Una muchedumbre vitorea a las tropas nacionalistas húngaras en Budapest
70 años
4 de noviembre de 1956: el día que Moscú aplastó a los obreros que dijeron 'no' al comunismo
Budapest mostró una de las grandes contradicciones del comunismo soviético: prometía entregar el poder a los trabajadores, pero los reprimía cuando estos intentaban ejercerlo por su cuenta
El 4 de noviembre de 1956, los tanques soviéticos lanzaron una ofensiva sobre Budapest para acabar con una revolución que había comenzado doce días antes. Este miércoles se cumplen setenta años de aquella intervención contra quienes reclamaban una Hungría libre de la tutela de Moscú. Entre los sublevados había estudiantes, trabajadores y comunistas reformistas. Un régimen que decía gobernar en nombre del proletariado empleaba su ejército contra una revolución en la que participaban los propios obreros.
Para entender cómo se llegó hasta allí, hay que regresar al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. La derrota del nazismo abrió etapas políticas diferentes para los europeos. Mientras en buena parte del oeste se reconstruyeron democracias parlamentarias, los países del centro y del este bajo influencia soviética sufrieron una progresiva concentración del poder en manos de los partidos comunistas. En Hungría, el pluralismo de la posguerra fue eliminado entre 1947 y 1948, y la Constitución de 1949 consolidó el nuevo régimen.
Europa quedó dividida por algo más profundo que una frontera militar. Las democracias occidentales admitían la competencia entre partidos, la oposición y la posibilidad de sustituir a los gobernantes mediante elecciones. Los regímenes comunistas afirmaban representar los intereses históricos de la clase trabajadora, pero impedían que los ciudadanos escogieran otra alternativa de poder. El partido decidía qué necesitaba el pueblo y perseguía a quienes discutían su autoridad.
El mapa europeo tenía, además, sus excepciones. España y Portugal seguían siendo dictaduras, aunque fueran anticomunistas. Dentro de las democracias occidentales, conservadores, liberales, democristianos y socialdemócratas disputaban el gobierno, mientras los partidos comunistas mantenían una presencia relevante en países como Francia e Italia.
Mátyás Rákosi
Las diferencias entre aquellas familias políticas eran profundas. Socialdemócratas y comunistas podían hablar de trabajadores e igualdad, pero la aceptación del pluralismo y de la alternancia los separaba. Hungría había quedado sometida a un régimen estalinista encabezado por Mátyás Rákosi, caracterizado por la represión política, las purgas y el control de la sociedad.
La muerte de Stalin, en 1953, abrió expectativas de cambio que aumentaron cuando Nikita Jruschov denunció sus crímenes ante el XX Congreso del Partido Comunista soviético, en febrero de 1956. Desde Moscú se cuestionaban los abusos del pasado, pero seguía pendiente hasta dónde se permitiría reformar el sistema.
Las protestas y los movimientos reformistas de Polonia alentaron a los húngaros. En octubre, los estudiantes de la Universidad Técnica de Budapest formularon un programa de dieciséis puntos que incluía la retirada de las tropas soviéticas, elecciones libres y la recuperación del pluralismo político.
El 23 de octubre, una manifestación desembocó en una insurrección. La represión de la policía política y los enfrentamientos armados extendieron la revuelta. Durante aquellos días surgieron consejos obreros que disputaron al partido la representación de los trabajadores. En las fábricas y en las calles se reclamaba participar en las decisiones del país y acabar con la subordinación a Moscú.
Imre Nagy, que volvió a asumir la presidencia del Gobierno durante la insurrección, conocía el régimen desde dentro. Nacido en 1896, era un veterano comunista que había vivido en la Unión Soviética antes de regresar a Hungría en 1944.
Ya había dirigido el Gobierno entre 1953 y 1955, cuando promovió reformas que lo enfrentaron con los dirigentes estalinistas y acabaron costándole el puesto. Los manifestantes reclamaron su regreso porque veían en él una posibilidad de cambio.
Nagy tras su llegada procedente de Moscú en junio de 1953
De nuevo al frente del Ejecutivo, Nagy terminó respaldando demandas que rompían con el sistema al que había servido. Aceptó el pluralismo político y reclamó la retirada de las fuerzas soviéticas. El 1 de noviembre declaró la neutralidad de Hungría y su salida del Pacto de Varsovia, la alianza militar del bloque soviético.
