Misionero español en Guinea Ecuatorial

Misionero español en Guinea EcuatorialMinisterio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

«Sabe Dios si volverá»: el enemigo invisible que diezmaba a los españoles en Guinea

Los españoles luchaban contra la malaria, la disentería, la enfermedad del sueño, la fiebre amarilla y las infecciones en general. A veces, también contra el cólera y la viruela. No tenían defensas ni remedios

España obtuvo las islas de Fernando Poo y Annobón en 1777. De la expedición de Argelejo en 1778 para tomar posesión solo sobrevivieron veintidós de los ciento cincuenta hombres que la componían. Desde ese año hasta que llegó la primera expedición que estableció una autoridad sobre los territorios pasaron unos ochenta años.

Esta dejadez se explica por la falta de interés español en lugares tan remotos, por la ausencia de utilidad cuando aún se poseía parte de América y Filipinas y por la existencia de un enemigo invisible que impidió la permanencia continuada de españoles, a los que diezmaba sin piedad.

No eran los piratas, ni tribus feroces que combatían al extranjero, ni las armadas de otras potencias. Más sencillo: los gérmenes invisibles que producían enfermedades para las que no había tratamiento. Los españoles luchaban contra la malaria, la disentería, la enfermedad del sueño, la fiebre amarilla y las infecciones en general. A veces, también contra el cólera y la viruela.

No tenían defensas ni remedios y carecían de la inmunidad de los indígenas. Tampoco podían criar las ganaderías domésticas habituales en España, imprescindibles para la alimentación, porque también sufrían epidemias.

Las zonas boscosas, pantanosas y poco aireadas facilitaban el desarrollo de parásitos. El clima era húmedo, caluroso, agotador. La colonización se desarrollaba en puntos de la costa para facilitar las comunicaciones y el comercio, pero las zonas saludables se encontraban en el interior, alejadas, a mayor altura y menos boscosas.

Misiones católicas en Fernando Poo, golfo de Guinea

Misiones católicas en Fernando Poo, golfo de GuineaMinisterio de Cultura y Deporte

Hasta bien entrado el siglo XX no se pudo habitar con unas condiciones de higiene, si no suficientes, por lo menos aceptables. Esto contribuyó a la leyenda de insalubridad, de infertilidad de las mujeres y de peligro constante. Y se extendió el miedo, que solo algunos aventureros lograban superar para poner en producción las fincas de cacao de la isla.

Todavía José Más, en 1921, fecha de la publicación de su libro En el país de los bubis, reflejaba la angustia de los residentes al zarpar el barco mensual, porque no sabían cuántos de ellos iban a poder ver la llegada del siguiente.

Como la Guinea Española estaba formada por posesiones encomendadas a la Armada, fueron sus médicos los primeros en hacer contribuciones sobre las condiciones de vida y en ofrecer consejos de habitabilidad.

Sin esconder los peligros: no solo estaba la muerte, sino también los efectos de amebas, filarias, picaduras, etc. En el último tercio del siglo XIX, Luis Iglesias Pardo publicó Observaciones teórico-prácticas sobre las fiebres africanas de Fernando Poo (El Ferrol, 1874).

Era un médico que llegó avisado a la Estación Naval de Santa Isabel: «Todos, al oír pronunciar la frase 'Voy a Fernando Poo', nos compadecemos del que tal destino lleva e interiormente decimos 'Sabe Dios si volverá'». Allí se encontró con síntomas desconocidos, cursos de enfermedades no vistos antes y solo disponía del sulfato de quinina para combatirlos, sin saber, además, cuáles eran los efectos secundarios de esta medicina.

Concluía que el estudio de la topografía médica de la isla garantizaría la vida en ella, en aquel momento muy complicada. El conocimiento era precario y no ayudaba a la curación.

Otro médico marino, Luis López Saccone, incidió en el estudio de las enfermedades tropicales publicando Apuntes médico-geográficos sobre la isla de Fernando Poo (Madrid, 1893), que fue su tesis doctoral centrada en el paludismo en la colonia. La malaria era endémica y no se libraba nadie de ella; los efectos variaban según las personas y las veces que la hubieran padecido.

Sabían, desde los estudios de Laveran en Argelia, que la producía el Plasmodium, pero todavía no identificaban al mosquito como transmisor. Producía una mortandad elevada entre los europeos, hombres jóvenes que eran los habitantes de la colonia, y se combatía con quinina, aunque los estudios farmacológicos todavía no estaban suficientemente avanzados.

La situación fue descrita con precisión por otro médico de la Armada, autor de varios libros sobre medicina tropical, entre ellos Fernando Poo. Observaciones médicas e higiénicas (Madrid, 1898). Señalaba que hubo una leyenda extendida durante los primeros años del siglo XIX que presentaba a los territorios tropicales como jardines deliciosos y que de ello sobrevinieron «estas terribles expediciones colonizadoras, seguidas de aterradores fracasos, que sembraron de cadáveres europeos todos esos soñados paraísos».

Estudioso, pero pesimista, Montaldo llegó a dos conclusiones que se hicieron comunes durante muchos años: 1.ª, la aclimatación del europeo a los países tropicales era imposible; 2.ª, las reglas de los tratados de aclimatación «garantizan la permanencia y el bienestar relativos de los europeos en los países intertropicales». Entonces se hablaba mucho de aclimatación en los congresos médicos y en los tratados de medicina tropical: la adaptación del blanco a las condiciones del territorio que afectaban a su salud. El triunfo de la colonización dependía de la higiene.

Decía Daniel R. Headrick que la colonización de África fue posible gracias al fusil automático, la lancha cañonera y la quinina. Es evidente que, sin los avances médicos y farmacológicos, no hubiera sido posible la aclimatación del europeo.

La Administración colonial trató de ventilar zonas habitadas, desecar pantanos y fumigar los hábitats de los insectos. Sin el hoy prohibido DDT no se hubiera avanzado. Se emprendieron grandes campañas de vacunación, logrando éxitos importantes contra enfermedades como la del sueño, gracias a los trabajos pioneros de la comisión creada en 1910 y presidida por Gustavo Pittaluga.

Se lamentaba Armando Ligero en La sanidad en Guinea Ecuatorial (Madrid, 2006) de que el gran esfuerzo sanitario, las campañas de prevención, la educación en hábitos alimentarios, la asistencia generalizada y el acceso común a los medicamentos se esfumaron en los primeros años de la independencia.

De nuevo, el enemigo no fueron batallones de fusileros, sino colonias de pequeños animales –unos invisibles, otros desapercibidos– que diezmaron las poblaciones humanas indefensas.

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