeos a frecuentar esos territorios…».
En esta visión estaba también el gobernador interino Juan Montero, que, en su oficio a Madrid, se alegraba de acabar con «la ridícula leyenda de los reyes bubis… abriendo paso para el progreso y para la civilización la parte sur de la isla».
El rey Malabo (segundo por la derecha) en su residencia con su heredero, el cabecilla Bioko y Joaquín Coll y Astrell
Sin embargo, las cosas no estuvieron nunca tan claras. Hubo un enfrentamiento, que causó dos muertes, con el caudillo y algunos allegados, y no una batalla campal. Una tercera, la del propio Esáasi Eweera, se produjo después. El gobernador tardó más de un mes en informar a Madrid de lo ocurrido, omitiendo además la muerte del líder local, y esto llamó la atención del ministro de Estado Rodríguez San Pedro.
La noticia le había llegado por las manifestaciones del juez de primera instancia de Santa Isabel, que habló de la «indignación que produjo la muerte» de Esáasi Eweera, ocurrida en el hospital.
Se concluyó con otra información más detallada en la que se afirmaba que «… cuando detuvieron a Sas estaba tan enfermo que algunos indígenas afirmaron que dada su gravedad sería muy probable que falleciera antes de llegar a Santa Isabel, a donde fue conducido en hamaca y apenas fue desembarcado lo llevaron al hospital, casi moribundo falleciendo allí a los dos días y medio de vejez extremada, según dictamen del médico que lo asistió».
Entonces, no se había tratado de una brillante operación policial contra un jefe guerrero, sino de la captura de un anciano que estaba muy enfermo. Y ordenó una investigación al funcionario Gallo Maturana. Lo más relevante fueron las declaraciones del médico que lo atendió y del delegado del Gobierno en San Carlos (Luba), que no observaron ningún maltrato y sí un estado de salud grave.
El nacionalismo guineano habló siempre de tortura o de una brutal paliza y elevó al líder bubi a la categoría de mito fundacional. No se puede saber a ciencia cierta qué pasó. Los españoles sostuvieron que les hubiera sido más fácil y menos sospechoso eliminarlo en el acto del apresamiento, en el fragor de la lucha.
El autor guineano José Fernando Siale Djangany entiende que la simple obligación de sumisión, la humillación de postrarse ante el poder español, era ya una tortura.
Lo interesante del caso son las conclusiones que se pueden sacar.
Esáasi Eweera, que quizás solo fuera el líder de una minoría en ese momento, se convirtió en un mito nacional. Era el lugarteniente del botuko (una especie de rey) bubi Moka, al que suplantó como rey. Fue ambicioso, un violento que controlaba férreamente a su pueblo para sostener su propio poder y evitar que fuera atraído por un nuevo modo de vida. Impedía la evolución defendiendo la tradición tribal que sostenía su dominio. La inmutable ley consuetudinaria no escrita.
Esáasi sabía que, si sus hombres iban a trabajar con los españoles, dejaban de trabajar para él en sus fincas. Tal vez por ello, en esa lucha había también algo más: el fin del poder absoluto del rey bubi. Los bubis iban a trabajar igual de duro con los españoles, pero en el primer caso empezaban a comprender el valor del dinero, que les servía para comprar cosas que necesitaban o querían en los almacenes llenos de herramientas o en los bares donde discurría el tiempo de ocio.
El gobierno colonial les ofrecía tierras sin necesidad de compartirlas; se acababa la propiedad colectiva y el trabajo solo para el jefe arbitrario.
Por otra parte, la desaparición del botuko Esáasi Eweera supuso un cambio radical en la colonización en Guinea porque se venció la resistencia más importante a la autoridad española, a la evangelización misionera y a las reducciones de indígenas. La soberanía española parecía imperar. ¿Solo por el hecho de la muerte del cabecilla? Seguramente no. La muerte de Esáasi Eweera allanó una nueva política colonial integral favorecida por la paz.