Belisario, de François-André Vincent (1776)
El general que reconquistó Roma para Justiniano y acabó acusado de corrupción y caído en desgracia
La brillante carrera de Belisario no pudo protegerlo de las intrigas de la corte de Bizancio, que terminaron por llevarlo a la desgracia. Una leyenda posterior llegó a contar que acabó sus días ciego y mendigando por las calles de Constantinopla
Belisario nació hacia el año 505 en Tracia, una región situada entre las actuales Grecia y Bulgaria. Se hizo soldado muy joven y comenzó su carrera en la guardia del emperador Justino I. Tras su muerte, el nuevo emperador, Justiniano I, confió a Belisario el mando de las fuerzas imperiales en Oriente para hacer frente a las incursiones del Imperio sasánida. Pronto demostró ser un comandante hábil y eficaz, capaz de derrotar a ejércitos superiores en número gracias a sus estrategias militares. Con apenas 27 años, Belisario se había convertido en uno de los oficiales de mayor rango de Constantinopla, justo cuando la capital estaba a punto de poner en peligro el trono de Justiniano.
Los disturbios tomaron su nombre del grito que repetían los rebeldes, «¡Nika!», que significa «¡vence!» en griego. Todo había comenzado con una disputa entre los verdes y los azules, dos facciones rivales de las carreras de carros, al estilo de los peores hinchas de fútbol de hoy día.
Aquella rivalidad, en un contexto de creciente tensión social, acabó convirtiéndose en una rebelión que puso en peligro el trono de Justiniano. Belisario fue el encargado de sofocarla, dejando tras de sí un auténtico baño de sangre en el que murieron hasta 30.000 personas.
Como recompensa por su actuación, Justiniano puso a Belisario al frente de una gran expedición terrestre y marítima contra los vándalos. La campaña terminó con la conquista de Cartago y permitió reincorporar al Imperio romano de Oriente las antiguas provincias romanas del norte de África.
El éxito fue celebrado con un triunfo para el general. Pero Justiniano tenía un objetivo todavía mayor: recuperar Italia. Belisario fue enviado entonces contra los ostrogodos. Conquistó rápidamente Sicilia y cruzó después a la península italiana, donde tomó Nápoles y Roma en el año 536.
Al año siguiente tuvo que defender la ciudad del contraataque de los ostrogodos, antes de continuar su avance hacia el norte. Tomó Milán y, en el año 540, llegó hasta Rávena, la capital ostrogoda, donde capturó al rey Vitiges.
Detalle del célebre mosaico bizantino del emperador Justiniano I con Belisario
Sin embargo, los ostrogodos eligieron a Totila como nuevo rey y emprendieron una nueva campaña contra los bizantinos. Recuperaron buena parte del norte de Italia y llegaron incluso a expulsar a los bizantinos de Roma. Belisario consiguió volver a tomar la ciudad, pero su campaña italiana terminó fracasando, en gran medida por la falta de provisiones y refuerzos procedentes de Constantinopla.
Justiniano acabó relevándolo del mando y puso al frente de la campaña al eunuco Narsés, que contaría con un mayor apoyo imperial y conseguiría llevar la guerra a buen término. Belisario, cansado de desplantes, se retiró de la vida militar, si bien volvería brevemente para combatir a los hunos en 559.
Pero el mayor peligro para Belisario no estaba en el campo de batalla, sino en la corte de Constantinopla. Algunas fuentes señalan a Antonina, su esposa y amiga íntima de la emperatriz Teodora, como una de las responsables de su caída.
Belisario había llegado a encerrarla por sus supuestas infidelidades y, según esta tradición, Antonina conspiró después junto a Teodora. Justiniano, influido por su esposa, confiscó los bienes del general, lo despojó de sus cargos y dignidades y llegó incluso a retirarle su guardia de honor. Finalmente, Teodora decidió perdonarlo, asegurando que lo hacía únicamente por Antonina. Belisario, agradecido, se reconcilió con su esposa.
Belisario pidiendo limosna, tal como aparece en la leyenda popular, en la pintura de Jacques-Louis David
Pero sus problemas no terminaron ahí. Había perdido el apoyo de muchos cortesanos y poco después fue juzgado en Constantinopla, acusado de corrupción, y declarado culpable. Justiniano lo perdonó, ordenó su liberación y le devolvió su favor, pero la ingratitud del emperador con su mejor general seguía patente.
La leyenda cuenta que terminó ciego y mendigando por las calles de Constantinopla, pero probablemente nunca ocurrió. Belisario y Justiniano murieron en el año 565, con apenas unas semanas de diferencia.