Una de las plantas nucleares de la prefectura de Fukushima, en una imagen de archivo
Picotazos de historia
Los 50 héroes de Fukushima que se quedaron para evitar una catástrofe nuclear aún mayor
Solo quedó un grupo de cincuenta voluntarios para hacerse cargo de una desesperada lucha para conseguir que se enfriaran los núcleos y contener, en la medida de lo posible, la contaminación por radiación
Todos lo tenemos presente en nuestra memoria, ya que apenas han pasado quince años de los hechos. La noticia del accidente nuclear de Fukushima Daiichi, ocurrido el 11 de marzo de 2011 en la costa oriental del Japón, nos trajo recuerdos, a los de mi generación, de aquellas otras noticias de televisión que vimos en relación con otro lugar del que nadie había oído hablar: Chernóbil.
Y en ese sentido acertamos, ya que estos dos han sido los dos accidentes nucleares más graves de la historia.
El día 11 de marzo, a las 14:46, se produjo el conocido como terremoto de Tohoku, un seísmo de magnitud 9,0 y considerado como el más fuerte que ha sufrido el archipiélago japonés a lo largo de su historia.
El terremoto provocó graves daños en las infraestructuras de la costa este de su isla principal: Honshu. Uno de los daños, que se juzgó como crítico en el accidente de la central nuclear, fue el destrozo del tendido eléctrico que alimentaba los sistemas de refrigeración de la central.
Una hora después de haberse producido el terremoto, llegaron las olas provocadas por el maremoto. Estas grandes olas, bautizadas por los japoneses como tsunami, sobrepasaban los diez metros de altura. Las enormes masas de agua arrasaron todo lo que encontraron.
En la central, el agua inundó prácticamente todo, excepto los herméticos reactores, inutilizando los generadores diésel que proporcionaban la energía eléctrica de emergencia y las baterías de respaldo.
La central nuclear de Fukushima contaba con seis reactores nucleares que se habían quedado sin electricidad que alimentara sus sistemas de refrigeración, por lo que el agua utilizada para enfriar los reactores empezó a evaporarse. Las altas temperaturas acabarían provocando explosiones con salida de materia en los reactores 1, 3 y 4, liberando grandes cantidades de material radiactivo. El reactor 2 también sufrió una fusión del núcleo y una explosión interna, pero no lanzó material radiactivo.
Las explosiones se sucedieron en el siguiente orden: reactor 1, el 12 de marzo a las 15:36 horas; el reactor 3, a las 11:00 horas del 14 de marzo; el 15 de marzo a las 06:00, el reactor 2 produjo un sonido que indicaba que había tenido lugar una explosión interna y, por último, el reactor 4 explotó esa misma madrugada poco después del incidente con el reactor 2.
Imagen satelital de la central nuclear de Fukushima Daiichi, donde el equipo «Fukushima 50» fue asignado para estabilizar los seis reactores de la planta
Pues bien, desde el primer día se tomó la decisión de que, en el momento en que fuera posible, todo el personal de la central nuclear abandonara las instalaciones. Solo quedó un grupo de cincuenta voluntarios para hacerse cargo de una desesperada lucha para conseguir que se enfriaran los núcleos y contener, en la medida de lo posible, la contaminación por radiación.
En el centro del complejo había un pequeño búnker de dos plantas, ideado como centro de control para emergencias y a prueba de terremotos. Allí dormirían los voluntarios, por turnos, ya que no cabían todos. La cosa se volvería más agobiante cuando empezaron a llegar trabajadores de refuerzo, llegando a trabajar ochocientos cincuenta de ellos al mismo tiempo. Pero los cincuenta del principio no aceptaron el ser relevados y continuaron hasta el final por decisión propia.
Las condiciones de vida dentro de la central eran extremas. Carecían de electricidad y de agua (solo podían beber la embotellada); las temperaturas dentro de los edificios eran muy altas. En algunas partes, los turnos de trabajo no podían exceder los 10-15 minutos debido a la radiación, y eso que contaban con traje de protección.
En el búnker dormían sobre el suelo y envueltos en mantas de plomo para evitar absorber radiación. Su horario de trabajo era de 6:00 a 22:00 y su ración diaria era un paquete de galletas y una botella de zumo para desayunar y arroz envasado al vacío acompañado de una lata de… ¡vaya usted a saber qué tocaría ese día! Con eso aguantaban todo el día. Con eso y con una férrea determinación de seguir hasta el final.
Estos voluntarios, algunos de ellos mandos intermedios de la Compañía Eléctrica de Tokio (TEPCO), fueron incrementándose a partir de finales del mes de marzo, permanecieron hasta el mes de diciembre, cuando la compañía eléctrica y el gobierno de la nación declararon oficialmente la «parada fría» de los reactores. Parada fría es el término que indica que un reactor nuclear se encuentra completamente apagado, a baja temperatura (esto es, por debajo de los 93 °C. La temperatura de ebullición del agua es 100 °C) y a baja presión.
Durante esos largos meses, los cincuenta voluntarios iniciales no dejaron de trabajar, excepto por pequeños periodos de descanso y por desarrollar trabajos menos expuestos o extenuantes con la llegada de trabajadores de refuerzo.
Yoshida (a la derecha, con chaleco blanco) se reúne con el primer ministro Kan (en el centro a la izquierda) el 12 de marzo de 2011, la mañana después de que un tsunami azotara la central de Fukushima
Entre todos estos héroes –no se les puede llamar de otra forma– destacó la figura del gerente de la central nuclear, Masao Yoshida. Este señor, máximo responsable de la central, se quedó para dirigir a los grupos de voluntarios y coordinarlos. Pero la mayor hazaña la realizó el día 12 de marzo. Ese día, ante la falta de agua dulce que servía para enfriar los reactores, ordenó que se inundaran con agua de mar.
Esta agua salina podía dañar irreparablemente todo el complejo sistema, lo que daría lugar a pérdidas enormes para la empresa propietaria. Por este motivo, los directivos de TEPCO ordenaron, por medio de videoconferencia, que inmediatamente se cerraran las válvulas y se impidiera anegar los reactores con agua salina.
Masao, todo sonrisas y reverencias, aseguró a sus jefes que había obedecido las órdenes recibidas mientras animaba a sus operarios a inundar los reactores lo antes posible. Todos los expertos que han analizado el desastre unánimemente afirmaron que la insubordinación de Masao Yoshida evitó un daño que hubiera sido mucho mayor.
Los terribles sucesos de Fukushima tienen reconocido, oficialmente al menos, un solo muerto a consecuencia de la radiación y varias decenas de heridos a lo largo de los meses de trabajo y de las explosiones que se produjeron. El director Masao Yoshida falleció de cáncer de esófago el 9 de julio de 2013. Está completamente descartada cualquier vinculación entre el accidente de Fukushima y el cáncer que terminó con la vida del valiente director de la central nuclear.