Para Moscú, perder el control sobre Hungría podía alentar nuevas rebeliones en los países vecinos. Los sublevados compartían el rechazo a la dictadura y al dominio soviético, aunque sus proyectos para el país fueran diferentes. Algunos defendían una democracia parlamentaria; otros aspiraban a construir un socialismo independiente de Moscú.
Los consejos obreros reclamaban una participación efectiva en la organización de las fábricas y en la vida política. Esa diversidad explica que también hubiera comunistas entre quienes combatían al régimen.
La dirección soviética respondió mediante la fuerza. En la madrugada del 4 de noviembre comenzó una ofensiva militar de gran envergadura, mientras la resistencia húngara combatía con medios muy inferiores. Moscú respaldó un Gobierno encabezado por János Kádár, dirigente comunista que había formado parte del Ejecutivo de Nagy antes de alinearse con los soviéticos.
Kádár (izquierda) y László Rajk, miembros del Ejecutivo Central del Partido Comunista Húngaro en la primera reunión nacional del partido, mayo de 1945
Kádár dirigiría la represión posterior y permanecería al frente del partido hasta 1988. Al mismo tiempo, otra crisis sacudía el escenario internacional. Tras la nacionalización del canal de Suez por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, Israel atacó Egipto el 29 de octubre, de acuerdo con un plan secreto concertado con Francia y el Reino Unido. Estas dos potencias intervinieron después militarmente. Estados Unidos presionó a sus aliados para que aceptaran un alto el fuego, mientras denunciaba la actuación soviética en Hungría.
Suez expuso la distancia entre los intereses de las potencias occidentales. Londres y París intentaban conservar su influencia sobre una vía estratégica; Washington quería evitar su identificación con aquella operación colonial y una escalada favorable a la intervención soviética. La Guerra Fría convivía con la descolonización y con disputas dentro de los propios bloques.
Los húngaros recibieron solidaridad y ayuda humanitaria, pero las potencias occidentales no intervinieron militarmente para detener la ofensiva soviética. El riesgo de un enfrentamiento directo entre las grandes potencias pesó más que las esperanzas de quienes combatían en Budapest.
En Budapest, anticomunistas y nacionalistas colocan una bandera nacional húngara sobre una estatua derribada de Joseph Stalin
La división de Europa delimitaba también el alcance de la ayuda que estaban dispuestas a prestar. La represión provocó la huida de unas 200.000 personas. Su acogida se convirtió en una de las grandes operaciones internacionales de protección de refugiados de la posguerra.
Nagy se refugió en la embajada yugoslava y fue detenido cuando salió de ella, pese a las garantías de seguridad recibidas. Lo ejecutaron el 16 de junio de 1958, después de un juicio secreto.
En junio de 1989, su entierro público y el homenaje a sus compañeros reunieron a una multitud en Budapest. La memoria de aquellos hombres acompañó el desmantelamiento del régimen que los había condenado. Hungría recuperaba los nombres y las reivindicaciones que durante décadas habían sido perseguidos. Setenta años después, la revolución húngara permite medir la distancia entre las promesas de un régimen y su actuación.
El partido afirmaba representar a los trabajadores, pero les negaba la libertad de organizarse al margen de sus estructuras. Cuando reclamaron esa libertad, los tanques soviéticos defendieron el poder del partido. Los obreros de Budapest habían planteado una pregunta que el régimen respondió con las armas: ¿quién tenía derecho a decidir el futuro de Hungría, sus ciudadanos o quienes aseguraban gobernar en su nombre?
Budapest mostró una de las grandes contradicciones del comunismo soviético: prometía entregar el poder a los trabajadores, pero los reprimía cuando estos intentaban ejercerlo por su cuenta. El partido se había atribuido su representación y cualquier organización independiente podía convertirse en enemiga.
Los obreros tenían derecho a obedecer; decidir era otra cosa. La experiencia se repitió en países con historias y sociedades distintas: concentración del poder, persecución de la disidencia y economías sometidas a decisiones políticas que los ciudadanos apenas podían cuestionar.
Hubo diferencias entre los regímenes y entre sus etapas, pero la promesa de emancipación quedó una y otra vez subordinada a la conservación del poder.
En Hungría, aquella distancia entre la doctrina y la vida se hizo visible en las calles. Los trabajadores reclamaron libertad y el Estado que decía pertenecerles envió tanques. Setenta años después, quienes todavía presentan aquel sistema como una esperanza pendiente deberían explicar por qué necesitó tantas veces las armas para impedir que sus propios ciudadanos lo abandonaran.