Corte del emperador Justiniano con (a la derecha) el arzobispo Maximiano y (a la izquierda) funcionarios de la corte y guardias pretorianos

Corte del emperador Justiniano con el arzobispo Maximiano y funcionarios de la corte y guardias pretorianos

Spania, la provincia bizantina que Justiniano creó en Hispania tras la caída del Imperio romano de Occidente

Durante casi setenta años, las costas del sur y el sureste peninsular formaron parte de un imperio gobernado desde Constantinopla

La caída del Imperio romano de Occidente no significó el fin de la presencia romana en la península ibérica. En pleno siglo VI, mientras los visigodos trataban de consolidar su dominio sobre Hispania, el emperador bizantino Justiniano I consiguió establecer una provincia en el sur y el sureste de la península. Aquel fue el último intento del Imperio romano por recuperar una parte de Hispania.

Los territorios conquistados recibieron el nombre de Spania y permanecieron vinculados al Imperio romano de Oriente durante aproximadamente setenta años. Una parte del litoral mediterráneo pasó así a depender de Constantinopla, situada a miles de kilómetros de distancia. En una península todavía dividida entre el reino visigodo, el reino suevo y distintos poderes locales, volvía a existir una provincia romana junto al Mediterráneo.

Todo comenzó con una guerra civil entre los visigodos. En el año 549, el noble Atanagildo se rebeló contra el rey Agila y buscó el apoyo del emperador Justiniano para hacerse con el trono. Según la interpretación tradicional, el emperador respondió enviando una expedición al sur de Hispania hacia el año 552, probablemente dirigida por el veterano general Liberio.

La ayuda de Justiniano resultó decisiva. Agila terminó siendo asesinado por sus propios partidarios y Atanagildo consiguió convertirse en rey. Sin embargo, las tropas enviadas por Constantinopla no regresaron una vez terminado el conflicto. Los antiguos aliados se establecieron en varias ciudades costeras y acabaron convirtiéndose en un nuevo problema para el reino visigodo.

La presencia bizantina en Hispania no fue una decisión improvisada. Formaba parte del gran proyecto político de Justiniano, conocido como Renovatio Imperii, con el que pretendía restaurar la unidad del Imperio romano. Desde su llegada al trono en el año 527, sus ejércitos derrotaron al reino vándalo del norte de África y emprendieron una larga guerra contra los ostrogodos que permitió recuperar Rávena, Roma y buena parte de Italia. La expedición a Hispania fue el episodio más occidental de aquella empresa.

Aunque hoy hablamos del Imperio bizantino, sus habitantes se consideraban romanos y reconocían a Justiniano como emperador de los romanos. El término «bizantino» comenzó a utilizarse siglos después para diferenciar esta etapa de la historia del Imperio romano de la Antigüedad clásica. Por ello, la llegada de las tropas de Justiniano tampoco supuso la irrupción de un poder completamente ajeno a Hispania.

Justiniano, en cualquier caso, nunca pretendió conquistar toda la península. El Imperio mantenía abiertos frentes mucho más importantes en Italia, el norte de África y la frontera oriental frente al Imperio persa. En Hispania, su objetivo era asegurar una serie de puertos y enclaves estratégicos desde los que controlar las rutas marítimas y mantener comunicadas las posesiones imperiales del Mediterráneo occidental.

La extensión exacta de Spania resulta difícil de reconstruir. Las fuentes conservadas son escasas y sus fronteras fueron cambiando a medida que avanzaban las campañas contra los visigodos. El dominio bizantino se concentró principalmente en el litoral del sur y el sureste peninsular, con ciudades importantes como Malaca, la actual Málaga, y Carthago Spartaria, Cartagena, que probablemente ejerció como capital de la provincia. Al frente de esta se encontraba un gobernador con funciones civiles y militares, encargado de administrar un territorio formado por ciudades, puertos y fortalezas protegidas por guarniciones.

Teatro de Carthago Nova (Cartagena)

Teatro de Carthago Nova (Cartagena)A. Britos / Theatrum

La mayoría de sus habitantes continuó siendo hispanorromana, cristiana y de lengua latina. La incorporación al Imperio romano de Oriente no supuso una ruptura con el pasado de estas poblaciones, sino un cambio político y administrativo. Las ciudades incluidas en la provincia dejaron de depender de los reyes visigodos y pasaron a formar parte de un imperio cuyo centro se encontraba en el otro extremo del Mediterráneo.

Los monarcas visigodos nunca aceptaron aquella presencia. Leovigildo recuperó algunas fortalezas durante la segunda mitad del siglo VI y redujo progresivamente el territorio imperial. Décadas después, Sisebuto emprendió nuevas campañas y conquistó varias de sus principales posiciones. Para entonces, Constantinopla atravesaba una situación especialmente complicada.

Durante el reinado de Heraclio, el Imperio tuvo que enfrentarse a los persas en Oriente y a los ataques de ávaros y eslavos en los Balcanes, por lo que apenas podía enviar refuerzos para defender una provincia tan alejada.

El golpe definitivo llegó durante el reinado de Suintila. Hacia el año 624, los visigodos ocuparon las últimas posesiones bizantinas y pusieron fin a la presencia imperial en la península. San Isidoro de Sevilla celebró este acontecimiento en su Historia de los godos, vándalos y suevos, donde presentó a Suintila como el primer rey que había logrado el dominio de toda Hispania tras la expulsión de los bizantinos.

La desaparición de Spania puso fin al último intento del Imperio romano por recuperar una parte de la península. Durante casi setenta años, las costas del sur y el sureste peninsular formaron parte de un imperio gobernado desde Constantinopla. Mucho después de la caída de Roma, Hispania todavía conservó una pequeña provincia romana junto al Mediterráneo.

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