El USS Princeton en llamas al este de Luzón (Filipinas)

Picotazos de historia

La bomba japonesa que hundió un portaaviones de EE.UU. y convirtió su rescate en una tragedia

El subsiguiente incendio alcanzó a los seis aviones torpederos Grumman Avenger que estaban armados y listos para ser llevados a cubierta

El 24 de octubre de 1944 fue un día de mucho ajetreo y gran importancia para las operaciones navales en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Ese día Japón perdió a su superacorazado Musashi, quedando dañado su gemelo Yamato. Estos han sido los dos acorazados más grandes y poderosos jamás construidos. Ese mismo día también se llevaron a cabo ataques «de percusión» (kamikaze) contra la flota norteamericana de desembarco en Leyte (Filipinas).

También –ya les he dicho que fue un día ajetreado– se combatió en el mar de Sulú y se dieron los prolegómenos de lo que sería la batalla del estrecho de Surigao (que empezaría al día siguiente) y la batalla del mar de Sibuyán.

Como les mencioné antes, el día 24 de octubre la Armada Imperial perdió al Musashi, pero también fueron dañados los acorazados Yamato y Nagato, junto con el crucero Myoko, esto solo por mencionar los llamados buques capitales. Por parte norteamericana, solo hubo una pérdida: el CVL-23, o portaaviones ligero USS Princeton.

Esta unidad estaba integrada dentro de la Task Force 38, bajo el mando del vicealmirante Marc Mitscher. La Task Force era parte de la 3.ª Flota del almirante William Halsey. La misión que tenía asignada la Task Force (y la 3.ª Flota) era la de atacar y destruir a la fuerza naval japonesa que operaba en esa zona bajo el mando del almirante Takeo Kurita, quien ya antes de la pérdida del Musashi había perdido tres cruceros pesados (Atago, Maya y Takao) en el paso de Palawan (23 de octubre).

Poco antes de las 10:00 del día 24 de octubre, un solitario avión fue avistado por el vigía del USS Princeton. Luego se supo que se trataba de un bombardero en picado Yokosuka D4Y «Judy». El avión nipón tomó altura y procedió a picar sobre el buque norteamericano. El piloto japonés forzó su suerte y lanzó el proyectil que portaba a poco más de cincuenta metros de la cubierta de vuelo.

El proyectil, de doscientos cincuenta kilos de peso, impactó a babor entre los dos ascensores. Atravesó limpiamente tres cubiertas y terminó explotando en la panadería, donde no dejó superviviente alguno. La onda expansiva, junto con la llamarada de la explosión, avanzó hasta alcanzar el hangar y allí prendió los depósitos de gasolina de aviación, listos para aprovisionar a los aviones que se preparaban para su despegue. El subsiguiente incendio alcanzó a los seis aviones torpederos Grumman Avenger que estaban armados y listos para ser llevados a cubierta.

Cuando explotaron los torpedos en el interior, la fuerza expansiva fue tal que los dos ascensores —proa y popa— salieron despedidos, rebasando la altura de los mástiles para desplomarse sobre la cubierta de vuelo. El incendio se extendió por todo el interior del portaaviones.

La escuadra estadounidense rumbo a la isla de Leyte

Viendo el desastre que se había abatido sobre el USS Princeton, inmediatamente se aproximaron diferentes barcos para ayudar al llameante compañero. Estos fueron el crucero USS Birmingham y los destructores USS Morrison, USS Irwin y USS Reno, estos tres últimos de la clase Fletcher.

El Birmingham pasó mangueras y un grupo de treinta y ocho marineros de su propio equipo contra incendios, mientras los destructores se afanaban por rescatar del agua a los numerosos marineros que fueron despedidos desde la cubierta al mar debido a las explosiones.

La humareda de los incendios era tan densa que cegó completamente al comandante del USS Morrison, que destrozó su palo y chimenea contra el voladizo de la cubierta de vuelo del Princeton. Lo peor fue que ambas naves quedaron trabadas y, como las explosiones se seguían produciendo en el Princeton, empezaron a llover sobre la cubierta del Morrison grandes trozos de metal. Incluso un jeep.

El USS Morrison (DD-560), visto desde el portaaviones Gambier Bay (CVE-73), 24 de julio de 1944

Tras conseguir liberar al angustiado Morrison, el crucero Birmingham –que lideraba las acciones de extinción– se mantenía abarloado junto al costado del Princeton. A las 15:24 se produjo una tremenda explosión que se cree que se originó en el pañol de torpedos. Fuera como fuera, el hecho cierto fue que la explosión volatilizó la popa del Princeton y la onda expansiva y la metralla producida golpearon con salvaje violencia el costado del desprevenido Birmingham.

El costado de babor del crucero quedó retorcido y deformado por la fuerza de la explosión, al tiempo que la metralla arrancaba una chimenea y desgarraba los mamparos. Tras el violento impacto, sobre la cubierta del crucero empezaron a caer trozos del portaaviones de varias toneladas de peso.

Dos cañones de 127 mm fueron arrancados de sus afustes o inutilizados; lo mismo ocurrió con dos montajes dobles de cañones de 40 mm y otros dos de 20 mm. Pero lo peor, lo verdaderamente trágico, fue que buena parte de la marinería del Birmingham se afanaba en cubierta tratando de ayudar al Princeton, bien operando mangueras, bien preparando la cubierta para realizar las maniobras para remolcar al Princeton. Como se pretendía.

Toda esta gente recibió de lleno el impacto de la explosión y de la metralla. Cuando los supervivientes empezaron a reaccionar, se encontraron con el dantesco escenario de que doscientos cuarenta marineros y oficiales habían muerto despedazados y otros cuatrocientos veinte gemían o se arrastraban, con heridas de aspecto terrible, entre los restos de lo que un día fue la cubierta del crucero.

Mientras, a bordo del Princeton, los incendios se estaban descontrolando –el mayor miedo de cualquier marino embarcado–, por lo que se dio orden al Irwin para que se abarloara al Princeton para recoger a la tripulación.

A las 17:46 no había nadie a bordo de la pira humeante que un día fue el USS Princeton, por lo que se dio orden de hundirlo con torpedos.

El encargado de llevar a cabo tan triste misión fue el USS Reno. Inicialmente se le había encargado al destructor Irwin. Este lanzó los torpedos y, para su horror, los tripulantes del destructor vieron que estos daban la vuelta y volvían hacia donde habían partido. Salvaron al destructor por los pelos de ser hundidos por ellos mismos. Resulta que la explosión de la popa del Princeton había dañado los tubos lanzatorpedos del Irwin.

El portaaviones USS Princeton no tiene registro de heridos –tal vez debido a la enorme cantidad de ellos que tuvo el Birmingham–, pero la cifra de muertos fue de ciento ocho.

Así de cara fue aquella bomba japonesa que cayó sobre el USS Princeton.