Tomás Moro, de Hans Holbein el Joven
Tomás Moro explicó hace 500 años el gran problema de la educación actual
Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación
La semana pasada se inauguró la IV promoción del Máster de Cristianismo y Cultura Contemporánea que la Universidad de Navarra tiene en su sede de Madrid. Al pertenecer a la Facultad de Filosofía y Letras, le tocó a la decana de dicha facultad, Julia Pavón, inaugurarlo y, en una forma muy original de hacerlo, ligó el informe PISA con una carta que Tomás Moro escribió hace más de quinientos años al preceptor de sus hijos.
La misiva, dirigida a William Gonell y fechada en mayo de 1518, podría pasar por una de esas curiosidades que interesan únicamente a quienes disfrutamos revolviendo papeles viejos en el maravilloso proceso que implica la investigación académica.
Pero basta leerla para comprobar que Moro estaba hablando de algo que, cinco siglos después, seguimos sin resolver: qué significa realmente educar. Porque una cosa es enseñar y otra, bastante más complicada, educar.
PISA mide competencias. Nos dice si nuestros adolescentes comprenden lo que leen, si saben desenvolverse con las matemáticas o qué conocimientos científicos son capaces de aplicar. Y hace bien en medirlo porque, por cierto, los resultados españoles no son precisamente para sacar pecho.
Pero hay algo que ningún informe internacional puede cuantificar con tanta facilidad: qué clase de persona sale del aula después de quince o veinte años entrando en ella. Y eso es justamente lo que preocupaba a Tomás Moro.
No era una preocupación menor en su casa. Moro, uno de los grandes humanistas europeos de su tiempo, había organizado para sus hijos una educación extraordinariamente exigente y había tomado una decisión bastante revolucionaria para comienzos del siglo XVI: sus hijas debían recibir una formación intelectual comparable a la de su hijo. Margaret, Elizabeth y Cecily estudiaron junto a John dentro de un ambicioso programa de formación humanista. Pero lo verdaderamente interesante de aquella carta no está solo en qué quería que aprendieran. Está en para qué quería que aprendieran.
Sir Tomás Moro y su familia y descendientes, 1593
Moro advierte a Gonell de algo que hoy podría parecernos incluso pasado de moda: el conocimiento, por sí mismo, no basta. La formación intelectual debía caminar acompañada de la virtud. De poco servía llenar la cabeza de un muchacho –o de una muchacha– si al mismo tiempo no se formaban su carácter, su criterio y su conciencia.
Llevamos años discutiendo sobre educación hablando de metodologías, competencias, tecnología, pantallas, deberes, ratios, evaluaciones, idiomas o inteligencia artificial. Todo ello importa, naturalmente. Pero quizá hemos dejado de cuestionarnos lo más importante: ¿para qué queremos que aprendan?
El niño que necesita que le aplaudan
Hay un pasaje de la carta que parece escrito después de inventarse Instagram. Moro está preocupado por la vanagloria. No quiere que sus hijos estudien para recibir elogios, destacar sobre los demás o ser admirados. Y hace una observación formidable: ese deseo de aprobación comienza a sembrarse prácticamente desde la cuna, lo cultivan después quienes educan al niño y terminan de hacerlo crecer los propios padres. Han pasado quinientos años y quizá solo hemos perfeccionado el sistema.
Criamos niños a los que felicitamos constantemente, evitamos que se frustren, convertimos cualquier pequeña obligación cumplida en una hazaña y procuramos retirar de su camino buena parte de aquello que pueda disgustarlos. Después llegan las redes sociales y terminan el trabajo: el valor de lo que hacemos parece depender cada vez más de cuántos lo miran, cuántos lo celebran y cuántos aprietan un pequeño corazón en una pantalla.
Tomás Moro proponía exactamente lo contrario. Quería que sus hijos aprendieran a no engrandecerse por los elogios ni hundirse por las críticas. Dicho de otra manera: pretendía educarlos para ser libres de la opinión ajena. Y eso, probablemente, es una de las formas más difíciles de libertad.
Porque se puede tener una magnífica formación académica, hablar tres idiomas, manejar con soltura las nuevas tecnologías y poseer un currículo extraordinario y, sin embargo, depender emocionalmente de que los demás aprueben cada decisión que uno toma. Moro lo vio hace cinco siglos: una persona que vive pendiente de la opinión ajena difícilmente puede estar en paz consigo misma.
