El miedo vuelve a viajar en tren: las tragedias ferroviarias y las responsabilidades que nadie quiere asumir
Detrás de esas cifras hay familias destrozadas y personas que quizá nunca volverán a subir a un tren con la misma tranquilidad
El miedo vuelve a viajar en tren: las tragedias ferroviarias y las responsabilidades que nadie quiere asumir
Una mujer camina por el andén arrastrando una maleta. Lleva el teléfono en la mano y la mirada dirigida hacia algún lugar fuera de la fotografía. Al fondo espera un tren de Renfe. La escena tiene una normalidad que, después de esta semana, puede resultar inquietante; es uno de esos momentos que repetimos miles de veces sin concederles importancia: llegar a una estación, buscar el vagón, comprobar el asiento y esperar a que el tren arranque. Hasta hace poco, el miedo apenas formaba parte de ese ritual, pero hoy empieza a viajar con nosotros.
España acaba de sufrir otra tragedia ferroviaria. El accidente de Urda, en Toledo, ocurrido este pasado 28 de octubre, ha dejado 69 muertos por el momento; 110 personas fueron atendidas en hospitales de Castilla-La Mancha, 81 habían recibido el alta y 29 continuaban ingresadas, nueve de ellas en cuidados intensivos. Detrás de esas cifras hay familias destrozadas y personas que quizá nunca volverán a subir a un tren con la misma tranquilidad.
La fotografía está tomada desde el interior de otro vagón, utilizando su ventana como un segundo encuadre. La oscuridad del primer término ocupa casi dos tercios de la superficie y funciona como un marco natural que dirige la mirada hacia la mujer.
El miedo vuelve a viajar en tren: las tragedias ferroviarias y las responsabilidades que nadie quiere asumir
Es una composición deliberadamente desequilibrada: el sujeto principal queda desplazado hacia la mitad superior, mientras una gran masa negra domina el tercio inferior. Ese espacio negativo, que en otra fotografía podría parecer desperdiciado, aquí introduce una distancia psicológica entre quien observa y quien está a punto de viajar.
Las líneas horizontales del tren estacionado, los raíles y las juntas del pavimento crean una sucesión de planos paralelos que proporcionan profundidad y fluidez. La diagonal del borde inferior de la ventana rompe esa horizontalidad y conduce la mirada hacia la figura humana. Ella aporta la vertical, el movimiento y la escala.
El blanco y negro refuerza las relaciones entre luces y sombras, mientras el contraste entre el exterior iluminado y el interior oscuro convierte el cristal en una frontera. Estamos dentro, protegidos aparentemente por un vagón, observando a alguien que camina hacia otro. Dos espacios separados por unos centímetros de vidrio y unidos por la misma incertidumbre.
La imagen tiene algo de la fotografía callejera de Walker Evans, que retrató clandestinamente a pasajeros del metro de Nueva York, y de Robert Frank, interesado en los desplazamientos y la soledad de la sociedad moderna. También recuerda a las composiciones de Saul Leiter, que utilizaba ventanas, reflejos y obstáculos para fragmentar la realidad.
Aquí no hay reflejos que distraigan: la ventana actúa como una barrera visual y emocional. El instante decisivo de Cartier-Bresson reside en la coincidencia entre el paso de la mujer, la posición de su maleta y la arquitectura ferroviaria. Un segundo después, la geometría habría cambiado.
Esta imagen es relevante porque ante la normalidad de hace unos días ahora nos preguntamos cosas que antes ni siquiera se nos ocurrían. ¿Es más seguro viajar delante o detrás? ¿Importa elegir un asiento orientado en el sentido de la marcha? ¿Qué sucede si falla un sistema de señalización? ¿Quién decide que un tren puede continuar cuando otro permanece detenido en la misma vía?
El ministro de Transportes, Óscar Puente, calificó de «inexplicable» y «a todas luces errónea» la autorización del centro de control de Adif para que un AVE reanudara la marcha mientras un Iryo permanecía parado delante. Pero las investigaciones siguen abiertas y antes de atribuir toda la responsabilidad a un trabajador habrá que esclarecer por qué falló el sistema LZB, qué información recibió el controlador, qué protocolos se aplicaron y qué condiciones de trabajo existían.
La responsabilidad individual no desaparece porque existan superiores. Tampoco la responsabilidad de quienes dirigen una organización termina donde comienza la del último empleado que intervino. El artículo 31 bis del Código Penal, al regular la responsabilidad de las personas jurídicas, reconoce la importancia de los deberes de supervisión, vigilancia y control.
Esto no convierte, en apariencia, al ministro Puente en responsable penal, pero recuerda un principio elemental: los fallos de una organización deben investigarse también hacia arriba. Óscar Puente sí es culpable moral de la barrabasada de lanzar su dedo acusador sobre un trabajador de un sector desde el que llovían reclamaciones por sus condiciones laborales.
Y es que la historia ya nos había advertido. En Adamuz murieron 46 personas en enero y las investigaciones apuntan a una posible fractura en una soldadura de la vía. En Angrois, en 2013, murieron 80 personas. Trece años después, la Audiencia de A Coruña confirmó la condena al maquinista y absolvió al antiguo director de Seguridad de Adif. ¿En serio? ¿Cuántas preguntas han quedado sin respuesta en este accidente? La justicia exige pruebas individualizadas, pero la responsabilidad política tiene otra dimensión: dar explicaciones, corregir deficiencias y asumir las consecuencias de una gestión. No ha ocurrido.
Con unas elecciones generales próximas, el riesgo es convertir cada tragedia en munición electoral. El Gobierno puede sentirse tentado a limitar los daños políticos; la oposición, a anticipar culpabilidades, pero ninguna estrategia debe imponerse al esclarecimiento de los hechos.
Nuestra generación ha convertido la velocidad en una obligación. Queremos llegar antes, trabajar más (no por el hecho de trabajar, sino porque la productividad te asfixia), aprovechar cada minuto. Hemos olvidado el placer del traqueteo del tren, de mirar por la ventana mientras el paisaje cambia lentamente. Antonio Machado escribió que «se hace camino al andar». Estaría bien recuperar el derecho a viajar sin prisa, aunque reducir la velocidad no sustituya las inversiones ni los sistemas de seguridad.
Vuelvo a la fotografía. La mujer continúa caminando, ajena a nuestra mirada. Su figura permanece iluminada, mientras nosotros observamos desde una oscuridad que parece anticipar el miedo. La maleta avanza sobre las baldosas y el tren espera inmóvil. Nada anuncia una tragedia. Precisamente por eso la escena resulta ahora tan perturbadora: porque todos los viajes comienzan con esa misma confianza silenciosa.
Las víctimas, sus familias y los viajeros tienen derecho a conocer la verdad completa. Si hubo negligencia, que se demuestre. Si fallaron los protocolos, que se cambien. Si existieron advertencias desatendidas, que se conozcan. Y si las responsabilidades alcanzan a quienes mandan, que no se escondan detrás del último trabajador.
La muerte merece respeto. Y el silencio de quien conoce una verdad decisiva y decide ocultarla puede convertirse en otra forma de responsabilidad.