Lago del cráter con Pico do Fogo en Annobón 1913
Así dejó España su huella en Guinea Ecuatorial: iglesias, escuelas y un idioma compartido
La presencia española en Guinea Ecuatorial fue fruto de un pacto desigual con Portugal y derivó en una relación compleja, pero profundamente arraigada
La historia de España en el África subsahariana es, en realidad, la historia de un engaño. A diferencia de gestas históricas y grandes hazañas, como las protagonizadas por muchos navegantes y conquistadores, que ampliaron los confines del planeta y contribuyeron a construir el primer gran imperio global, los pequeños territorios del golfo de Guinea que consigue España lo son a través de una negociación territorial con Portugal en la que nuestro vecino ibérico nos hace un peculiar tocomocho.
El origen de este acuerdo está en las disputas fronterizas que venían envenenando las relaciones entre España y Portugal a lo largo del siglo XVIII, por la colonia de Sacramento (Uruguay) y por territorios del actual Brasil; disputas que reflejan películas míticas como La misión (Roland Joffé, 1986).
Los tratados de San Ildefonso y del Pardo (1777 y 1778, respectivamente) pondrán fin a esa rivalidad. En base a los mismos, España cederá tierras brasileñas a cambio de la citada colonia y de las islas de Fernando Poo y Annobón, en África. ¿Pero por qué Portugal estaba «vendiéndole» una moto averiada a España? Pues porque esas islas no estaban ocupadas.
Según cuenta Antonio M. Carrasco en El reino olvidado, el engaño fue doble, porque los portugueses aseguraban que eran una escala perfecta para los navíos que hacían ruta directa hacia Filipinas. (Hay que tener en cuenta que el llamado galeón de Manila en realidad no hacía la ruta directa: eran dos convoyes, los del Pacífico, desde Filipinas hasta la costa occidental del actual México, y los del Atlántico, desde su costa oriental hasta España).
Sin embargo, los españoles pronto se darían cuenta de que ni las corrientes ni los vientos eran los adecuados. Por si todo eso no fuera poco, cuando España toma posesión en 1778, la expedición del conde de Argelejo resulta diezmada por el paludismo, la malaria, la fiebre amarilla y demás enfermedades tropicales.
Tras la muerte de Argelejo y un intento de rebelión, el artillero al mando, Joaquín Primo de Rivera, embarca a los supervivientes y pone rumbo a Montevideo, abandonando el territorio. Las islas quedarán en el olvido durante los siguientes sesenta años. Ese abandono sirvió para que los británicos se establecieran en el norte de Fernando Poo, llamando al enclave Port Clarence.
Después de un malogrado intento de compra, España envía, en 1843, una segunda expedición al mando del capitán Juan José de Lerena, a la que seguirían, en 1845, la de Nicolás de Manterola y, en 1856, otra de carácter misionero liderada por el padre Martínez Sanz, esta última, de nuevo, malograda por las enfermedades tropicales.
Sin embargo, no será hasta 1858, con una más ambiciosa expedición al mando del capitán de fragata Carlos Chacón, cuando comience el dominio y la colonización efectiva del territorio. Chacón fondea en Port Clarence —para entonces ya Santa Isabel (la actual Malabo)— con cuatro buques. Chacón dejará una primera estructura gubernativa y al brigadier José de La Gándara como primer gobernador de nacionalidad española.
A este último se le deben las primeras construcciones de piedra y ladrillo de Santa Isabel y la consecución de un establecimiento permanente. A la población local bubi se le sumarán los krumanes continentales, por resultar trabajadores más duros. Para entonces, España ya podía acreditar su soberanía sobre las islas de Fernando Poo, Annobón, Elobeyes y Corisco, pero los territorios continentales al sur de las islas continuaban siendo totalmente ignotos.
El primer español en viajar al interior de dichos territorios fue el vasco Manuel Iradier. El de Vitoria había conocido a Stanley y soñaba con reeditar alguna de sus hazañas, en su caso, en los desconocidos territorios del golfo de Guinea. En 1875 se internó por el estuario del Muni, firmando tratados con jefes indígenas y cartografiando la zona, a la que volvería en 1884, consiguiendo que los fang aceptasen un protectorado español, lo que no evitó numerosos conflictos territoriales con Francia los años siguientes, ya que París no respetó las áreas reclamadas por Madrid, según los tratados firmados con Portugal.