Virtud primero, conocimiento después
Pero todavía va más lejos. En las instrucciones que da al tutor establece un orden que hoy provocaría, como mínimo, cierto desconcierto: primero la virtud; después, el conocimiento. Y no está despreciando el saber –sería absurdo atribuírselo precisamente a uno de los grandes humanistas del Renacimiento–. Está diciendo algo bastante más profundo: el conocimiento es una herramienta formidable, pero no determina qué hacemos con ella.
Podemos formar personas extraordinariamente competentes sin haberlas formado necesariamente para ser buenas personas. Ahí está una de las grandes confusiones educativas de nuestro tiempo. Hemos identificado con demasiada facilidad educación con capacitación.
Queremos que nuestros hijos sepan inglés, programación, matemáticas, economía o inteligencia artificial porque entendemos, con razón, que necesitarán esas herramientas para desenvolverse en el mundo que les espera. Pero ¿quién les enseña a decir la verdad cuando mentir resulta más rentable? ¿A cumplir una palabra dada, aunque nadie pueda obligarlos? ¿A soportar una derrota? ¿A reconocer que se han equivocado? ¿A hacer algo bien aunque nadie vaya a felicitarlos por ello? Eso también es educación y, de hecho, para Moro era la parte esencial.
La sorprendente modernidad de sus hijas
Y hay todavía otro elemento llamativo en esta historia: estamos hablando de 1518. Tomás Moro consideraba que sus hijas debían recibir una sólida educación intelectual en una época en la que una formación humanista de alto nivel para las mujeres estaba reservada a una pequeña minoría de familias privilegiadas.
La educación femenina se orientaba generalmente hacia aquello que se consideraba necesario para desempeñar el papel social que se esperaba de una mujer y eran excepcionales las que accedían a una formación intelectual comparable a la de los varones.
En la propia carta, Moro reconoce que la erudición de las mujeres era entonces algo novedoso y sabía perfectamente que aquella decisión podía despertar críticas, pero no retrocedió porque entendía que la capacidad intelectual no era patrimonio masculino. Sus hijas debían estudiar y desarrollar su inteligencia igual que su hijo. El proyecto educativo de la casa de Moro se convirtió así en uno de los ejemplos más conocidos de educación humanista femenina de su tiempo.
Ahora bien, tampoco quería convertirlas en mujeres instruidas para exhibirlas como prodigios. Otra vez aparece la misma idea: saber para ser mejores, no para ser admirados.
PISA y Tomás Moro
Quizá por eso fue tan inteligente que Julia Pavón colocara aquella carta al lado del informe PISA. Porque el informe puede decirnos muchas cosas sobre nuestros alumnos y necesitamos que nos las diga. Si nuestros niños comprenden peor lo que leen, hay que saberlo. Si retroceden en matemáticas, habrá que preguntarse por qué. Si existen diferencias entre países, comunidades o sistemas educativos, merece la pena estudiarlas.
Pero ningún gráfico puede responder por nosotros a la pregunta fundamental. Podemos mejorar diez puntos en matemáticas y seguir educando mal; podemos conseguir alumnos brillantísimos y formar adultos incapaces de tolerar una frustración; podemos llenar las aulas de tecnología, pero vaciarlas de criterio. Podemos enseñar a nuestros hijos a competir por un puesto de trabajo y olvidarnos de enseñarles qué merece realmente la pena perseguir cuando lo consigan.
¿Qué estoy aportando con mi conocimiento a la sociedad? ¿Es realmente importante lo que hago? Y, sobre todo, ¿me estoy guiando por la verdad y la razón o simplemente por la emoción, huyendo de todo aquello que exige profundizar, cuestionarse y pensar?
Quizá el problema de la educación del siglo XXI no sea solamente cuánto saben nuestros hijos. A lo mejor deberíamos empezar a preguntarnos para qué queremos que sepan todo lo que les estamos enseñando.
Tomás Moro contestó a esa pregunta en una carta escrita hace más de quinientos años. Quería hijos cultos, sí, pero quería, antes que nada, hijos capaces de distinguir lo valioso de lo accesorio, de no dejarse deslumbrar por la riqueza, de no creerse superiores por lo que poseían y de no vivir pendientes del aplauso. En 1518 lo llamó educación.
Cinco siglos después seguimos buscando una palabra nueva para explicar exactamente lo mismo y no parece que hayamos atinado con ella. Porque el problema ya no es únicamente que nuestros jóvenes obtengan peores resultados en determinadas competencias esenciales. Es que corremos el riesgo de formar generaciones preparadas para ganarse la vida sin haberles enseñado antes para qué merece la pena vivirla.