Imagen del cementerio de los mártires de ParacuellosWikimedia

90 años

Las siete fosas de Paracuellos: cientos de menores y un cementerio que cuidan sus familias

Incomprensiblemente, los costes de conservación y mantenimiento del camposanto, sin reconocimiento ni ayudas oficiales, recaen en los familiares asociados en la Hermandad de Nuestra Señora de los Mártires y Caídos de Paracuellos

En este día se conmemora el nonagésimo aniversario de una de las mayores masacres de la Guerra Civil Española y de nuestra historia. Las Matanzas de Paracuellos fueron una serie de ejecuciones extrajudiciales masivas, perpetradas por miembros del Frente Popular, entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936.

El asesinato de miles de inocentes, desde menores de edad hasta ancianos, se produjo en las inmediaciones de Paracuellos del Jarama, localidad próxima a Madrid, durante la batalla por la capital, en la retaguardia republicana.

Terror y caos en Madrid

Iniciada la confrontación bélica, se autorizó el 19 de julio de 1936 la entrega de armas a formaciones políticas (PSOE, PCE, POUM, Izquierda Republicana, Unión Republicana) y organizaciones sindicales (UGT, CNT) socialistas, comunistas, marxistas y anarquistas. La medida supuso el fin del monopolio de la violencia y del orden público del Estado de Derecho.

Agravando la situación, las fuerzas de seguridad tuvieron que abandonar la capital y luchar contra el avance rebelde en la sierra madrileña. Ese vacío de autoridad lo ocuparían múltiples comités revolucionarios, que ejercerían la represión sobre los enemigos de la Segunda República.

Entre otros, militares, cristianos practicantes, conservadores, derechistas, afines al golpe y empresarios sufrirían detenciones domiciliarias, saqueos y crímenes. Mientras, la Iglesia Católica padecería una ola de anticlericalismo con profanaciones, incautaciones, quema de conventos y basílicas y asesinatos de religiosos.

Durante los meses estivales, las acciones coactivas escalarían con la implantación del modelo soviético de las checas. En estos centros irregulares de reclusión, unos 340 en Madrid, se interrogaba, torturaba, procesaba y asesinaba (paseos nocturnos) tras una parodia de juicios.

Sacas de presos: extracciones y ejecuciones extrajudiciales

Con las tropas rebeldes a las puertas de la capital, el 6 de noviembre de 1936 el Gobierno de la Segunda República se trasladó a Valencia. Antes de huir, su presidente socialista Francisco Largo Caballero situó al mando de la recién creada Junta de Defensa de Madrid al general José Miaja. Asimismo, nombró Consejero de Orden Público al comunista Santiago Carrillo. Debían defender la ciudad a cualquier precio.

Obedeciendo consignas soviéticas, acometieron un plan sistemático de evacuación y aniquilación de los presos políticos más peligrosos (sacas) confinados en las cárceles madrileñas de Ventas, Modelo, Porlier y San Antón. Bajo la excusa de trasladarlos a Valencia para garantizar su seguridad se escondía una operación de exterminio preventivo masivo en la retaguardia republicana.

De ese modo impedirían que, si la ciudad caía en manos rebeldes, los convictos engrosaran sus filas. Sin embargo, muchos de ellos carecían de vinculación con el alzamiento militar, pues habían sido detenidos con anterioridad.

Por tanto, fueron víctimas de una limpieza selectiva y de la obsesión revolucionaria por la Quinta Columna, supuestos partidarios del Bando Nacional que permanecían encarcelados o infiltrados clandestinamente entre la población.

Caravanas de la muerte

En la madrugada del sábado 7 de noviembre, desde el presidio de Porlier, partió el primer convoy de la muerte. Estaba compuesto por seis o siete autobuses de dos plantas de la Empresa Municipal de Transportes y por varios automóviles de escolta. En cada autobús viajaban unos sesenta reos, custodiados por una decena de milicianos. Tras atravesar la capital y una quincena de puestos de control, la caravana abandonó la carretera hasta llegar a un paraje solitario. Se trataba del enclave del arroyo de San José, en los alrededores de Paracuellos del Jarama, localidad a unos 20 km de Madrid.

Ejecuciones masivas nocturnas

Obligados a abandonar los autobuses, los presos fueron conducidos a un cercado de alambre, en una zona arbolada. Cuando llegó el fatídico momento, divididos en grupos de diez a veinticinco personas, caminaron hasta unas fosas excavadas a punta de pistola por vecinos de Paracuellos.

Allí, un pelotón de fusilamiento de entre treinta y cuarenta milicianos frentepopulistas abrió fuego. Muchos cayeron aún vivos a las zanjas. Y aquellos que no recibieron el disparo de gracia, medida para ahorrar munición, perecieron aplastados o asfixiados por otros cuerpos, o desangrados, en una lenta agonía.

Consumada la masacre, les cubrieron con paladas de tierra. De ese inhumano modo, ahogaron los desgarradores gritos de los moribundos y ocultaron los crímenes. En torno a un millar de almas fueron aniquiladas en una jornada sangrienta, completada con expediciones desde las cárceles de San Antón y Modelo.

Melchor Rodríguez, sentado en la mesa, colocado en el centro de la imagen. Fotografía realizada por Alfonso Sánchez García

Las Matanzas de Paracuellos (23 sacas mortales) se ejecutaron los días 7, 8, 9, 18, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 de noviembre y uno y tres de diciembre. La intervención de Melchor Rodríguez, delegado de prisiones de la Junta de Defensa, logró su interrupción del 10 al 17 de noviembre. También el final definitivo de las masacres, el 4 de diciembre, se debió al mencionado anarquista, apodado El ángel rojo, por su humanidad.

Camposanto de los Mártires de Paracuellos

Tras la Guerra Civil, en 1940 fueron descubiertas siete fosas comunes con más de 2.500 víctimas de las Matanzas de Paracuellos. En ese lugar, donde se construiría el Camposanto de los Mártires y Caídos de Paracuellos, los familiares comenzaron a colocar cruces y placas con inscripciones conmemorativas.

Sin embargo, no indican el emplazamiento concreto de ninguna sepultura. En realidad, los cuerpos reposan en zonas indeterminadas de cada fosa. Así lo acordaron los descendientes.

Querían mantener el descanso eterno donde habían sido fusilados, desde 276 menores de edad, incluyendo un niño de 13 años, hasta octogenarios, y familias enteras. De todos ellos, 143 mártires han sido beatificados por la Iglesia Católica. Por otra parte, el cementerio posee una ermita donde se ofician misas el primer domingo de cada mes.

Detrás de ella, una gigantesca cruz blanca preside el recinto desde la ladera del Cerro de San Miguel. Constituye un emplazamiento simbólico e histórico al hallarse junto a la fosa número uno, que alberga los restos de los primeros ajusticiados.

Incomprensiblemente, los costes de conservación y mantenimiento del camposanto, sin reconocimiento ni ayudas oficiales, recaen en los familiares asociados en la Hermandad de Nuestra Señora de los Mártires y Caídos de Paracuellos.