De hecho, una España muy debilitada tras la crisis de 1898 se verá abocada a firmar el tratado de París de 1900, delimitando desfavorablemente los límites territoriales del Sáhara Occidental y del golfo de Guinea, especialmente la parte continental, de la que España recibía 26.000 km² de los 300.000 reclamados.
A partir del siglo XX, España, no sin ímprobos esfuerzos, irá desarrollando y duplicando las instituciones metropolitanas en estos territorios. La España de Franco, desposeída ya de territorios en América y Asia, se volcó en sus posesiones africanas, y especialmente en su pequeña provincia del golfo de Guinea, hasta tal punto que, en la década de los cincuenta, Guinea Ecuatorial poseía una de las mayores rentas per cápita del África subsahariana (a pesar de que, entonces, aún no se habían descubierto los ricos yacimientos petrolíferos que posee en la actualidad), siendo su nivel de riqueza incluso superior al de una España peninsular empobrecida por la posguerra.
Hay que tener en cuenta, además, que para la época, Río Muni y Fernando Poo formaban parte del territorio nacional con el mismo estatuto jurídico y los mismos órganos de gobierno. Sin embargo, dada la presión internacional a favor de la descolonización de África, y con el visto bueno del ministro de Asuntos Exteriores, Castiella, en 1964 se concede el estatuto de autonomía, paso previo a la independencia, que tendría lugar en 1968.
Desde entonces, las relaciones entre Malabo y Madrid no siempre han sido fáciles. Terribles, de hecho, con el gobierno de Macías, un nacionalista radical, cruel e ignorante, con un muy oscuro pasado familiar (su padre habría sacrificado en un ritual de brujería a uno de sus hermanos), mientras que han sido complejas, pero mucho más posibilistas, con Obiang.
En cualquier caso, ambos pueblos han mantenido una estrecha relación. España ha dejado una huella indeleble en aspectos tan esenciales como el idioma, la estructura jurídico-administrativa o la religión. En cuanto a la huella arquitectónica, es muy evidente en lugares emblemáticos como la plaza de España de Malabo —hoy plaza de la Independencia— y su edificio principal, la iglesia catedral, reconstruida tras el incendio que destruyó el altar, el coro y el tejado.
También numerosas iglesias, misiones y escuelas son de factura española, como el colegio Claret en Luba, la iglesia de Montserrat en Rebola, la iglesia del barrio de Las Palmas o la de Batete, que data de 1887; la misión de Annobón o la parroquia de San José en Musola. Mansiones nobles y residencias palaciegas se pueden admirar en Malabo, como la finca Sampaka (hoy universidad), la casa Serrano, la casa Verde, casa Teodolita o la casa del Patriarca, esta última de 1922.
En cuanto a edificios oficiales, se pueden nombrar los hospitales de Santa Isabel y de Luba, el juzgado y el faro de Riaba, o el edificio del Instituto de Enseñanza Media Cardenal Cisneros, actualmente el Centro Cultural Hispano-Guineano.
A nivel cultural y literario existen numerosos académicos y autores, tanto españoles como guineanos, que exploran ese pasado común. Entre los primeros, además del ya citado Carrasco, podemos mencionar a Ramón Álvarez, Mariano de Castro, Lola García Cantús, Juan José Díaz Matarranz, Gustau Nerín, Benita Sampedro, Olegario Negrín y Alicia Campos Serrano, entre otros. Por parte de los segundos, podemos citar a Donato Ndongo, Justo Bolekia, Sepa Bonaba, Cristina Dyombe, Augusto Iyanga o Juan Tomás Ávila Laurel, también entre otros muchos. Hay que tener en cuenta que parte de la élite intelectual guineana se ha educado en universidades o academias militares españolas, empezando por el propio presidente de la República.
También el séptimo arte español ha tenido hueco para rememorar la relación con Guinea Ecuatorial, con películas notables como Palmeras en la nieve (2015) o Black Beach (2020), así como un buen número de documentales. En definitiva, la de España y Guinea ha sido una relación intensa, no exenta de problemas, suspicacias y fricciones, pero que, más allá de sus gobernantes y de ciertos discursos oficiales nacionalistas, ha estado marcada, sobre todo en las últimas décadas, por una especial camaradería entre ambos pueblos.